La experiencia religiosa

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Hace años el periodista Guillermo Pardo relató en su blog el impacto que tuvo al ver su primer negro. Fue en la Galicia de los sesenta, y como le dijeron que aquel negro era un ingeniero norteamericano que supervisaba una refinadora, creyó él desde entonces que todos los negros eran ingenieros norteamericanos. Aquello me dio para pensar en el mío, que fue alguno de los vendedores del mercadillo de Sanxenxo; me paraba siglos en sus puestos de la feria, como si fueran todos ellos el gitano Melquíades. Eran negros puros, sin descafeinar, arrancados a mis ojos de las turbulentas selvas africanas de los álbumes de Tintín: yo pensaba que todos los negros pertenecían a un lugar llamado Congo. En sus tenderetes cogía los relojes y los observaba gruñendo mientras apretaba los botones, y la primera vez que vi el reloj calculadora casi me desplomo allí mismo: aquellos eran los primeros negros que yo veía, y para ellos yo debí de ser el primer retrasado mental puro. Pensaba en eso, en la vasta negritud, cuando recordé algo aún mejor que el primer negro: mi primer conflicto religioso. Estaba viendo una película del Oeste y yo tenía muy pocos años pero ya era católico e incluso sentimental: feo ni entonces. El final había dejado a dos vaqueros en una de aquellas inmensas llanuras bajo el sol del desierto y el paso torvo de los buitres. Forcejeaban con una pistola; en medio de la pelea el cañón apuntó el cielo y uno de los dos apretó el gatillo. Se hizo un silencio y los hombres dejaron caer la pistola quedándose así como petrificados, que aunque yo entonces no sabía lo que era quedarse petrificado, la palabra me surgió de repente, pues yo aprendí el vocabulario por sensaciones. No se movía una mosca en todo el Far West y yo apenas pestañeaba en aquel salón que se me hizo enorme, como el universo. Entonces me eché a llorar desconsoladamente porque estaba convencido de que aquellos dos desgraciados habían matado a Dios, y recuerdo que no me dio llegado el domingo para ir a misa a ver qué nos decía de todo aquello el cura.

 

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Miguel Baquero, tras leer el artículo: «Yo recuerdo que mi abuela, cuando veía a un negro por la calle, se santiguaba».