La estrategia del Escorpión

Donde se recuerda que las humillaciones infantiles predestinan cotillas que viven vidas ajenas como infinita melancolía (y despipote ajeno)

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Imaginen un niño de la mano de su madre, mujer soñadora de tiempos republicanos, en una ciudad de provincias. Dibujen un escenario un tanto señorial: un paseo marítimo, un jardín recoleto, la vía principal de cualquier ciudad. Vean pasar delante de él a cualquier autoridad moral con mirada sombría y rictus acusador: el cura, el capitán, el gerente, etc. Escena de “Clarín”, su maestro mágico, pero que duraría hasta bien entrados los años 60 como demuestran muchas memorias de la posguerra. No piensen, incluso, en el dilema de rojos o azules -tan inocuo como gastado- sino en la otra letra escarlata del franquismo: no tener padre reconocido.

Este es el inicio de la divertidas, maliciosas y un tanto ególatras memorias de Jesús Mariñas: niño expósito devenido en cotilla profesional. Escorpión de fábula cuya naturaleza, su objetivo, es engatusar a famosos atontaos para clavarles el aguijón. Es, claro, la venganza -aunque él la niegue- del niño acomplejado por su condición social que vislumbra en develar secretos de las rancias castas franquistas su misión moral. Desde el joven achispado que se colaba en los teatros para ser amigo de los galanes y coristas al venenoso colaborador de Tómbola se erige una trayectoria ascendente en lo social y descendiente en lo moral. “¡Que te calles, Karmele!” sería el grito de guerra de este apache que acabaría siendo un sheriff más de la crónica (sub) rosa.

“Observemos la confianza de la presa antes de ser atacado por el depredador…”

He escrito un poco sobre estos niños, que dieron grandes escritores, pero siempre he sospechado que su condición de trepas sin final les contagiaba un mal envejecer. Una vez descubierta su estrategia, su espina bífida, acababan solos al alcanzar un estatus social tan respetable como mezquino: se convertían a su pesar en esos tipos burgueses manos largas y tiempo infinito que fueron su sustento. Así, mientras Mariñas ve sus fotos con los famosos, sus encuentros con gente tan poco inquietante como interesante, descubrirá que jamás tuvo el valor de vivir su vida. No hay más perfecta metáfora de este fracaso en el libro que la anécdota uranita e hilarante de su amigo José Manuel Parada calzándose los terciopelos de Sara Montiel. Poca horma para tan lustroso zapato.

No les culpo: prefirieron el Museo de Cera al Ateneo.

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