La fórmula española

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Van desapareciendo los iconos aunque cueste reconocerlo, y si no a ver quien sostiene que Robin Hood era lo mismo que Juan Antonio Roca.

 

Se hablaba el otro día aquí  de Alaya y el respeto, y vuelve hoy la juez a propósito de las hazañas de Juan Lanzas (buen nombre para el penúltimo bandolero), uno de esos con las etiquetas en las mangas, como los futbolistas, que pinta ser al respeto lo mismo que a la honradez. Una de las diferencias entre el conseguidor y los bandidos clásicos es que aquel en la calle hallaría peligros en lugar de escondite (siempre le quedaría su particular Sierra Morena), igual que hoy en la cárcel se consigue una estancia en lugar de garrote. Hace dos siglos Lanzas hubiera sido un héroe popular por robar a los ricos, pero ahora resulta que el rico es (o era) el Estado. Van desapareciendo los iconos aunque cueste reconocerlo, y si no a ver quien sostiene que Robin Hood era lo mismo que Juan Antonio Roca, una vez asimilada e incluso superada la idea de que el Príncipe Juan es el ídem de Montoro. Imagínese una película de aventuras sobre el asesor urbanístico con Kevin Costner de protagonista, y con el ministro de Hacienda secuestrando a la bella. Mejor no. Qué tiempos aquellos en que un Miró en el baño era (o se creía que era) una bofetada a los poderosos como todas aquellas riquezas escondidas en el bosque de Sherwood. Para volver a crear leyendas tendría que surgir un ladrón de ladrones porque el bandolerismo ha evolucionado en holding, lo cual es un aburguesamiento parecido a lo de ser comunista y millonario. Lo radical tiende a ponderarse procurando mantener el estatus, pero eso es entrar en conflicto aunque no se note. Institucionalizar las costumbres trae su desaparición, al hilo de aquello que decía Camba de que la fórmula española es un mínimo de gobierno y un máximo de libertad individual, al revés que la alemana. De ahí esos lodos en el intento de acoplamiento europeo: un desastre espacial. Se ha perdido la perspectiva y ahora ya casi no se distingue a los políticos de los bandoleros, ni de los sindicalistas, ni de los banqueros, ni tampoco de los jueces, que se han ido todos confundiendo en un cubismo donde a menudo ya ni siquiera son reconocibles por sus formas geométricas.