La festividad

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El pájaro cabra, hasta entonces afamado soñador, conoció los terrores nocturnos durante la preparación de la fiesta y temiendo quedar insomne para siempre, resolvió invitar a la mano de Dios, quien se presentó de inmediato dispuesta a anudar lo que hiciera falta. Cuando los rastreadores la vieron llegar, musitaron todo un capítulo de reprimendas que convendrá omitir, dado el hastío general que las reprimendas provocan y dando por hecho que todos estamos ya sobradamente reprendidos.

 

La fiesta dio comienzo con los acostumbrados juegos florales: unas flores susurraban en las orejas de los soñadores, otras oscilaban en los rizos de los coros y danzas, las menos adornaban las chaquetas de los ingenieros y el resto permanecía firmemente sujeto en manos de los rastreadores que no lograban decidir, avasallados por tanto movimiento, el destino más conveniente.

 

Los soñadores cantaban sus deseos de estar en brazos de la amada, que yacía en el banco del jardín con el ovillo entre sus blancas manos. Pero el más candoroso deseo no sería equiparable al bien conocido entusiasmo de los coros y danzas: Al primer paso, dejaron atrás a los ingenieros y sacaron a bailar a la mano de Dios, la cual olvidó soltar el hilo y remató el baile enzarzada en un guante plateado. Todos aplaudieron excepto los ingenieros, que continuaron celebrando la fiesta como mejor sabían: permaneciendo inmóviles y comentando jocosamente que el baile había resultado útil por una vez.

 

La mano de Dios apuntó comprensivamente que aquella gente tan sensata sufría un ataque de cuernos, un mal que ella conocía muy a fondo porque también aquejaba a Dios de vez en cuando. Dicho esto, pasó el resto de la velada paseándose graciosamente para lucir el guante.