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AcordeónLa fiesta de los vencidos

La fiesta de los vencidos

El hombre atravesó la multitud a codazos y azotó el cuerpo a media calle. 

 

Cayó de costado, con el pómulo derecho al piso, ligeramente aflojada la soga que lo ceñía a la cintura.

 

Vestía mono gris y tenía cubierto el rostro con una máscara barbada. Completaba su traje de electricista con un casco naranja y unas sucias botas mineras. Junto a él estaba de pie el hombre que lo arreaba.

 

Los danzantes, separados y juntados a la misma velocidad que él pasó, brincaban y aullaban y se revolvían a empellones, sudorosos al compás del rocanrol tocado por una banda.

 

—Será ahorcado dentro de tres días, cuando termine el Carnaval —dijo un joven disfrazado de vieja sirvienta, que bailaba al margen.

 

Se incorporó con la ayuda del hombre que lo tiraba de la soga, se ajustó la rosácea máscara de cera comprimida y volvió a meterse a velocidad a la bola.

 

La masa compacta y violenta, que taponaba la calle de acera a acera a lo largo de la cuadra, se abrió de nuevo, chillando: la mayoría de los danzantes vestía leva (levita) negra sobre blanca camisa, pantalones y zapatos negros y llevaba máscara barbada y bombín tocado con altas plumas; uno que otro esgrimía un bastón por todos lados; y el resto iba disfrazado de mujer. El hombre no alcanzó a llegar más que a mitad del trayecto y se volvió a derrumbar, hecho ovillo. Dos disfrazados de mujer le cayeron encima.

 

—¡Arriba mis huehuenches! —gritó aquél disfrazado de sirvienta, mientras del mandil a cuadros sacaba una cartulina y la desplegaba en alto: La huarachuda (como le dicen a él por su personaje) es una mujer que entrega sus sueños en un carnaval.

 

San Juan Ixhuatepec es un pueblo viejo de unas cuatro mil casas sobre un delgado valle limitado por altos cerros, salvo por el lado oriente. Pegado al límite norte de la Ciudad de México, está en la corta ruta que comunica a la metrópoli con el lugar donde hace unos diez mil años estuvo Teotihuacán, el otro imperio, y posteriormente el tolteca, y por donde habrían llegado los mexicas doscientos años antes de ser derrotados por Hernán Cortés. Hace cerca de ciento cincuenta años celebra un carnaval con una trama que resume la confrontación del indio con su conquistador español y termina con un hombre colgado en el patíbulo.

 

—Es nuestra manera de reírnos de la conquista —había dicho el coordinador en turno.

 

El Carnaval de San Juan, que se celebra durante los tres días que preceden al Miércoles de Ceniza, tiene cuatro personajes principales conocidos todos bajo el distintivo de huehuenches, palabra indígena que acerca su significado a viejos locos: el danzante vestido de leva y bombín, aunque con traje francés, representa al español, y el disfrazado de mujer, a la mujer española, excepto La Huarachuda que simboliza a la servidumbre en la época de la Colonia; El Ahorcado, al indígena, y La Viuda, su esposa. Una particularidad de esta fiesta es que no hay ensayos previos ni asignación de papeles: cada quien coge el traje que mejor le parezca y abandona la casa cuando el domingo del primer día de Carnaval empiezan a oírse los redobles de tambores.

 

Eso mismo había ocurrido este domingo: cuando la banda empezó a tocar, en el patio de la casa donde se había servido el desayuno inaugural no estaban más que unos cuantos niños vestidos de leva, pero poco a poco fueron llegando más niños y adultos y se sumaron al baile, sin mediar palabras. Al rato el grupo salió a la calle y comenzó formalmente el carnaval. Al mediodía, cuando la multitud ya se empujaba de aquí para allá por su propia violencia y había recorrido varias cuadras, apareció El Ahorcado.

 

Apenas se le quitaron de encima los dos hombres disfrazados de mujer, El Ahorcado se incorporó y se puso a bailar. La banda había pasado de música rocanrol al swing. Él y su captor bailaban en un claro que la multitud había dejado. 

 

Algunos vestidos de leva bailaban cogidos de la mano o de la cintura con los disfrazados de mujer: era una manera de protegerlas, porque, condenado a la muerte, el rebelde indio no deja de intentar tomar a alguna mujer. 

 

—¡Ay! —se quejó La Huarachuda, alguien la había pisado.

 

Metió al bolso del mandil la cartulina, se sobó el pie derecho, se quitó las chancletas y continuó bailando. Volvió la vista hacia donde había vuelto caer El Ahorcado y regaló una sonrisa.

 

—¡Arriba La Huarachuda! —gritó una adolescente y ella volvió a reírse.

 

Su anécdota es conocida por el pueblo. Hace ocho años, cuando apenas cumplía los dieciséis y tenía un cuerpo delgado, y aún no personificaba a la sirvienta, Víctor Hugo López iba camino a alcanzar a la multitud, metido en un vestido azul que le delineaba bien la cintura y el trasero, cuando se le aparejó un coche y el hombre, tras un guiño de ojos, le dijo:

 

—¡Súbete!

 

Era una lolita. Sí, dijo la madre que esta vez lo acompañaba desde cierta distancia, mi hijo entonces se veía como una niña bonita. Era como una princesita rubita pecosita porque ya ves que es blanquito, agregó la hermana.

 

Entonces, ante el hombre inquiriéndolo con la mirada a que se subiera al coche a un paseo, Víctor Hugo se ruborizó y, entre tartamudeos, explicó que no era una chica sino un adolescente disfrazado con motivo del Carnaval.

 

El hombre partió apenado.

 

Hace dos años que La Huarachuda perdió ese cuerpo esbelto: ahora se asomaba más redonda su cara bajo el velo café combinado con la larga falda café, blusón amarillo y rosa mandil a cuadros.

 

—¡Arriba mis huehuenches¡ —gritó de nuevo cuando vio que se había vuelto a incorporar El Ahorcado.

 

El día que sería ejecutado el indio, Carlos Enrique Rodríguez Jara y una docena más de personas que integran el voluntario grupo organizador de la fiesta levantaron desde la mañana un patíbulo al fondo de un parque.

 

Antes de irse, rodearon los horcones con tiras de papel china.

 

—Era para darle un toque de alegría a la muerte —dijo Carlos Enrique al día siguiente, cuando ya todo había terminado.

 

Con los postes coloridos y el travesaño coronado con cartuchos de fuegos artificiales, la horca era similar a un marco de gigantesca puerta que superaba unas dos veces en altura y cuatro en anchura a las puertas normales de las casas que no pasan de uno a dos pisos y se observan pequeños ante el edificio más alto que es el de la iglesia de San Juan Bautista.

 

El templo, construido en 1925 para suplir a la capilla, señorea, desde la parte poniente norte, cerca del parque, al pueblo dividido en una docena de calles y una decena de avenidas y hendido a lo largo por un río embovedado que hace cuatro décadas aún corría abierto y procuraba agua limpia al entonces famoso personaje de El Fraile.

 

El Fraile era el que al tercer día del Carnaval unía en matrimonio a El Ahorcado y a La Viuda, antes de que el primero fuera apresado por los españoles y condenado a la muerte, y luego los seguía por todos los caminos salpicándolos de agua bendita para que siquiera, en las últimas horas de su vida, el indio aceptara la evangelización.

 

En tiempos donde dos o tres de cada diez de los cerca de 20.000 habitantes del pueblo profesa una religión diferente al catolicismo, y donde algunos de los que danzan dicen ya no ser tan católicos, el Carnaval de San Juan se quedó sin El Fraile, así como la urbanidad lo dejó sin caballos y sin esos jinetes de blanco que personificaban a los bandoleros que no eran más que los integrantes del ejército indígena de El Ahorcado. Estos, a diferencia de La Viuda que sale pocas horas antes de que El Ahorcado termine en el patíbulo, participaban desde el primer día de la fiesta, sorprendiendo en bandada a la multitud danzante para raptar a las mujeres más hermosas.

 

—No se sabe aún quién hará esta vez el papel de La Viuda —dijo uno de los organizadores poco después de la mitad del segundo día de fiesta, cuando vio llegar al Ahorcado.

 

Los días dos y tres del Carnaval muchos danzantes se suman pasadas las primeras dos horas de la tarde, porque o son jóvenes estudiantes o son obreros de negocios o empresas de construcción que tienen el turno de la mañana y dejan de laborar pasando las doce. De entre los que empiezan a danzar desde la mañana algunos es porque negociaron con antelación los permisos o tramitaron las vacaciones para estas fechas o están participando con la convicción de que pasando la fiesta tendrán que salir a conseguir un nuevo empleo. A éstos les queda la opción personificada en el médico aquél que corre su fama de generoso porque, seguidor del Carnaval, expide cientos de recetas pobladas con el nombre de medicamentos para la cura de un mal común: infección estomacal. 

 

Durante el recuento de logros y desavenencias, al día siguiente de concluida la fiesta, Ángel Hernández, un hombre que danzó durante cuarenta de sus más de cincuenta años, explicó un rápido cuadro comparativo: si antes se perdían un promedio de cincuenta empleos, esta vez sólo cinco, porque ahora los danzantes negocian con los patrones antes de tiempo. Al escucharle, Carlos Rodríguez sonrió, porque estaba por soltar otra cifra: si antes diez o veinte hombres eran echados de sus casas por esposas que no toleraban el desenfreno de los esposos, esta vez no se sabe más que de dos casos. Uno de éstos corresponde a Julio Jara. Nos enteramos porque somos los organizadores, dijo Carlos para zanjar una posible duda.

 

—Y está por llegar más gente —advirtió el mismo hombre.

 

Acababa de concluir la hora de la comida, al tercer día, cuando apareció La Viuda. 

 

Llegó corriendo.

—¡Mira!, ¡mira! —dijo sorprendido un niño a su madre, mientras desde la parte alta de la acera, tras otros mirones, buscaba desesperado tener una mejor vista hacia el centro de la avenida.

 

El hombre de negro, vestido de bata con una calavera dibujada en la pechera y cubiertas cabeza y cara con un manto oscuro agujereado a la altura de los ojos, iba a mitad de la pista, con los brazos extendidos y la boca completamente abierta.

 

—¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhh!

 

Topó con El Ahorcado, se tiró al piso.

 

—¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhh!

 

Tam-tam Tam-tam-tam… Comenzó la tambora. Reinició la danza. ¡Arriba los huehuenches!, gritó el disfrazado de sirvienta. El Ahorcado quiso volver a cargar con el grupo, pero se cayó a unos metros. Antes de que se levantara, cayó encima de él La Viuda.

 

Sonaba la banda, se oían los gritos, aullaba La Viuda, ululaban los danzantes, cuando se oyó el primer escopetazo. Se acercaba la hora de la muerte. Por encima, las emplumadas cabezas de los miles de danzantes semejaban a una bandada de pavorreales. Arreciaron los silbidos: era una forma de recepción que los huehuenches estaban dando a un grupo de trasvestis que en ese momento se integraba a la fiesta.

 

—¡Llegaron las reinas! —se oyó un grito.

 

Scarlett, la representante de los trasvestis, sonrió vanidosa.

 

—Es que somos la atracción —dijo en un tono y gesto que pretendían cierto pudor.

 

La peculiaridad del Carnaval de San Juan Ixhuatepec es la actitud de la gente que participa. No necesita ser invitada: sólo espera oír el redoble de los tambores y se integra a la fiesta. Ángel Hernández y Víctor Rodríguez, integrantes del equipo organizador, lo han dicho de esta manera al final: 

 

“Acaba de  terminar y ya esperamos el del siguiente año”.

 

Si Carlos Enrique Rodríguez, el coordinador que durante los tres días salió ataviado de mujer, lo llama una manera de reírse de los conquistadores, Octavio Paz, el premio Nobel de Literatura mexicano, hace seis décadas apuntó en su célebre Laberinto de la soledad que en un “país tan triste como el nuestro” gracias a las fiestas el mexicano se abre, participa, comulga con sus semejantes y con los valores que dan sentido a su existencia religiosa o política”,

 

El mexicano intenta “salir de sí mismo, sobrepasarse”.

 

Si me visto de mujer, siento que hago más allá de lo permitido por mi padre.

 

Adolescente, Sergio justificó en esos términos su decisión de vestirse de corta falda negra y escote rojo levantado con globos a la altura del pecho, el último día de la fiesta.

 

Pero antes advirtió que no es gay.

 

Estaba sentado junto a la mesa de maquillajes en la casa de María Araceli Jara, la esposa de Carlos Enrique Rodríguez, recibiendo los últimos retoques en la cara.

 

Con las cejas bien delineadas, a cada rato sonreía como una adolescente a la que se le ha descubierto haciendo algo indebido. Ruborizado, dijo que su padre es un ferviente opositor a que los hombres se disfracen de mujer.

 

Contó que antes salía vestido de leva, pero poco a poco se fue dando cuenta que le gustaba salir vestido de mujer, siquiera en el Carnaval, porque este es una fiesta donde se permite este tipo de cosas.

 

Fuera de las fiestas, en días comunes, el mexicano, también observó Octavio Paz, “es un hombre que se esfuerza por ser formal y que fácilmente se convierte en formulista”.

 

—¿Fuera del Carnaval, te vestirías de mujer?

—No, no, no, no —ataja de inmediato Sergio, como si estuviera reaccionando a una ofensa. Y se para.

— ¿Pero qué hermosa te ves? —le dice amorosa María Araceli, y él apenado regresa a la silla, con sus largas piernas, esbelto cuerpo, tono bronceado, tierna cara y grandes ojos oscuros. 

 

De reaparecer el ejército de indígenas que busca venganza, ella quizá sería de las primeras chicas raptadas del Carnaval. Las otras raptadas, además de los trasvestis que de ligeros vestidos o minifaldas contonean con su cuerpo limado a cirugías, sería esa docena de hombres jóvenes, con cuerpos de gimnastas, que invierten suficiente en sus vestuarios y parecen princesas de cuentos de hadas, de brillosas cabelleras: si el traje de un danzante que se viste de leva llega a costar un promedio de 10.000 pesos (unos 575 euros), por la máscara barbada que alcanza un costo de cuatro a cinco mil pesos, ellos llegan a gastar casi la mitad de esa cantidad por los tipos de vestidos y zapatillas y por acudir a maquillarse en las estéticas.

 

La mayoría de los danzantes recurre a la ayuda de algún familiar o conocido para maquillarse, y algunos, como Sergio, tienen la suerte de pertenecer a familias que, por la tradición del carnaval, tienen entre sus integrantes a alguien que se ha ido profesionalizando en el maquillaje cada año. María Araceli, por ejemplo, además de maquillar a Carlos Enrique Rodríguez, ayuda a maquillar, sin cobrarles siquiera un peso, a cinco o seis hombres más, que ya en la calle lucen hermosas y cualquier bandolero podría arriesgarse a raptarlas, aún bajo el riesgo de terminar siendo El Ahorcado, de ser la muerte que da fin a la fiesta.

 

—Lo importante es soltarse  —recordó Carlos Rodríguez al día siguiente en su casa, la tarde del miércoles 22 de febrero, mientras hurgaba en un cajón buscando recortes de periódicos que probaran que el Carnaval de San Juan Ixhuatepec tiene casi ciento cincuenta años. 

 

Junto a pedazos de periódicos que guardan la noticia sobre la explosión de almacenes de gas en 1984 que provocó una matanza y por ende la mayor urbanización del pueblo, porque antes apenas tenía algunos callejones de terracería pese a ser una comunidad que había ido creciendo desde antes de la conquista española, sustrajo un librito sobre la historia de San Juan, firmado por Raúl Garduño. 

 

En San Juan Ixhuatepec se alude de manera general al Carnaval como una fiesta vieja, pero no se explica que es una fiesta que ha pasado por varias etapas, como cuando salía la bandada de indígenas montados a caballo o la carreta que se suprimió junto con el personaje de la Reina porque daba un toque más comercial. En cambio, sí se apunta que los fundadores del pueblo obtuvieron la ratificación de sus tierras en 1539, casi dos décadas después de que Hernán Cortés doblegara a Tenochtitlán y muriera ejecutado, como lo relatan los mismos cronistas indígenas en La visión de los vencidos, al emperador Cuauhtémoc.

 

—¿Es por eso que todo termina con la muerte?

 

Esta fue la segunda vez en que Alejandro Gutiérrez, quien personificó a El Ahorcado, terminó al patíbulo.

 

Fue colgado a las 19:30 horas.

 

Un grupo de hombres había tirado de la cuerda para guindarlo, mientras los otros danzaban a media plaza y algunos con escopetas disparaban pólvora mezclada con zacate (fibra de ixtle). 

 

Cada que estallaba la escopeta, el ahorcado se sacudía y con él el patíbulo que de su travesaño habían empezado a estallar juegos artificiales.

 

La banda pasaba de la múcura, música colombiana, a una pieza de rocanrol cuando los hombres terminaron por alzar al condenado, quien se había quedado sin La Viuda. Ésta, se supo al otro día, se había pasado de alcohol y por más que intentó llegar al parque del ajusticiamiento, no alcanzó a presenciar la muerte del esposo.

 

Y también se supo que cuando la multitud danzante se abrió violentamente, antes de que resultara colgado El Ahorcado, un grupo de enmascarados había pateado a un joven disfrazado de mujer. 

 

Fue entonces que mucha gente se adelantó a marcharse, los ejecutores descolgaron a El Ahorcado y La Huarachuda pidió una foto de recuerdo

 

Al otro día Carlos Enrique Rodríguez Jara repitió que todo había sido una manera de reírse. Ellos nos conquistaron, y nosotros nos reímos. Entonces recordé lo que había escuchado del hombre que arreaba a El Ahorcado:

 

—Todo esto es show.

—¿Incluidas las caídas de El Ahorcado?

—Sí, él sabe cómo caerse.

 

 

 

Abenamar Sánchez es reportero

 

 


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