La familia Farlopín

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La familia Farlopín, falta el hermano, un atractivo treinteañero con los dientes podridos por el consumo impenitente de heroína, se muestra empeñada en que las cosas buenas de la vida no pueden sentarle mal a nadie y se meten medio gramo cada uno para demostrarlo.

 

Monsieur Farlopín entra por la puerta entonando un sonoro:

 

—¿Dónde están las drogas, que necesito calmarme?

 

La anfitriona, que asegura haber un sufrido un tercio de sobredosis justo antes de que llegáramos, las ha escondido junto a los DVD de Yo, Claudio por temor a que alguno de los invitados pudiera sentirse ofendido religiosamente en plena conmemoración de la Ashura chií. Farlopín, artista de renombre en el circuito libanés, aguarda con ilusión su próximo desembarco en la capital alemana aspirando, en el entreacto de su juventud, toda la inspiración desparramada a su alrededor. Pregunta a los que tenemos cara de amargados si estamos en Líbano de paso para descubrir con sorpresa que el más veterano de nosotros lleva ya 7 años haciendo turismo. Este tío ha conseguido que Angela Merkel vaya a pagarle las pastillas en Berlín me digo con admiración.

 

Madame Farlopín, con una transparente blusa negra esta es la nouvelle vague del chiísmo del futuro; se dispone, como gran dama del narcotráfico del Middle East, a arreglar los distintos pagos y sobornos , buscando con la mirada bizca por la emoción las bolsas de basura llenas de estupefacientes.

 

La anfitriona sigue preocupada por su amago de sobredosis mientras la audiencia le recrimina haberse metido solo media raya

 

—Eso no le puede sentar bien a nadie.

 

Otros apuntan a que tal vez la droga estuviese adulterada con el pollo en mal estado que venden en los supermercados, así lo ha confirmado al menos el ministro libanés de la salud. (Ha confirmado que la carne se encuentra en mal estado, no las drogas, ¡ojo!).

 

—Yo no he comido pollo. Ha debido de ser el té que me he bebido —indica ella. Estaba tan tranquila y de repente he empezado a notar sudores fríos por todo el cuerpo.

 

Su marido, lo habitual en todas las emergencias médicas, ha recurrido a Google como un loco y teniendo en cuenta los síntomas han llegado a la conclusión de que se trataba de una incipiente sobredosis.

 

—¿Pero estáis seguros? —insisto yo que sufro de sudores fríos al menos 3 veces al día, sobre todo cuando tengo que depilarme la entrepierna sin luz antes de que lleguen las visitas.

—Si hay que llevarte al hospital yo te dejo tirado en la puerta de urgencias —anuncia el sector representante de las ONG, sabedor de que no pueden arriesgarse a perder los cinco donantes que pagan las chabolas de los refugiados sirios del norte por un escándalo de semejante calibre.

 

La familia Farlopín, falta el hermano, un atractivo treinteañero con los dientes podridos por el consumo impenitente de heroína, se muestra empeñada en que las cosas buenas de la vida no pueden sentarle mal a nadie y se meten medio gramo cada uno para demostrarlo. La concurrencia jalea a Madame Farlopín, que con su escaso 1,55 de estatura y sus 40 kilos, ha sobrevivido a 15 años de guerra civil, varios embarazos, a un marido artista, al pollo caducado, a los vecinos judíos y al matarratas aspirado. Cuentan que nadie en el Líbano se ha muerto por una sobredosis de extrema pureza, que lo habitual es que uno pague con gusto 100 dólares por los polvos de talco que le ponen a su hija en el culo. La anfitriona, que recupera por momentos el color en el rostro después de varios vodkas, anuncia que lo mejor será cortar un poco más de coca para comprobar científicamente si esta se halla en mal estado antes de ir a reclamarle al camello.

 

—¿Quién te ha pasado esto? —pregunto yo.

—Un tío del trabajo —confiesa ella—, por hacerle unas traducciones…

—Bueno, no te preocupes. A la gente hay que ayudarla cuando está estudiando.