La fascinación humana

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Quizá sea pronto todavía para que en el sobresalto de la noticia surta efecto tranquilizador el paliativo de un legado. No obstante, reconocer las virtudes de quien acaba de morir puede servir de consuelo en los momentos más latentes de la pena, cuando para colmo la vida ha sido tempranamente arrebatada. La sabia e intuitiva naturaleza humana sigue empecinada en la búsqueda del hálito incluso hasta donde acaba de perderse.

Con 43 años el periodista David Beriain ha muerto asesinado en Burkina Faso, junto a su inseparable compañero el cámara Roberto Fraile, de 47, mientras iban de camino en un convoy para grabar un reportaje sobre la caza furtiva y la protección de la naturaleza en África. Beriain se sabía una persona muy afortunada por poder ejercer este oficio, pero sobre todo por encontrar en su familia un amor en libertad: sabían que la pasión por el periodismo en lugares de conflicto corría el riesgo de que acabara sustrayéndole lo más preciado. De Fraile decían que era ávido en el retrato visual, veterano y fumador, como esos reporteros aguerridos y de pocas palabras cuyos rostros y gestos expresan lo que es que la muerte te pise los talones.

Cuando se ha confirmado la desgracia, no han tardado en abrirse los improvisados libros de condolencias en las redes sociales. Caudales de mensajes provenientes de admiradores de los trabajos de Beriain y Fraile; panegíricos, lamentos, muestras de cariño de quienes les conocieron, amigos, compañeros de brega en la profesión periodística, profesores de universidad. Precisamente uno de estos pésames públicos de la mano del catedrático de Periodismo en la Universidad de Navarra, Ramón Salaverría, acompañaba a sus sentidas palabras un vídeo de apenas cuatro minutos con unas declaraciones de David Beriain de hace algunos años en una visita a esa misma universidad, a la que el periodista estaba muy ligado.

En una época en la que el periodismo arrastra un caótico pesimismo presente y futuro, las palabras claras y contundentes de Beriain aquella mañana en la Facultad de Comunicación navarra frente a un micrófono del medio universitario, sorprenden por su tono esperanzador y entusiasmo inusitado. En la línea de la tesis del periodista Pedro García Cuartango sobre que el futuro del oficio debe «volver al periodismo interpretativo de comienzos del siglo XX», David Beriain dijo: «Lo que salvará a esta profesión es conocer su pasado, conocer las razones que la han hecho necesaria. O sabemos honrar nuestro pasado, conocemos nuestra historia, nuestro legado, o vamos a seguir persiguiendo gurús, fantasmas, que no nos llevan a ningún sitio. El periodismo está inventado. Hay que hacerlo bien. Utilicemos todas las herramientas que podamos para seguir haciéndolo bien. Pero seamos fieles a nuestra tradición».

Y sobre esas tormentas perfectas y reales que asolan al periodismo (financiera, de modelo, de empleo), él insistía en el valor de la voluntad. «Sí, hay muchos periodistas; sí, hay muchas facultades de periodismo… Pero se puede. Se puede si se quiere de verdad, si se tiene la voluntad real de dedicarse a esto. La voluntad separa el grano de la paja». ¿Y qué hay que hacer, cómo se materializa la voluntad? «Hay que estudiar, hay que prepararse. Les diría a los alumnos que no están perdiendo el tiempo en la universidad». Recordó enseguida una de las primeras lecciones de periodismo que recibió en esa misma Facultad en la que ahora estaban entrevistándole. «Un profesor que se llamaba Paco Sánchez dijo que saber escribir son cinco cosas». Y David Beriain las fue repitiendo a cámara y enumerándolas con los dedos: «Saber mirar. Saber escuchar. Saber pensar sobre lo que has visto y has escuchado. Saber expresar lo que has pensado sobre lo que has visto y has escuchado. Y saber un poco de la naturaleza humana. Nada de lo que he aprendido en la Facultad es más cierto que eso».

Parece imposible que algo prescriba ahora mismo el dolor de la muerte de estos dos periodistas españoles, pero tales palabras llenas de verdad y humanidad se abren paso con fuerza en la pesadumbre generalizada, como la linterna de David Beriain en la oscuridad, como la cámara de Roberto Fraile en la noche y entre las zarzas, con la voluntad de sumergirse en las entrañas de la maldad, la injusticia, la muerte; y alumbrar con maestría el bien, la justicia, la vida, y lustrar la dignidad genuina del periodismo. «Una profesión», seguía diciendo David en aquella entrevista, «en la que hay que aprender a mirar, porque no sabemos mirar. Hay que aprender a escuchar; no estamos dispuesto a escuchar, preferimos escucharnos a nosotros mismos. Hay que pararse a pensar, en un mundo que no se para a nada. Hay que trabajar la expresión, con esfuerzo, con corrección, teniendo al lado a maestros. Y sobre todo y entre todo, este trabajo es un aprendizaje continuo sobre la naturaleza humana, que es, para mí, lo más fascinante que hay sobre la faz de la tierra».

Esa fascinación, como el amor en libertad que le profesaba su familia, no muere; queda por siempre. Beriain y Fraile, compañeros y amigos, dejan como legado la grandeza de una vocación.

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