El sociólogo francés Jacques Ellul ha escrito que «el lenguaje humano adquiere su valor de lo que no se dice y de los márgenes. Lo que no se dice no dice nada, por supuesto. Pero comienza a tener pleno sentido cuando se relaciona con una palabra dicha. La palabra omitida, escondida, evitada que captamos implícitamente es lo que enriquece el diálogo y lo hace humano. Los márgenes juegan el mismo papel: para tener un margen uno debe tener un texto. Y en estos márgenes están todas las glosas, adiciones e interpretaciones que permite el lenguaje» (What I Believe).

En su libro José Jiménez Lozano, Una voz libre en la cultura española (Editorial Fragua) Guadalupe Arbona habla de «la estética de lo incompleto» para referirse al fenómeno que apunta Jacques Ellul, y en referencia a Jiménez Lozano dice que este autor «no rellena los silencios en su escritura, tampoco tapa las oquedades de su prosa, deja que se sientan las aperturas, no salva las intersecciones, y las interrogaciones directas o indirectas son marca de su prosa y de su poesía».
La profesora Arbona, Catedrática de Literatura Española en la Universidad Complutense y gran conocedora de la obra del maestro abulense, afirma que «sigue el modelo que el escritor considera el primero y más original para la escritura, el bíblico: a saber, en el que la forma y el fondo son una misma cosa».
En efecto, el genio de los narradores bíblicos consiste en relatar eventos que el propio lector es invitado a interpretar en el marco de toda la Escritura para acceder a su pleno significado.

Se trata de una estrategia literaria que permite contener el mundo en un grano de arena, y la eternidad en una hora (William Blake), y trae a la mente una aguda metáfora del filósofo Reyes Mate en alusión a la obra de Eduardo Chillida: «Lo singular de su obra son los huecos o vacíos que se cuelan al interior de esos contundentes materiales. En El Peine de los Vientos es el mar. Gracias a esos vacíos se hacen presentes otros mundos».
Al final del cuarto Evangelio Juan explica la razón de la selectividad extrema de las «señales» objeto de su narración, con una hipérbole poco característica de un autor de la seriedad absoluta del evangelista:
«Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas, y escribió estas cosas; y sabemos que su testimonio es verdadero. Y hay también otras muchas cosas que hizo Jesús, las cuales si se escribieran una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir. Amén» (Juan 21:24-25).
En efecto, la Biblia que cabe en la estantería de nuestra casa o en la palma de una mano, podría llenar las bibliotecas del mundo si no contuviera el mar en los contundentes materiales que conforman su texto.
No se trata de una cuestión estética solamente, sino tiene como objetivo materializar un compromiso ético con quien lee las historias bíblicas, como se verá.





