La España pagana de Richard Wright

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Autor de Native Son, posiblemente la novela escrita por un negro más leída por blancos, Wright viajó a la España de Franco en los años cincuenta a sugerencia de Gertrude Stein y publicó un curioso ensayo, nunca traducido al español

 

El escritor Richard Wright tiene que cargar con el tremendo baldón de llamarse igual que el sicodélico teclista de Pink Floyd (1943-2008) y, aunque no lo he comprobado, estoy segura de que sus entradas en internet son muy inferiores a las del músico británico. Por eso, y puesto que hace escasos meses se cumplieron cincuenta años de su muerte, es buen momento para recordar la figura de uno de los escritores afroamericanos más valorados internacionalmente y poco – o nada- conocido en España, pese a que visitó nuestro país en tres ocasiones y escribió Pagan Spain, un libro de viaje con pretensiones más sociológicas y literarias que turísticas.

        Aunque la exposición siguiente revelará algunos de los motivos por los que el libro no disfrutó de una mejor acogida, y pese a todas las reservas que pueda suscitar la obra, sorprende que nunca haya sido publicado en España y que la única edición en nuestra lengua sea la de 1970 de la editorial La Pléyade, de Buenos Aires, que pasó casi inadvertida. Es fácil de comprender que a la dictadura franquista no le atrajera el libro teniendo en cuenta el conocido antifascismo del autor, pero una vez terminado ese período, ¿por qué sigue sin interesar al mundo editorial de habla hispana?

        En 2008 se cumplían los cincuenta años de su aparición y con ese motivo,  la revista trimestral Mississippi Quaterly publicó un ensayo de Nancy Dixon en el que pretendía dar respuesta a esa pregunta entrevistando a hispanistas norteamericanos y españoles. Que yo sepa, en España, salvo breves artículos sobre Richard Wright a cargo del profesor Emilio García Gómez, en los que sin llegar a profundizar y de manera fugaz menciona España pagana, son pocas las referencias no sólo a ese texto sino al propio autor. Es de suponer que si existieran departamentos de estudios afroamericanos en nuestro país Richard Wright estaría incluido en sus programas. Admito que la única constancia que tengo es la de Isabel Soto, en la actualidad profesora titular de filologías extranjeras en la Universidad Nacional de Educación a Distancia, y especialista en literatura afroamericana quien, consultada por Nancy Dixon acerca de Pagan Spain, también hizo notar su extrañeza ante la prolongada omisión.

        Los estudiosos de Richard Wright tampoco han debido encontrar dentro del mundo del hispanismo español y americano muchos más nombres interesados en analizar el libro, a juzgar por las pocas entradas que figuran en diferentes bibliografías. Por ejemplo, en ¿Se equivocó Richard Wright? Una mirada a España pagana, un ensayo de la mencionada Nancy Dixon, además de los citados García Gómez y Soto, sólo aparecen el tangerino José Luis Delgado Guitart, profesor de creatividad, diseño y comunicaciones visuales en la Universidad de Massachussets, y María de Guzmán, profesora de literatura comparada y directora de estudios latinos en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill. Guzmán es autora del libro Spain’s Long Shadow, en el que analiza cómo “la sombra alargada” de España cubre varias visiones del país desde el siglo VIII hasta nuestros días, realizadas por varios escritores, incluido Wright. A estos nombres hay que añadir el de Manuel Delgado,  profesor de Antropología del Departamento de Antropología Social e Historia de América y África de la Universidad de Barcelona quien, en su artículo La “religiosidad popular”. En torno a un falso problema, se hace eco de algunas de las observaciones de Wright sobre la religión en España.

       ¿Pero quién era Richard Wright?

       Richard Nathaniel Wright nació en 1908 en Mississippi y tuvo una infancia difícil. Su padre abandonó a la familia cuando él y su hermano eran pequeños, su madre enfermó y Richard se vio obligado a trabajar desde muy joven para ayudar a sacar adelante a los suyos. En las horas amargas de la infancia y adolescencia se refugiaba en los libros, que fueron formando su afición por la escritura, desarrollada con éxito a edad temprana. En 1938 se afilió al Partido Comunista y publicó el libro de relatos Uncle Tom’s Children (Los niños del Tío Tom) que, además de situarlo en un lugar prominente como escritor, influyó favorablemente para que le concedieran la beca Guggenheim.   

        Desde Chicago, donde se había instalado, Wright se trasladó a Nueva York. En 1940 escribe y publica Native Son, posiblemente la novela escrita por un negro más leída por blancos (diez años después se llevaría al cine interpretada por el propio autor). En 1945 volvió a conseguir otro sonado éxito de crítica y ventas con Black Boy, un libro autobiográfico que lo situaría en el lugar prominente que todavía ocupa.

        Wright se casó dos veces, ambas con mujeres judías. La primera, Dinnah, era bailarina y su unión duró poco. Con la segunda, Ellen, tuvo dos hijas, Rachel y Julia, y vivió con ella casi hasta su muerte. La pareja se separó un año antes del fallecimiento del escritor. Y es que, por qué ocultarlo, Richard Wright fue un terrible mujeriego al que se le conocieron muchas aventuras amorosas de mayor o menor intensidad. Ellen, durante uno de sus romances extra-matrimoniales, le había dicho que estaba destruyéndole su vida, a lo que Wright respondió: “Si se trata de elegir entre tu vida y la mía, elijo la mía”. Eso no impidió que, a la muerte de Wright, como viuda oficial, Ellen ejerciese de albacea y se ocupara de mantener viva la memoria del escritor.

        En 1948, harto de las actitudes racistas que sufría en Nueva York, Wright decidió exiliarse voluntariamente a Francia e instalarse en París con su mujer y su hija Julia (Esther nacería poco después). No podía sospechar el aún joven Richard que doce años después (el 28 de noviembre de 1960) habría de morir en esa ciudad, ni que sus cenizas, enterradas en el cementerio de Père Lachaise, iban a reposar al lado de las de Isadora Duncan.

 

 

        Lo que Wright tampoco podía imaginar al mudarse a Francia es que los brazos de América eran lo suficientemente largos y poderosos como para alcanzarlo y que, años más tarde, iba a tener que sufrir la persecución de la CIA incluso en un  país tan alejado. Wright había roto relaciones con el Partido Comunista en 1942 y había hecho desde entonces numerosas declaraciones públicas sobre el Partido. Como las realizadas en The God that failed (1949), un libro colectivo que reunió las firmas de André Gide, Arthur Koestler, Louis Fischer, Stephen Spender, Ignazio Silone y el propio Wright, algunos de ellos antiguos comunistas de diferentes nacionalidades, que expresaron su desilusión y posterior abandono del partido. Al parecer, Wright  sustituyó a Hemingway en la representación norteamericana porque Ernest no quiso participar en el proyecto. Pese a su cambio de actitud, Wright pasó a integrar la famosa lista negra elaborada por el senador Joseph McCarthy.

        En París, su ideología marxista le había hecho entrar en contacto con otros escritores franceses de izquierdas, como Sartre, Beauvoir y Camus, a los que había conocido durante la estancia de éstos en Nueva York, al igual que otros compatriotas escritores negros, como James Baldwin, Chester Himes y Ralph Ellison. Formaban una compacta “tribu” que se interrelacionaba con relativa cordialidad (no hay más que leer Not Without Love: Memoirs, la autobiografía de Constance Webb, para comprobarlo), con los cafés Tournon y Monaco como principales lugar de encuentro. Pero en aquellos años eran los americanos blancos los que ocupaban posiciones predominantes en la cultura parisina. Su máximo exponente era Gertrude Stein. Cuando ésta publicó Wars I Have Seen (Las guerras que he visto), Wright escribió una crítica muy favorable, que ella agradeció por carta. Fue el inició de una intensa correspondencia y de una amistad que, pasados los años, se rompería de manera fulminante durante uno de los arrebatos de la dama, poco antes de que ésta muriese. Con su pareja Alice Toklas, Gertrude Stein se dedicó durante décadas a recibir en París a personajes destacados de la vida cultural, Wright entre ellos, que acudían en peregrinación a sus salones. Desde su pedestal de papisa de las artes y las letras, Gertrude pontificaba, asesoraba e incluso, en la plenitud de su poder, instaba a emprender acciones de “alto riesgo”. Concretamente, me refiero al empeño que puso en que algunos escritores vinieran a España durante la Guerra Civil, como en el caso de la poeta, y millonaria, Nancy Cunard, o el escritor Langston Hughes. A Richard Wright, perteneciente -o simpatizante como ellos en algún momento de sus vidas- al  Partido Comunista, también lo instó a viajar a nuestro país cuando el escritor andaba a la búsqueda de lugares en los que indagar sobre diferentes religiones y sociedades. Y lo hizo con estas palabras: “Dick, tienes que ir a España… Así verás cómo se ha creado el mundo occidental”. A Wright le llevaría diez años aceptar la sugerencia.

        Teniendo en cuenta que Gertrude Stein y Alice B. Toklas, judías y lesbianas, sobrevivieron sospechosamente en la Francia ocupada por los nazis; que Stein se había manifestado en contra del progresista New Deal que el presidente Franklin D. Roosevelt aplicó entre 1933-1940 en Estados Unidos y, sobre todo, que durante la Guerra Civil española mantuvo una actitud de apoyo hacia Franco, la propuesta de que un confeso comunista visitase un país gobernado por el fascismo, aunque fuera con la peregrina intención  de “descubrir la creación del mundo occidental”, resulta ambigua o, cuando menos, ingenua. La sugerencia la respaldó el matrimonio Myrdal (formado por un economista sueco que obtendría el Premio Nobel de Economía en 1984, Gunnar Myrdal, y una empleada de la UNESCO, Alva Myrdal), que veían a España como un país “primitivo pero encantador”, según las palabras de la propia Stein,  fascinante para ser estudiado. Puede que tuvieran razón, pero no por el motivo que había apuntado Gertrude Stein, ya que en ese momento España, aislada del resto de Europa, daba una imagen muy sesgada del mundo occidental, sometida a una dictadura y anclada en un catolicismo ultramontano.

 

Viaje a España

La propuesta de Gertrude Stein acabó con el tiempo dando su fruto. Wright fue preparándose para el viaje a España y “haciendo los deberes”. Tal y como dice en el capítulo 35, leyó España en su historia, de Américo Castro (posteriormente reeditada como La realidad histórica de España), y España, de Salvador de Madariaga, y a Miguel de Unamuno. Repasó la ruta de museos, catedrales y basílicas más importantes a las que luego acudiría con fines antropológicos y, es de suponer, que releería a su compatriota Hemingway para refrescar sus conocimientos taurinos. Como también es de suponer que revisaría sus escasos conocimientos de español, que adquirió durante los meses que vivió en Cuernavaca y, posteriormente, mientras se rodaba Native Son en Argentina. Fuese como fuese, y venciendo las reticencias de sus editores, que no compartían en absoluto su entusiasmo, en 1954, en medio de un agosto tórrido, Richard Wright emprendió en su Citroën su primer viaje a España.

        Su amiga Dorothy Padmore le había aconsejado antes de salir: “Ten cuidado cuando estés allí, no creo que te sintieras muy a gusto en una cárcel franquista”. Wrigh le había tranquilizado diciéndole que “no tenía intención de despotricar contra Franco ya que sólo estaba interesado por las personas y la cultura españolas”. Sin embargo, conforme se acercaba a Le Perthus, el puesto fronterizo francés,  se iba poniendo más y más nervioso. Franco llevaba ya dieciocho años ejerciendo de dictador, pero el escritor no estaba muy seguro de que fueran suficientes para que su pasado comunista y las declaraciones antifranquistas que había hecho durante la Guerra Civil hubieran sido olvidadas del todo. Según narra en el libro, cuando se detuvo en una gasolinera y un guardia civil armado le golpeó en el hombro, él se dijo: “Ha llegado el momento”. No obstante, y gracias al empleado de la gasolinera, que hablaba francés, se enteró de que el guardia civil no pretendía detenerlo, sino pedirle que lo llevara en su coche.

 

 

       Puede parecer extraño que alguien como Wright transitara despreocupadamente por un país en el que la sola mención de la palabra “comunismo” era capaz de poner en marcha toda una maquinaria  represiva. Pero esa maquinaria no debía funcionar con mucha eficacia si recordamos también la cantidad de veces que atravesó la frontera franco-española la millonaria Nancy Cunard, cuando ya había dejado de serlo y se entregaba activamente a luchar contra la dictadura franquista. Por otra parte, Wright, cuyas lecturas no le hacían ajeno a la situación que vivía España en la década de los 50 del pasado siglo, en las anotaciones tomadas para La España pagana, que en un principio iba a titularse Lonesome Spain ( La España solitaria), había señalado: “No estoy de acuerdo con la situación actual del país, pero mi labor en este libro no es tanto la de condenar como la de entender y presentar mi entendimiento a los otros”. De hecho, en una de las cartas de recomendación que llevó a España, dirigida por Arturo Vallas al entonces director general de Turismo, Mariano Urzaiz, duque de Luna, se dice que “el distinguido escritor norteamericano está de visita en España haciendo el descubrimiento humano de nuestras gentes”, lo que le excluía de cualquier acción de tipo político. Para Wright, en esos momentos España era únicamente el lugar perfecto donde explorar las minorías, en las que, por cierto, el investigador metía en un mismo saco a “protestantes, judíos, vascos y gitanos”.

        Para pergeñar La España pagana, Richard Wright realizó a nuestro país tres viajes con una duración total de cuatro meses. El primero, como se ha dicho, en agosto y septiembre de 1954; el segundo, desde comienzos de noviembre hasta mitad de diciembre de ese mismo año; y un tercero, desde el 21 de febrero hasta finales de abril de 1955. Durante su estancia, además de las notas que tomó con fines literarios, llevó un diario personal que se conserva junto con el resto de sus papeles en la Biblioteca de manuscritos y libros raros Beinecke, en la Universidad de Yale. La colección, compuesta por cartas, borradores de manuscritos, fotografías, recibos, recortes de periódicos y dietarios escritos a mano, ocupa 136 cajas de color crema que permanecen allí desde que su viuda las vendió a la universidad en 1976. En una reciente visita a Yale tuve la oportunidad de revisar los documentos y fotos de Wright. La cantidad de apuntes que tomó durante su estancia en España es tan enorme que seguramente le perjudicó a la hora de publicar el libro. Los editores (que, como se ha dicho, en principio ni siquiera veían con buenos ojos el proyecto) esperaban un manuscrito no superior a las 350 páginas y Richard les entregó cerca de  seiscientas. De manera que le obligaron a recortar el original con bastante poco acierto, ya que omitieron buena parte de lo que, a mi juicio, era más interesante, y mantuvieron en cambio una tediosa transcripción de Lecciones para las Flechas, de la Sección Femenina, que ocupa mucho más espacio del que debiera. Pero a mi juicio, no es ése el único inconveniente.

        Wright ya había alcanzado la cumbre de las letras afroamericanas con Native Son y Black Boy (a día de hoy, todavía lectura obligatoria en todos los centros educativos de Estados Unidos). La publicación de Pagan Spain no contribuyó a aumentar su prestigio. La crítica, sin embargo, no se ensañó esta vez con él sino con el editor, al que culparon de haber metido la tijera donde no debía. Según quienes habían leído la totalidad del original, éste contenía “apasionantes historias, retratos de personajes muy interesantes y diálogos de alto nivel” que habían sido suprimidos dejando en cambio el mencionado ideario falangista. En el suplemento literario del Times del 15 de abril de 1960 se alababa lo bien que Wright había entendido “la España moderna”, y en The New York Times, Herbert Matthews escribía: ”Es un libro provocativo, perturbador… Los españoles lo odiarán y los católicos romanos se quedarán consternados, pero a otros lectores les parecerá apasionante”. Debo admitir que, sin llegar a odiarlo, estoy de acuerdo con quienes aludían al valor que había que tener para escribir sobre un país en el que había estado tan poco tiempo. Y también con aquellos a los que no se les pasaron por alto varios detalles que restan entidad e incluso credibilidad al ensayo.

        Uno de ellos podría ser que nunca mencione los nombres y apellidos de sus interlocutores, aunque éstos sean banqueros famosos, o profesores de leyes. Dice, por ejemplo, “una de las mayores autoridades en lo que a la situación política se refiere”, o un periodista conocido del que no quiere dar su nombre y sólo proporciona la inicial (G). La misma vaguedad de datos la utiliza al hablar de lugares: “uno de los restaurantes más prestigiosos”, “el bar de uno de los más famosos hoteles de la ciudad”.    También resulta bastante extraordinario, considerando que se está hablando de la década de los años 50 del pasado siglo, que muchos de los españoles con los que se encuentra sepan varios idiomas. De este modo, en Barcelona puede hablar francés con el peluquero (la cercanía con Francia y la similitud con la lengua catalana puede hacerlo plausible), y en Sevilla hablar inglés con la hija de la dueña de la pensión (algo bastante más improbable).   

        En la excelente biografía de Carmen Laforet escrita por Anna Caballé e Israel Roldán, se habla del primer viaje de la novelista a Estados Unidos en 1965 (diez años después que el de Wright a España), y de cómo un matrimonio mexicano mostró su extrañeza al saber que Laforet iba a hacer un viaje por los Estados Unidos para conocer el país sin saber inglés. Cito: “Pero hablamos de una época, de unas generaciones españolas que cuando salían al extranjero debían hacerlo sin ninguna preparación, más que la lengua materna”. Este comentario corrobora de alguna manera los motivos de mi extrañeza. Que vuelven a hacerse evidentes ante las declaraciones procedentes de una americana, ciudadana española por matrimonio, quien le dice a Richard Wright que en España todo el mundo habla de sexo, incluso los niños de seis años. “Si no me cree pregúntele a un niño español de seis años algo sobre sexo. Sabe más que cualquier hombre americano de veinte años”, manifestación que llena de perplejidad.

 

 

       Pagan Spain (La España pagana), tal y como se publicó, consta de cinco partes y combina la narración en primera persona con reflexiones sobre el país y el comportamiento de los españoles. El  borrador que tuve en mis manos contaba con otros capítulos, como Gods for Sale (Dioses en venta), una sección dedicada a los gitanos; The Love of Death (El amor a la muerte), dedicada a los toros; The World of Catholic Power (El mundo del poder del catolicismo), en donde Wright pretendía tratar el catolicismo no desde un prisma religioso sino “como instrumento de control sobre el individuo”, y Spain in Exile (España en el exilio), un intento por describir la visión de los españoles en el exilio parisino. Ante la exigencia editorial, todas estas partes sufrieron un efecto reductor y el libro quedó desestructurado. Se omitieron las observaciones sobre paralelismos que Wright encontraba entre los afroamericanos y los protestantes y los gitanos que vivían en España, en ambos casos españoles considerados ciudadanos de segunda categoría. O las que hacía cuando afirma que “España es un país gobernado en el nombre de Dios… La población española es una gran familia. Dios es el padre; el Papa representa a Dios; y Franco representa al Papa… Estoy en contra de Franco, pero siento una enorme simpatía por los españoles y por cómo se las han arreglado para vivir y yo me limito a exponerlas”.

      Además de una extensa sección dedicada a los toros, lamentablemente Pagan Spain omite del manuscrito original de Wright el encuentro con Pío Baroja, con el que entabla una conversación algo surrealista con (o a pesar de) la ayuda de un intérprete; las visitas a museos, como El Prado, y varias docenas de interesantes páginas dedicadas a sus visitas Córdoba y Valencia con sus impresiones sobre las Fallas. Asimismo, el recuento de sus estancias en Barcelona, y sobre todo en Sevilla, están sustancialmente recortadas, así como la visita a Zaragoza, que sólo se la menciona brevemente en el libro.

       Faith Berry, en el prólogo de la edición inglesa de 1994 para Harper Perennial, señalaba lo feliz que se habría sentido Wright de haber visto cumplidos sus deseos de que en la España de hoy en día se viva en democracia, que ya no se vean guardia civiles con las armas al hombro, que Sevilla ya no presente su imagen de pobreza, que las calles de Madrid no estén transitadas por burros y que Barcelona use las plazas de toros para conciertos en vez de para las corridas, “ese espectáculo glorioso y bello pero terrible y criminal” a decir de Wright. 

        Por mi parte, creo que él también se habría sentido feliz si Pagan Spain, pese a sus enormes deficiencias, se hubiera publicado en España. Al menos hoy ayudaría a que los españoles se familiarizaran con el nombre de Richard Wright, el escritor, que no el músico. Esa es mi pretensión desde estas páginas. 

 

 

* Maribel Cruzado Soria es ensayista y traductora. En FronteraD ha publicado Primeros pasos de la poesía afrocamericana y Escenas de un matrimonio de cine

Autor: Maribel Cruzado Soria

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