La gente como yo

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La gente como yo a veces abandona, deja un libro que no le gusta a la mitad, cambia de parecer si encuentra un punto de vista mejor. Pero a eso no lo llama rendirse.

 

La gente como yo a veces abandona, deja un libro que no le gusta a la mitad, cambia de parecer si encuentra un punto de vista mejor. Pero a eso no lo llama rendirse.

 

Los que son como yo, o la gente a la que yo me parezco, no temen desdeñar lo inservible ni renunciar a lo inútil. No piensan qué será de ellos si, en plena marejada y con las probabilidades en contra, se quedan sin lo único que daban por sentado. No añoran lo que sobra porque no buscan redención en la rendición.

 

La gente como yo sucumbe, se retira, dimite. Y sí, se cansa y a veces está segura de no poder más, y no son pocas las ocasiones en las que comprende que otros podrían, que otros seguirían intentándolo. Pero saben que no es cierto que la única opción sea la insistencia que, disfrazada de constancia, hace fuertes a los débiles y hace pública su obstinación como un logro. Conocen los límites y los finales temiendo sólo la falta de desenlace, la ausencia de aviso de cierre.

 

Somos gente a la que no le queda otra que aceptar la agridulce fragilidad como el regalo maldito que es y que impide que no te importen las cosas. Sucumbimos pero nunca nos rendimos, porque rendirse es sinónimo de fracaso, como si no se hubiera intentado lo suficiente, como si esa fragilidad consciente fuese algo que debilita. Nosotros renunciamos al estigma que se imponga a la evidencia, aceptamos nuestro cansancio sin que estar derrotado sea en sí una derrota. Decidimos no continuar; cesamos, porque entendemos que todo tiene un final y que reconocerlo debería ser reconocido, en ocasiones incluso con admisión de culpa.

 

Ya no perdemos el tiempo, ya no buscamos excusas para sentirnos más cómodos al desterrar lo indeseado. Y nada hay de sencillo en aceptar que estamos ante el cese de un designio que no marcha.

 

Este abandono (hay otros) no pretende un cambio de lo viejo por lo nuevo. Es un sacrificio a ciegas en favor de lo futuro, una abdicación a tiempo del trono que hemos creado antes de ser destronados por una versión peor de nosotros mismos. Es un acto de coraje.

 

Porque abandonar puede hacernos vulnerables pero nunca flojos.