La esfinge, Prometeo, lo que somos, lo que ignoramos

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El invierno está aquí, con sus permutas y sus metáforas. Los amigos de las novelas tratamos de verificar nuestra posición. Los amigos de la dialéctica tratan de atisbar un rayo de luz que se distinga del resto mientras la gravedad oscila de un meridiano a otro. Los amigos del teatro se abren paso entre bosques de bambú tratando de comprobar que los actores son tan de carne y hueso como ellos, nosotros, espectadores de nuestro propio drama existencial. Los amantes de la poesía se asoman al estanque a medianoche para asegurarse de que el reflejo de la luna no tiene otras connotaciones.

 

El invierno inventa una posición moral, un caballo que pasa pisando las mismas huellas con la tenacidad de un hombre que se nos parece como si la máscara que nos pusimos cuando comenzamos a engañarnos se hubiera convertido en la misma piel.

 

El invierno sirve de aliado de las palabras más exactas con las que urdimos una estrategia que se parezca a una política, a un sentido, a una cama en la que arrebujarnos con los dioses, para leer acerca de lo que hizo Edipo, de lo que le aconteció a Prometeo, y mientras leemos antes de boxear a muerte con nuestra sombra y de abrazar a muerte a nuestro amor pensamos en un relato que Franz Kafka dejó inscrito en sus cuadernos, es decir, en la mesilla de noche sin saber que nos estaba destinado en su integridad, sobre todo a los que seguimos leyendo como si se nos fuera la vida en ello, y las palabras fueran lejía que limpia los ojos para siempre:

 

“La leyenda intenta explicar lo inexplicable; dado que parte de un fundamento de verdad, ha de acabar de nuevo en lo inexplicable. 

 

“Sobre Prometeo existen cuatro leyendas. La primera dice que, por haber traicionado a los dioses para favorecer a los hombres, aquellos lo encadenaron a un peñasco en el Cáucaso y enviaron unas águilas para que le devoraran el hígado, que volvía a crecerle una y otra vez. 

 

“Dice la segunda que Prometeo, queriendo eludir el dolor que le causaban los picotazos, se apretó cada vez más contra el peñasco hasta fundirse con él. 

 

“Según la tercera, con el paso de los milenios su traición fue olvidada, los dioses lo olvidaron, las águilas también, y él mismo. 

 

“Según la cuarta, todos se cansaron de aquella historia que ya carecía de fundamento. Los dioses se cansaron, las águilas también. La herida, cansada, se cerró. 

 

“Quedó el peñasco inexplicable”. 

 

Julio José Ordovás dejó ese mensaje en uno de esos mails que te incendian el ordenador, la cara, que brilla como una pavesa en medio de las noches claras de invierno, esas que matan suavemente, sin que tengas conciencia de que ya no queda nada por intentar.