La esquiva verdad

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En una noche la verdad saca los dientes de la relatividad. En la pared del tiempo se proyecta Sacrificio, el documental de Erik Gandini y Tarik Saleh en el que se trata de arrojar algo de luz en la oscura historia de Ciro Bustos, Régis Debray y las circunstancias en las que fue «cazado» el Che en Bolivia. Cuando termina la proyección la verdad, esa esquiva excusa para todo, sigue remolona, pero los rostros, los gestos, las voces, muestran verdades pequeñitas tan importantes como la fundamental: un Ciro Bustos golpeado por el tiempo y la historia, un Debray soberbio y mentiroso, unos personajes siniestros a su alrededor empeñados en contar mil versiones de una sola realidad. Nunca sabremos lo que pasó, como en casi todo.

¿Qué sabemos realmente de las guerras, de los magnicidios, de los pequeños sucesos que han marcado y marcan nuestra historia? ¿Qué tanto conocemos de la crisis económica, o de las relaciones de Venezuela con Colombia, o del rejuego de El Nacional y Clarín con el Gobierno de Argentina? ¿Cuándo se conocerá el verdadero papel de países y paisetes en el teatro internacional, en el juego perverso de las fronteras?

Más tarde… con el eco de Sacrificio rebotando en la noche -con Pacífico al frente y unas cervezas al rededor-, los miembros de la Caravana de Solidaridad que acaba de recorrer Centroamérica nos cuentan sus percepciones, su mirada sobre el avispero que nunca ha dejado de ser esta región. No se parece en nada a lo que leemos en los diarios, ni a lo que nos cuentan las televisiones, pero también es verdad.

Reconozco que la verdad está sobrevalorada, que a veces nos empeñamos en buscarla o en defenderla como se hace con una bandera nacional o con una estúpida idea y, al hacerlo, caemos en la falacia de creer que ella, la verdad, está de nuestro lado y que todo lo que los «otros» nos espetan es una vulgar mentira. Pero la conciencia de no conocer ninguna verdad si nos hace más fuertes, más resistentes a las tormentas de la manipulación, a las pasiones excesivas ante mentiras bien empacadas.

Ni nuestra verdad es cierta ni las mentiras son absolutas. En el juego de la historia solo vemos algunos colores con los que  redibujamos la narración a nuestro antojo para poder vivir mejor, más tranquilos. Lo demás, es exceso hormonal, adolescencia intelectual, histriónicos gestos para la galería.

Me perdí en Otramérica, esa que no es Iberoamérica, ni Latinoamérica, ni Indoamérica, ni Abya Yala... y que es todas esas al tiempo. Hace ya 13 años que me enredé en este laberinto donde aprendí de la guerra en Colombia, de sus tercas secuelas en Nicaragua, de la riqueza indígena en Bolivia o Ecuador, del universo concentrado de Brasil o de la huella de las colonizaciones en Panamá, donde vivo ahora. Soy periodista y en el DNI dice que nací en Murcia en 1971. Ahora, unos añitos después, ejerzo el periodismo de forma independiente (porque no como de él), asesoro a periódicos de varios países de la región (porque me dan de comer) y colaboro con comunidades campesinas e indígenas en la resistencia a los megaproyectos económicos (porque no me como el cuento del desarrollismo). Este blog tratará de acercar esta Otramérica combatiendo con palabras mi propio eurocentrismo y los tópicos que alimentan los imaginarios.