La flor del samurai

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El actor de teatro Kabuki podría ser un cruce de pavo real y orquídea. Destaca más que ningún otro sobre la escena, incluidos los delicados y misteriosos Onnagatas, que son los caballeros especializados en interpretar a las damas. El sentido ceremonial de toda una civilización se concentra en el cuerpo del actor protagonista del Kabuki. Sus kimonos resaltan más que los de las damas.

 

Llevan a su lado a un actor que interpreta su sombra, vestigio de aquel primitivo servidor de escena, cubierto por telas negras, que llevaba un farolillo colgado de una caña, con el que alumbraba el rostro del actor principal, en todo momento. Kurongos o kurombos se les llama en el Kabuki a estos servidores de la luz y de la sombra.

 

Para algunos ya resulta conocida la fascinación y dedicación de Faba hacia cierta dama -japonesa- que mordía sus cabellos. Pues en esta ocasión, no estuvo dispuesto a que aquella obsesión se repitiese, por culpa de un kimono laberíntico. Además, su interés por esta imagen, radicaba más que en el modelo, en su relación con el espacio.

 

La pincelada de la acuarela es puro dinamismo. La misma respiración del pintor afecta a la pincelada. A veces, tiene que contener la respiración durante los trazos más precisos. Pintar es algo físico, casi una danza, y a veces hasta un fornicio salvaje. Este baile se hace lentísimo, cuando se pinta alguna figura del Imperio del Sol Naciente.

 

Sobre un sencillo y humilde tatami se desarrolla la representación, apenas un par de escalones en primer plano, por los que se descuelga la cola del kimono azul, del samurai arrodillado en proscenio; entre sus manos sostiene su katana desdibujada. A su espalda se extienden un mar de tonos apastelados, que termina configurando un peculiar coso escénico, emparentado con los altares de los templos y las pistas de los circos.

 

Dejó Faba sin terminar esta acuarela, (sobre toallita de papel de los servicios del Café New York, de Budapest), no por venganza de aquella dominatriz nipona que otrora retratara, sino porque estaba resuelto a no ingresar de nuevo en la esclavitud, que exigen ciertos modelos japoneses, y todas las constelaciones que albergan sus vestimentas.

 

La flor del Kabuki 

Gabriel Faba. 2008.

Acuarela sobre toallita de papel de lavabo húngaro.

33 X 20 cms.