La estrella vespertina. Obituarios contra el olvido

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Queremos que en esta sección de fronterad encuentren un mínimo reconocimiento tantas vidas que se está llevando por delante el coronavirus, ponerle rostros a las cifras de la devastación, pequeñas biografías que dejen una huella. Un homenaje a los que no han podido ser acompañados en sus últimas horas, y no han podido recibir una despedida porque el contagio establece sus propias condiciones, y eso añade a la pena miedo, al adiós silencio. Que al menos las palabras sirvan como una forma de consuelo.

Puede enviarnos sus sugerencias u obituarios a este buzón.

Hemos titulado esta sección ‘La estrella vespertina’ por un poema de Louise Glück (Nueva York, 1943) incluido en su poemario Averno que, con traducción de Abraham Gragera y Ruth Miguel Franco, publicó la editorial Pre-textos en 2011. Reza así:

 

 

Por primera vez en muchos años, esta noche

apareció ante mí

una visión del esplendor de la tierra:

 

en el cielo vespertino

la primera estrella

se hacía más y más brillante

a medida que la tierra se iba oscureciendo

 

hasta que ya no pudo oscurecerse más.

Y la luz, que era la luz de la muerte,

Parecía devolver a la tierra

 

su poder de consolar. No

había más astros. Sólo ese

cuyo nombre yo sabía

 

porque en mi vida anterior

lo herí: Venus,

la estrella más temprana de la noche,

 

te dedico

mi visión, ya que en esta vacía superficie

 

has arrojado suficiente luz

para hacer mi pensamiento

visible otra vez.

 

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Los incontables

El profesor y filósofo José Luis Pardo es el autor de un significativo libro publicado en 1996 por la editorial Pre-textos, titulado La intimidad. El ensayo –una investigación filosófica sobre ese concepto–, del que algún critico dijo que era un festival de la inteligencia, y yo también, contiene un parágrafo titulado ‘Los incontables’ en el que Pardo habla de todas aquellas personas – “un cúmulo incontable de incontables”– que poco o nada han pintado en la Historia (con mayúscula) y de los que poco o nada se puede contar: Hannah Arendt dijo que La Historia tiene poco interés en ellos, salvo como combustible. A lo largo del texto, el filósofo madrileño pone nombre a algunas de esas personas, nombres extraídos de antiguos documentos del siglo XVII relacionados en su mayoría con la Inquisición y sus procesos: Martín de Requena, de 32 años, habitante de la villa de Santa María del Campo; Martín García, empedrador, vecino de la villa del Castillo de Garcimuñoz; Catalina la Rubia casada con Pedro Gallego, vecino de la villa de la Alberca; Leonor Díaz, viuda de Nicolás Sánchez, instada a adjurar de leví y María de Zozaya, que fue confitente y vecina de Logroño. Poca más información nos cuentan los documentos, y lo poco que cuentan se refiere siempre a asuntos triviales, marginales, a todo lo que no hace Historia: “gente poco importante que no intervinieron en ninguno de los acontecimientos que marcaron la historia de España, no conocieron a –ni tuvieron relación alguna con– ninguna de las personas cuyos nombres y apellidos llenan las páginas de los libros de Historia, no participaron, que se sepa, en ningún hecho del que la sociedad haya considerado necesario guardar memoria… la cotidianeidad de los que no tienen historia, ni la hacen, de los que no son santos, ni figuran en el calendario”. Al final del texto, el filósofo señala que la verdad es que nunca sabremos nada de Martín de Requena, ni de Martín García… más allá de los pequeños apuntes, seguramente falsos, de sus jueces y delatores.

Un poeta, Enrique Andrés, les dedicó la única novela que ha escrito, Los montes antiguos, los collados eternos. El escritor soriano habla del paso del tiempo, de todo lo que irremediablemente va quedando atrás y se pregunta qué fue de todos aquellos personajes con sus vidas, con sus nombres concretos –intrahistóricos, diría Unamuno– a los que tragará el olvido, cuando él tampoco esté, ¿quién los redimirá?: “lo perdido, perdido está para siempre”, dice el autor.

Recordé los dos textos cuando leía el artículo de Manuel Jabois del pasado 22 de marzo en El País, titulado ‘Las vidas apagadas por la pandemia’ en el que, el periodista gallego, ponía nombre y apellido, ponía también cara y una pequeña, pero exacta biografía, a cinco de las víctimas del odioso coranovirus, para despedirles como Dios manda, pero también por nosotros, porque hay en esas pequeñas biografías algo importante para poder escribir la Historia con mayúscula. Después de todo ¿quién construyó Tebas de las siete puertas?

Una última cita, la del escritor Salvatore Satta, al final de De profundis: “Entonces regresé a casa, cerré los postigos para no escuchar el crujido de los árboles desplomándose y, en memoria de cada hombre que muere, volví a leer el canto del dolor y la esperanza: “De profundis clamavi ad te, domine”. Feliciano Novoa

 

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Victoriano Campos Morro, tenía unas manos privilegiadas

(San Vicente de Alcántara, Madrid. Sillero, murió a los 94 años el 16 de marzo). Victoriano Campos Morro tenía unas manos privilegiadas de las que vivió siempre; fue sillero, y llegó a fabricarse su propio torno en casa. Vivía solo a los 94 años y se encontraba tan bien que no faltaba a su cita de Nochevieja con otros amigos para ir a disfrutarla a otras ciudades, porque le encantaba viajar. En los últimos tiempos se hizo un chaleco para él y un baúl de mimbre que regaló a su nieta, Laura Campos. Ella y su hermano Miguel Ángel hablan de él con emoción. Nació en San Vicente de Alcántara, Badajoz, y allí se casó con su mujer Celestina; tuvo con ella tres hijos, que le dieron ocho nietos. La familia se vino a Madrid, donde vivió en Atocha, pero se instaló definitivamente en Alcorcón. Vivió de niño una guerra civil, tuvo de anciano un cáncer durísimo de estómago y luego un ictus. Lo superó todo, también la muerte de su esposa hace muchos años. “Era duro, muy duro, fuerte”, recuerda su nieta Laura. El sábado 7 de marzo entró en Urgencias en el Hospital Universitario Fundación de Alcorcón por una infección bacteriana y allí se contagió de coronavirus. Su nieta lo llamaba llorando y él imploraba a las enfermeras: “Por favor, yo me quiero despedir de mis hijos, de mis nietos; si no vienen, sedadme ya”. El sábado 14, de forma excepcional, Laura y su padre se pusieron unos trajes especiales y entraron en la habitación de Victoriano. Les dijeron que serían los últimos en España en poder despedirse de un familiar. Fue el sábado al mediodía. Hablaron y hablaron. Laura recuerda lo que respondió su abuelo cuando le contó cómo estaba el país ahí fuera, y cómo estaba el mundo entero. “La que nos ha caído”, dijo. Se hizo de día, era domingo. “Nos teníamos que marchar. Los trajes duran lo que duran, pierden eficacia. Le dijimos que nos teníamos que ir. Le contamos cómo estaba España, toda la gente confinada, con falta de material, y que se necesitaban los trajes para curar a otros abuelitos”. De repente una vida de fuerza y estoicismo se derrumbó en sus últimas horas. No quería que lo dejasen, no quería morir solo. “Fue la única vez en mi vida que le escuché una queja: ‘Qué malito estoy’, dijo”. Manuel Jabois. Gracias al diario El País.

 

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Javier Docampo Capilla, la pasión por los libros de horas

(Madrid. Bibliotecario, murió a los 58 años el 27 de marzo). Al verle llegar con el manuscrito del Cantar de mio Cid en las manos, podría decirse que había nacido para ello. Javier Docampo Capilla (Madrid, 1962) era jefe del departamento de Manuscritos, Incunables y Raros de la Biblioteca Nacional. Ingresado en un hospital con problemas respiratorios, hace algún tiempo le habían detectado un cáncer al que se enfrentaba con enorme entereza, sin dejar de atender sus proyectos expositivos ni la organización de un departamento en el que se custodian los ejemplares únicos y más valiosos de la cultura española. Licenciado en historia del arte por la Universidad Complutense de Madrid, su especialidad y su pasión eran los libros de horas y los manuscritos iluminados. Su última obra publicada, Libro de horas de Carlos V, editada por la Biblioteca Nacional, es una monografía escrita con Samuel Gras en la que glosaba con un lenguaje ameno y riguroso un extraordinario libro de horas de origen francés (BNE, Vitr/24/3) con más de 1.200 miniaturas que data de finales del siglo XV. Preparaba, de nuevo junto a Samuel Gras, una gran exposición prevista para el 22 de mayo, Luces del norte, en la que se presentaba una de las colecciones más desconocidas de la BNE: los manuscritos iluminados del norte de Europa, fundamentalmente franceses, pero también procedentes de los Países Bajos e Inglaterra. Además de las obras que habrían de exponerse, los comisarios tenían avanzado un catálogo razonado y exhaustivo de los 160 manuscritos que conforman esta colección de la Biblioteca Nacional. Estuvo siempre muy vinculado a la Nacional, desde su tesina, que consagró al estudio de las miniaturas de otro libro de horas perteneciente a los ricos fondos de la institución (BNE, Mss/21457). Trabajó en el Departamento de Bellas Artes, en la sección de dibujos y grabados, y de esta época cabe recordar una exposición deliciosa de la que fue comisario, La estampa satírica británica: Hogarth y su tiempo (2001), en la que entre otras cosas establecía que Goya conoció, valoró y estuvo influido por las estampas del británico. En 2005 fue nombrado jefe del archivo y la biblioteca del Museo del Prado, cargo que ejerció hasta 2016. En el Prado comisarió, con José Riello, la exposición La biblioteca del Greco, que trataba de reconstruir la importante colección de libros que atesoró el artista griego, algunos de ellos abundantemente anotados. En 2016 volvió a la Biblioteca Nacional, para ostentar un puesto soñado: Jefe del departamento de Manuscritos, Incunables y Raros. Siempre con un proyecto bajo el brazo, amable, riguroso y dotado de un fino sentido de la ironía, su capacidad de trabajo y su profundo conocimiento de las materias que trataba le hacían merecedor de ser el portador de los tesoros de nuestro acervo cultural. Carlos García Santa Cecilia.

 

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Rafael Estévez Guerrero, comunista libertario

(Sevilla. Historiador, murió con 38 años el 22 de marzo). Cuando hace dos días recibo un whatsapp comunicándome su muerte me resultaba imposible creerme la noticia. No podía ser, Rafa no, Rafael no. No por la edad, no por tener buena salud, no por ser amigo, no por lo inesperado. No y mil veces no, Rafa no podía sucumbir a esta pandemia de origen dudoso que hoy nos llega a todos; él, que siempre presentaba batalla al capitalismo, al fascismo, no podía caer ante un enemigo invisible y de tan poca cuantía. No dormí esa noche, Rafael y yo (así le llamaba) habíamos entablado en los últimos años una amistad profunda que, si se inició en el Archivo del Tribunal Militar, se fraguó en base a nuestra común ideología, él como practicante comprometido muy activo y yo como antiguo luchador hoy al abrigo de las comodidades del sistema. En mi memoria se agolpaban, en la noche, recuerdos de lo habido, y tristeza por lo que no llegará, momentos buenos, y momentos mejores, porque entre Rafael y yo nunca existió un mal día, ni un mal rollo, no, porque nada de eso era  posible con él, y es que Rafael era un tipo íntegro, al tiempo que sencillo y sincero. Maravillosamente impulsivo y cariñoso, siempre con su sonrisa de niño travieso, Rafael era mi amigo, con mayúsculas, no un usuario más del Archivo con quien puedes tener un trato más o menos afectivo. Si mi memoria no me lleva a error, Rafael visitó por primera vez el Archivo a finales de 2009 en pleno traslado de los fondos documentales a la actual sede. Licenciado en Historia, me pidió (durante unos días me habló de usted) acceso a la base de datos porque quería hacer un trabajo de investigación sobre La Rinconada. Dado su carácter sencillo, su forma de ser y vestir, y mi costumbre de recibir a investigadores, profesores, catedráticos, todos ellos serios, formales, de renombre y gran currículo, aquel licenciado en Historia me pareció una extraña novedad al tiempo que una posible renovación o en cualquier caso el mantenimiento del interés por el pasado reciente de este país, Guerra Civil, represión, dictadura… por lo que decidí prestarle más atención que a otros de nuestros investigadores que, ciertamente, ya conocían el camino. Los comienzos no fueron fáciles ya que la información que en ese momento Rafael manejaba no era muy clarificadora y nuestra base tampoco era la más completa, por lo que su trabajo iba muy lento y yo le aportaba poco. Y en esa lenta progresión del trabajo, y la por entonces común falta de confianza en lo personal, una mañana cambia todo y surge ese Rafael que me llevó a mi amistad con él y a su recuerdo infinito: le localizo por teléfono (nada fácil) para informarle que un nombre que buscaba y que le iba a dar otras pistas lo tenía en mi mesa. Acercándose de una manera inusualmente rápida a la oficina del Archivo que aún teníamos en la sede del Tribunal Militar, y en aquel pasillo frecuentado por jueces, fiscales y abogados, me abraza, me agarra por la cintura y me levanta hasta donde sus fuerzas le permiten. Una vez superada mi sorpresa, lo llevé a la oficina y empezamos a hablar, él empezó a hablar, y el sumarísimo que tanto interesaba quedó para días futuros. Ese día del abrazo, Rafael me comentó que era comunista libertario, que quería escribir, editar y publicar sin ningún tipo de subvención, y que para ello trabajaba en todo lo que iba saliendo, que era poco y duro. Me habló de su familia, de como vivía, de sus necesidades y de sus logros, y de que el medio en el que se movía para su investigación, entre cuadros del Jefe del Estado y banderas, no era el más cómodo para él. Igualmente me hizo una crítica sobre la falta de reconocimiento que por aquel entonces tenían los anarquistas, tanto en el periodo de la República como en la Guerra Civil, a la vista de las publicaciones que existían en el momento, exceptuando a un par de autores. Le costó a Rafael su investigación, y la publicación de Comunismo Libertario en la Rinconada, le costó diez años de trabajo en el campo, de cuidados de ancianos, y de noches lavando platos en restaurantes. Pero en ese costo a Rafael no se le fue la vida, la amplió, y mucho, tanto en lo personal como en su lucha antifascista, su razón de ser. Y de esto último, su lucha antifascista, soy consciente y conocedor más allá de un puesto de venta de publicaciones totalmente artesanal en la Macarena. La aparición declarada en el país de un partido político de ideología fascista, más que una preocupación, motivó a Rafael una razón para seguir en la lucha, lucha que había decaído con posterioridad al 15 M y de la que se quejaba en sus charlas conmigo. Me hablaba de sus acciones en la calle, me documentaba sobre las mismas, mientras yo, en la prudencia que me corresponde, le aconsejaba. Y todo ello sin hablarme de su libro del que yo tan solo sabía que había puesto fin a la investigación. Después de unos meses que pasó en Brasil y otros avatares, el pasado octubre Rafael me llamó para darme una alegría, porque ya disponía de la maquinaria adecuada, de papeles y tintas para publicar su libro sin que saliera un euro del amplio bolsillo de la administración. Tuve la satisfacción de ser el primero en tenerlo en las manos y de leerlo, y él, no lo olvidaré, en su sencillez, viendo anotaciones mías en los márgenes, me comentó que ya había conseguido que alguien lo leyera. Tal vez no es momento de hablar de libros, pero aquel ejemplar que tuve en mis manos, lejos de un impersonal texto en word, destilaba la esencia no ya del historiador, también la del luchador que fue Rafael, su vitalidad, el compromiso con sus ideales y también, tal vez, su soledad en esa lucha. Me agradó, por otra parte, su narrativa sencilla y su capacidad didáctica para llegar a sus vecinos, independientemente de los conocimientos históricos que los lectores puedan poseer. Cuando partimos siempre dejamos algún proyecto por iniciar, y Rafael, aún joven, seguro que muchos. Entre otras ideas que rondaban su cabeza, me pidió colaboración en la búsqueda de nombres de la 77 Brigada Mixta que formó Sabin con anarquistas, para lo cual teníamos prevista una reunión a su vuelta de Madrid. Nuestra charla de la noche del día tres no tuvo continuación. Tampoco pudo ser la presentación de su libro en La Fuga, en los meses de mayo o junio. Cuando volvamos a abrir el Archivo, no me resultará fácil llenar el hueco que nos ha dejado Rafael. No será fácil, pero tampoco quiero que lo sea. y de una manera u otra mantendremos vivo su recuerdo. Así solía terminar Rafael nuestras conversaciones, y así dejo yo también estas letras aprisionadas. “Y ahora me voy a trabajar, que es lo que toca, porque cuando no se quiere vivir de subvenciones es lo que hay, venga, un abracito, Ángel”. Rafael, compañero, que la tierra te sea leve. Ángel García-Villaraco Gómez, tu amigo del Archivo del Tribunal de Sevilla.

 

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Claudia Parra Bonilla, que conoció la tumba de los Reyes Magos

(Arroyo de la Luz, Cáceres. Auxiliar de enfermería, murió a los 59 años el 11 de marzo). En la catedral de Colonia hay un triple relicario dorado, el más grande de Occidente, llamado Relicario de los Reyes porque en él se supone que están enterrados los Tres Sabios, conocidos en España como Reyes Magos. Hace años visitó el lugar Claudia Parra Bonilla en una excursión organizada por la parroquia de Arroyo de la Luz (Cáceres), y volvió tan emocionada por la historia que le dijo a los niños de su catequesis que había conocido la tumba de los Reyes Magos. En su afán por hacerles ver que los Reyes existían, se pasó de frenada. “Había que ver las caras de aquellos niños: ¿pero se han muerto? Pero esa era ella, espontánea, natural”, contó el sacerdote del pueblo, don Juan Manuel, en un vídeo colgado en el Facebook de la parroquia. Allí publica misas, novenas y unos responsos en los que aborda desde cómo cocinar huevos con cebolleja a anécdotas de los vecinos. Don Juan Manuel era uno de los mejores amigos de Claudia Parra, una auxiliar de enfermería de 59 años a la que una cardiopatía diagnosticada hace dos años obligó a dejar su trabajo; ahora trabajaba por las tardes en la biblioteca. Era una mujer muy religiosa que dio catequesis casi 20 años. Era refranera (“tu pregonas aceite y vendes vinagre” era su favorito, pero tenía dichos “para parar a un tren”, como recuerda el sacerdote a El País) sociable, golosa (un drama, porque era diabética) y cariñosa, y pasó por un momento amarguísimo cuando sus padres murieron en muy corto período de tiempo. “Fue salvadora de vidas”, llora don Juan Manuel, recordando que su muerte por Covid-19, primera en Extremadura, pondrá a todo el mundo más en guardia. Según contó el diario Hoy, se cree que se contagió en un viaje a Sevilla realizado a finales de febrero para ver el Circo del Sol. Manuel Jabois. Gracias al diario El País.

 

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Martín Pérez Pascual, un chico de la guerra

(Alcorcón, Madrid. Policía jubilado, murió a los 91 años el 27 de marzo). Cuenta Agustín Andrés que su padre, como muchas de las víctimas del Covid-19, era un “chico de la guerra”, un miembro de esa generación que siempre ha despertado en las posteriores una mezcla de encogimiento y respeto por su capacidad para sobreponerse al tiempo que le tocó vivir. Nacido en Medinaceli, Soria, en 1928, la infancia de Martín Pérez Pascual estuvo atravesada por la violencia, mientras que su juventud, que transcurrió en las ruinas de la posguerra, quedó marcada por el hambre y el tifus. En 1951, Martín, de 23 años, ingresó en la Policía Armada, movido por la vocación. Destinado a San Sebastián, se enfrentó al terrorismo. De vuelta a Madrid, trabajó en la Comisaría del Rastro. En 1978, se trasladó a Alcorcón, donde se desarrolló el último período de su carrera profesional, con momentos tan agitados como el 23-F o la detención de un comando del GRAPO. Jubilado como inspector, disfrutó de una vejez apacible. “Tuvo una infancia y una juventud duras, pero al menos una vejez buena”, resume su hijo, al otro lado del teléfono, emocionado. “Era muy del Atlético. Siempre tuvo una vocación de servicio público”, concluye. Silvia Nieto.

 

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Aurora Ríos, la menos tonta de Fermoselle

(Fermoselle, Zamora. Labores del campo, murió a los 87 años el 18 de marzo). ¿Quién contagió a Aurora Ríos? Nadie se lo explica en Fermoselle, Zamora, un pueblo entre el río Duero y el Tormes. Aurora tenía 87 años y salió tres veces de su pueblo (Valencia, Barcelona y Fátima, éste último viaje hace tres años); en Fermoselle se dedicó siempre al trabajo del campo: viñedos y olivos. Y a su huerto, que daba tomates, pimientos, ajos, y a la leche de cabra que ofrecía a los vecinos. Su marido, Ángel, falleció hace ocho años y la reclusión de Aurora se había incrementado, si bien todos los días iba a comer a casa de una de sus hijas. Vivía sola, fue siempre una mujer independiente y se decía de sí misma “la más tonta de Fermoselle” no por ignorancia, sino por su facilidad de trato, su carácter sencillo que aceptaba todo. Era una mujer lectora que en los últimos años, debido a la vista y el cansancio, se refugiaba en revistas de toda clase, desde recetas hasta trucos del hogar. Esa vida tan sencilla y discreta en un lugar apacible y con encanto ha tenido un final explosivo. El relato que ofrece el nieto político de Aurora, José Luis Pascual, marido de su nieta Rocío, es desalentador. “Hace 15 días celebraba su cumpleaños comiendo como una lima”, cuenta. El sábado 7 de marzo amaneció con síntomas de coronavirus; la familia llamó al médico y este le dijo que pasase por consulta el lunes. “¡No podemos ir!”, respondieron. El médico fue a casa y les dijo, tras echarle un vistazo, que no tenía coronavirus. Aurora empeoró y en una ambulancia sin protección, rodeada de enfermeros, fue llevada al hospital de Zamora, donde pese a los avisos de la familia fue instalada en un cuarto compartido. Por allí pasaba todo el mundo, denuncia la familia. Cuando se le hizo la prueba, fue aislada una planta para ella. Murió sola y sin despedidas. Nadie comprende cómo se contagió Aurora Ríos, pero sí se sabe que pudo transmitir la enfermedad a muchas personas. En el pueblo, donde operarios cubiertos con un traje blanco y mascarilla han desinfectado calles y comercios, los vecinos están escandalizados: nadie sabe cómo pudo llegar el coronavirus al lugar. Manuel Jabois. Gracias al diario El País.

 

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Alejandro Ruiz de Quero, lo hacía todo por amor

(Porcuna, Jaén. Maître, murió a los 86 años el 13 de marzo). “Siempre estás mirando más allá, loco”, dice la voz del rapero Cristian Brawler, una de las figuras más representativas de la escena urbana salida de Torrejón de Ardoz (Madrid). Su videoclip Hoy se abre con esa frase y el primer plano de un hombre mayor, con unas cejas blancas, frondosas y disparatadas, y el gesto divertido. Bebe una infusión en una habitación de residencia. El plano luego se traslada a Cristian. “Yo, yo quiero hacer de todo contigo, sobre todo camino./ Llámame loco, pero loca, dímelo al oído,/ y con esa boca que me tiene tan ido”. Alejandro Ruiz de Quero sabe lo que es hacer todo por amor, sobre todo caminar. Conoció a su mujer, Paula, en una fiesta de la Embajada argentina en Alemania. Y recorrieron Francia y Bélgica porque él, que había emigrado desde Porcuna, el pueblito de Jaén en el que nació, se convirtió en maître de éxito de varios restaurantes en el extranjero. Volvieron juntos a España, donde Alejandro se reconvirtió en funcionario de Correos. Su mujer enfermó, hubo que ingresarla en una residencia y Alejandro se plantó: él ingresaba con ella. No tenían a nadie que les cuidase salvo el uno al otro. Paula murió en 2011. Alejandro era libre para volver a su casa y recuperar la libertad de la calle. Pero anunció en la residencia Amavir de Torrejón que su familia estaba allí: las enfermeras, decía, eran sus “nietas”. “Él era un hombre afable, servicial, atentísimo siempre”, dice Susana Pompa, directora del centro. Cristian Brawler lo recuerda por su buen humor: siempre estaba haciendo bromas. Fue la novia de Cristian la que le habló de él. Era ideal para el vídeo. Ahí sale, en 2018, inmortalizado en un tema de rap en el que Cristian canta: “Ese rollo de terminar el día y no saber cuántos han sido / no tengo miedo, yo ya he perdido”. Manuel Jabois. Gracias al diario El País.

 

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Lamina Salek, el sueño de volver al Sáhara

Los ojos lagrimean y lloran

Y el corazón lentamente se cristaliza

¡Ay! si los corazones se hablaran

Cuántas bocas serían silenciadas.

Mawal -Mariem Hassan

(Madrid. Refugiada, murió el 25 de marzo a los 25 años). Marien Hassan fue la máxima exponente de la música saharaui, una voz reconocida internacionalmente; allá adonde iba despertaba simpatías y afectos hacia su persona, y por ende a la causa que defendía. Como muchas mujeres fue víctima de cáncer de mama, una enfermedad silenciosa que consume el cuerpo lentamente y que, si bien hoy día recibe tratamientos muy exitosos, sigue provocando numerosas muertes. Mariem murió el 22 de agosto de 2015, en el campamento de refugiados saharaui de Smara; el mismo campamento que fue testigo del nacimiento de sus hijos, el mismo que fue testigo de sus desvelos mientras les amamantaba, el mismo que recibió su cuerpo inerte y sin mamas. Fueron días duros, escasas dos semanas en las que veía como la vida abandonaba su cuerpo hinchado por una metástasis imparable. Mi abuela, su madre, la despidió la noche anterior; sabía que no volvería a despertar. Hace un par de meses, una llamada de un amigo pidiéndome ayuda legal, para documentar a la que había sido su niña saharaui de acogida, me devolvió a esas fatídicas semanas de agosto de 2015. La que había sido niña saharaui de acogida de mi amigo Carlos, ahora era una mujer de 25 años, madre de una niña de 2 años, y enferma de cáncer de mama. Lamina Salek, en la flor de la vida, llegó a una Madrid donde se debatían cuestiones que aunque hoy no son noticia siguen revistiendo gran importancia: la sanidad pública sigue sin ser universal y gratuita, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos avalando las devoluciones en caliente, los refugiados siguen sin tiener oportunidad para huir de sus desdichadas vidas de persecución, hambre y guerras, la violencia machista en alza, la precariedad laboral, y un largo etcétera de problemas que nos preocupan y ocupan, aunque ya no sean noticia. La solidaridad de personas como Carlos Lafuente y su familia, de las gentes de Rivas Vaciamadrid, del personal sanitario, le dio a Lamina la oportunidad para empezar el tratamiento que tanta falta le hacía contra el mal que padecía. Por desgracia, las Moiras ya habían tejido otro final. Una enfermedad sin cura conocida, una pandemia global, atacó su cuerpo debilitado por el cáncer y su tratamiento, y le arrebató su sueño de volver a su jaima con su hija y su familia. El confinamiento, las restricciones aéreas, el cierre de fronteras, y todas las medidas de contención de esta enfermedad llamada coronavirus impiden repatriarla, por lo que su sueño de volver no podrá ser cumplido. Sidi Talebbuia Hassan.

 

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Miguel Sánchez Fernández, en Montehermoso encontró toda la paz

(Santa Eufemia en el Valle de los Pedroches, Pozoblanco, Córdoba. Operario de la Seat, murió en Madrid a los 77 años el 15 de marzo). Miguel Sánchez Fernández se fue con 15 años del pueblo, Santa Eufemia del Valle de los Pedroches, en Córdoba, a Barcelona. A vivir con su tía y buscar un futuro que conoció pronto por su capacidad de trabajo en la fábrica de Seat. Pudo comprarse pronto su primer piso. Su tía de Barcelona y sus padres agricultores desde Córdoba insistieron en que no viviese solo. “No hizo caso”, cuenta su hermana pequeña y tutora judicial, Maricruz Sánchez. Miguel era esquizofrénico, una enfermedad de la que solo se trató cuando no había más remedio. “Como no le dolía nada, no aceptaba estar enfermo. E hizo barbaridades”, reconoce. Era ahorrador, reservado y educado; se arreglaba, se peinaba, se vestía bien. Y hecho todo, se aislaba. “Era un hombre muy bueno, yo lo quería muchísimo”, dice Maricruz Sánchez al teléfono. Recibió la incapacidad permanente e iba a ser alojado en una residencia en Barcelona, pero su hermana actuó: para que esté en Barcelona solo, está en casa conmigo. Solo pudo aguantar cuatro años. “No se quería tratar y hubo dos episodios… No era él, no era mi hermano, se podía volver muy agresivo contra sus seres queridos”. Miguel terminó encontrando la paz en la residencia Monte Hermoso de Madrid. La paz y la tumba. “Se sentaba a ver la televisión, paseaba por el jardín. La gente lo quería y le hablaba, y si le hablaban él respondía. Si no, ya difícil. Aunque a veces, de repente, se ponía a cantar”. El 6 de marzo su hermana lo fue a buscar y se fueron juntos a pasear por la Gran Vía y a comer un chocolate. “Fue una negligencia. Estaba perfecto de corazón y pulmones. El 8 cerraron la residencia. El 11 me dice que tosió sangre. El 12 le duele la garganta, y le dieron paracetamol. El 13 me dice que le falta aire y le dolía todo el cuerpo. El 14 el doctor me dice que le van a poner oxígeno y a llevarlo al hospital. El 15 amaneció muerto. No pude verlo nunca más desde nuestro paseo, hicimos los papeles con la funeraria en la puerta del Clínico. El 17 lo incineraron; solas mi hija y yo”. Manuel Jabois. Gracias al diario El País.

 

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Jordi Singla Ribera, no está de moda morir de otra cosa

(Barcelona. Jubilado del gremio “agradable” de la construcción, como es la gestión, comercialización y ventas, murió a los 76 años el 27 de marzo en Tarragona). Ay… No sé porque te escribo esta carta, ni siquiera sé si la vas a leer, si alguien se hará eco de este lamento, de este grito de fiera herida que me acompaña desde ayer, 27 de marzo de 2020, a las cinco de la tarde, en que falleció mi marido, mi compañero durante 44 años. Él no necesitaba del coronavirus para morir, tenía enfermedad de sobras para escoger, pero tengo la impresión, más bien la certeza, de que no está de moda morir de otra cosa que no sea del enemigo invisible. De esos otros muertos no se habla, no son noticia, no son estadística, no suman, no venden. El monotema domina nuestra vida en todos los ámbitos, empezando por la información, el martilleo incesante, el goteo que no cesa… coronavirus, coronavirus. Pero no nos hemos dado cuenta de que este virus ha traído consigo algo más duro que la muerte en sí misma. Ha traído el dolor, un dolor hasta ahora desconocido para nosotros: el insoportable dolor de no poder coger la mano amada en el último respiro, el dolor de saberle muriendo solo en un triste box de urgencias, el dolor de no poder despedirle con todos los honores que se merecía, el dolor de no poder romperte frente a la muerte, el dolor de sentirte sola, desamparada, sin un triste abrazo que llevarte a los hombros, ni un miserable beso que palie tanto dolor. Estoy sola, sola con mi pena y con mi mundo confinado en su casa, sintiendo mi dolor como propio, pero sin poder hacer un simple atisbo de buena voluntad para compensarme, de suavizar la pena, por temor al contagio. Estoy sola para llorar, sola para la terrible burocracia, sola para las decisiones que se han de tomar en estos casos, sola frente al bicho invisible que ha venido a perturbar nuestra paz. Y en esta soledad te puedo asegurar que el dolor no tiene escala. Cuando tengas a bien, tú que eres la voz alta de nuestros pensamientos, habla de este DOLOR tan doloroso, que te ciega el entendimiento, que no te deja razonar, que perturba, niega la evidencia e, incomprensiblemente, duele más que nunca, tal vez porque nunca nos había dolido tanto. Como escribió Miguel Hernández, “tanto dolor se agrupa en mi costado que, por doler, me duele hasta el aliento”. Cada día le ponía la canción Facciamo Finta Che! al levantarlo de la cama, y le hacía cantar y mover sus brazos casi sin movimiento simulando que bailábamos. Era nuestro motor para ponernos en marcha. Los dos últimos días me decía que no la pusiera… no quería fingir que todo iba bien, porque ya nada iba bien. Te saludo. María Francesca Fernández.

 

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