La España negra vista por el «New York Times»

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Hace tres días me levanté con un reportaje en el New York Times que me dejó atónito. Sabía que España estaba mal, pero no hasta el punto de que la gente anduviera hambrienta por las calles y se dedicara a hurgar en los basureros para comer lo que otros habían tirado. Las fotos que acompañaban al reportaje no hacían sino subrayar lo deprimente de la situación. Eran todas fotos en blanco y negro, como venidas de la posguerra, pero no de esa lejana posguerra nuestra, cuando las cartillas de racionamiento y el estraperlo, sino de una época posnuclear más bien, de película futurista o de terror.

 

Muchos de los retratados parecían, en efecto, muertos vivientes. En una de las fotos se ve a un hombre joven de espaldas, en una calle solitaria, abriendo la tapa de un contenedor de basura. En otra hay un cincuentón, desnudo de cintura para arriba, que mira a la cámara con mirada perdida, mientras un perro negro se pasea por delante en medio de la chatarra y la inmundicia; en otra, una hilera de trabajadores desfila, como si fueran penitentes, por una carretera que se pierde en medio de un campo calcinado, imagen que nos hace recordar, de inmediato, esas imágenes de jornaleros sin rumbo caminando por las planicies americanas durante la Depresión. Todavía en una última foto, según me viene ahora a la memoria, una familia espera, apiñada delante de la ventana de un piso, el inminente desahucio.

 

La suma de fotos y de texto tiene un efecto devastador. La impresión es que España está al borde del colapso. El hambre afecta ya a millones. Pronto, si nadie lo remedia, las regiones más ricas de España se independizarán, mientras que el resto quedará en un estado de total postración. A tenor de lo que se nos dice en este reportaje del NY Times, ¿habrá que acordarse de Gil de Biedma y afirmar con él que “de todas las historias de la Historia la más triste es la de España porque termina mal?”.

 

Pues no lo sé, pero si me atengo a lo que he visto yo este verano durante mi estancia en Madrid (y en tantos otros veranos desde que vivo en los Estados Unidos), sospecho que el NY Times está exagerando un poco la nota. España sufre los estragos de la crisis, sin duda, pero como la sufren tantos otros países europeos. Hay mucho desempleo, aunque debe aclararse en seguida que, por desgracia, esto del paro es un mal endémico. No es un problema de ayer. La falta de futuro lo sufrí yo en propia carne hace casi treinta años. En cuanto a la deuda pública, no diré que sea para sentirse orgulloso, pero tampoco debe soslayarse la extraordinaria inversión que se ha llevado a cabo en estas últimas décadas en infraestructuras. De norte a sur, de este a oeste, el país tiene una red de autopistas envidiable y unos trenes de alta velocidad que son la admiración del mundo entero. Se mire por donde se mire, se vaya a donde se vaya, uno ve en España prosperidad, buena organización, limpieza. Las ciudades son, por lo general, dechado de modernidad y apenas hay pueblo o aldea en España que no tenga sus calles asfaltadas, sus aceras relucientes y una plaza arbolada y con farolas donde corretean los niños y se sientan los viejos a descansar en los bancos.

 

¿Que la educación todavía deja mucho que desear? Pues seguramente sí, pero tampoco era mejor hace cien, cincuenta o treinta años. A cambio de eso, la juventud actual me parece bastante más preparada que la de cualquier generación anterior, incluida la mía. Muchos españoles de menos de treinta años viajan constantemente al extranjero, saben lenguas y están al corriente de las últimas novedades en literatura, en tecnología, en ciencia. Yo no veo un país en decadencia, sino lleno de vitalidad y de fuerza.

 

Dicho esto, ¿debemos prestar oídos sordos a las críticas que nos vienen de fuera? Pues quizá no, pero tampoco tomarlas muy en serio y pensar que cuando se cargan las tintas o se distorsiona la realidad de un país es porque normalmente hay un fondo de envidia. Y si acaso esto que digo suena a la dichosa leyenda negra, interpretemos entonces el reportaje del NY Times (y otros de la misma índole) a la luz del Schadenfreude, que no es sino el regocijo que se siente por el mal ajeno, especialmente cuando quien lo sufre es (o fue algún día) rico y poderoso. Los americanos podrían enseñarnos algo de ello.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.