La falacia utópica

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Sé que lo que voy a confesar a
continuación nunca estará bien visto socialmente: detesto la utopía.
Aunque para muchos sigue siendo sueño y deseo,
no puedo más que abominar todas las creaciones perfectas e imaginadas que
pretenden mejorar la organización social desde el idealismo.
Cada vez
que alguien a mi alrededor utiliza esta palabra siento la necesidad de escapar lo más lejos posible.


Uno tiene la sensación que,
desde el
conocimiento de lo que aconteció en el siglo XX, la utopía sólo puede
infundir
terror. Millones de personas han sufrido, y aún sufren, en sus carnes a
los
cruzados que pretendieron realizarlas. Y es que, como señalaba
lúcidamente Milan
Kundera, toda utopía comienza siendo un paraíso con un pequeño campo de
concentración, preparado para esos seres que en rebeldía no quieren ser
felices, pero con el paso del tiempo el campo de concentración termina
ocupando
más espacio físico que el propio paraíso. Y ni siquiera sus creadores
acaban encontrándose cómodos dentro de ella. Se podría decir que la
utopía siempre acaba, quizá también comienza, con la
creación de un Gulag. La falacia utópica, a la que se refiere Roger
Scruton, conduce
necesariamente a un estado totalitario.

 

Con todo, siempre que alguien expresa sus
razonables dudas sobre esta idea debe prepararse para la autodefensa. Quien no
quiere oír hablar de la utopía, o es un defensor del esclavismo y la explotación
humano o un profeta del pensamiento único. Los alegatos contrautópicos simpre
estarán mal vistos. ¿Cómo entender que alguien no quiera soñar con su
particular y sacrosanta utopía? Sin embargo, la historia, que nunca absuelve,
nos demuestra que la totalidad de las variedades genocidas del siglo pasado se asentaban en diversas utopías. Y muchas atrajeron
a millones de personas por su encanto engañoso y redentor, por lo que que no
se puede pretender utilizar inocentemente la palabra utopía en la actualidad. Está cargada, y no precisamente
de futuro.

 

El ser humano es
imperfecto y esa
imperfección, pese a todo, nos hace humanos. Por eso, me atemoriza la
obscena
despreocupación sobre el uso de la utopía. El siglo XX, con voces como
las de
Huxley, Orwell o Zamiatin, nos mostró los peligros de lo utópico. Son
demasiados acusados en el banquillo como para continuar dándole
oportunidades. Karl Popper vio en el utopismo una teoría enormemente
atrayente, pero también la consideró excesivamente peligrosa al
conducir irremediablemente a la
violencia. El propio Popper nos enseñó que nuestro ideal debía
concetrarse en crear una
sociedad abierta contra la tiranía y el totalitarismo, contra la
sociedad
perfecta y cerrada, o lo que es lo mismo, contra las utopías. En ellas
no hay derecho a réplica y se intenta destruir la esperanza del otro.
Asimismo, los problemas siempre son achacados a los enemigos, los
únicos culpables posibles de los fallos del sistema.

 

Debo reconocer que hace algo más de un año,
me sentí menos solo cuando Yoani Sánchez, una de las voces con mayúsculas
de Cuba, transformó el famoso eslogan: “un mundo posible es mejor”. Un
escalofrío me recorrió al leerlo la primera vez, un mundo posible es mejor. Frente al autohipnotismo de la falacia utópica
deberemos renovar la reflexión, sin complejos ni reticencias, sobre conceptos
básicos como la humildad, la esperanza o la misericordia. Pensemos en lo realizable, creamos en el presente.

 

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“Ante las promesas de futuro que nunca
se concretan, me inclino por el porvenir que comience hoy mismo, por los sueños
que se materialicen en esta jornada. Ya tuve mis ojos puestos en el mañana,
respiré bocanadas de porvenir y me creí el espejismo de lo que vendría. A estas
alturas, sólo apuesto por lo viable.


Me he levantado trastocando una de esas
quiméricas consignas – que tanto escuchamos por la tele- para hacerla más real.
Un mundo posible es mejor  – me he
dicho- y comienzo a sentir que vamos a lograrlo. Que el planeta, mi isla y mi
ciudad encontrarán soluciones realizables, no otra andanada de utopías”.

YOANI SÁNCHEZ

Joseba Louzao nació en Bilbao en 1983. Es doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco (UPV) y en la actualidad es profesor en el Centro Universitario Cardenal Cisneros (Universidad de Alcalá de Henares).
Está especializado en historia de las religiones y es autor del libro Soldados de la fe o amantes del progreso. Catolicismo y modernidad en Vizcaya (1890-1923) (Genueve Ediciones) y, como coordinador, de La restauración social católica en el primer franquismo, 1939-1953 (Publicaciones de la Universidad de Alcalá de Henares). Este blog será su particular maleta preparada, porque el pasado siempre es un país extraño.