La flor de Año Nuevo

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La flor de año nuevo se abrió sobre el firmamento de Belén, fresca, tierna, pura, expuesta a todos los peligros venideros.

 

Esta flor se desprendió de su tallo y su ramo, cuando fueron introducidas en el jarrón chino centenario, que habría de presidir la cena de Nochevieja. Dióle pena a Faba que un capullo tan hermoso, terminase en el cubo de basura, antes de haber abierto. Así que lo depositó con todo cuidado en un pozico blanco de cerámica, que en realidad era un pozico de tinta, de los que se incrustaban en los pupitres de madera de los colegios antiguos.

 

Mientras sus esbeltas y multicolores compañeras vieron la cena por encima de la boca del jarrón chino, el capullito y su humilde soporte quedaron sobre el mantel, entre las copas de la mesa. No hubo ningún comensal que no reparase en él, mientras abría sus pétalos, a la par que todos comían sus alimentos.

 

En la larga sobremesa de cava y dulces, a la flor recién nacida se le quebró uno de sus pétalos. Qué ternura desplegaron sobre ella los comensales de ese lado de la mesa, intentando reponerlo en el pozico, para que la flor volviese a lucir completa. Y como cayó reincidentemente, casi todos los invitados pasaron ante ella, mostrando su mayor mimo y concentración, en sanarla, como si fuese un pájaro al que se le hubiese roto un ala.

 

Cuando todos se marcharon -unos a dormir, otros a seguir tomándola- la flor se esfumó de la mesa, y se coló en el firmamento estrellado del Belén mutante de Santiago. Nunca una flor  navideña subió al cielo, cargada de tantos arrumacos, cariños y hasta besos. Era porque en ella, florecía el año nuevo.