La gran ciudad como una fotografía que se abraza a la vida

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(Newcastle Ediciones)

Los incondicionales de Nueva York sabemos que ya vuelve a brillar. Está pasando. En estos tiempos en que hasta hace nada muchos nos pensábamos lo de viajar y subirnos a un avión. O a un tren. O entrar a un cine. O a una tienda de ultramarinos… vale, lo de ir a cualquier sitio con gente, en general… respiramos. Las reservas en los restaurantes ya han vuelto, los pétalos de los cerezos en flor revolotean por todas partes y las aceras vuelven a ser más estrechitas -lo noto, raro es el día que no me choco con algún viandante-.

Fascinados por la ciudad de los rascacielos ya estaban nuestros literatos desde García Lorca, José Hierro o Juan Ramón Jiménez, que se sumergía en esta ciudad como de toda la vida en una estupenda crónica poética: “¿Subterráneo? ¿Taxi? ¿Elevado? ¿Tranvía? ¿Ómnibus? ¿Carretela? ¿Golondrina? ¿Aeroplano? ¿Vapor? … No. Esta tarde hemos pasado New York ¡por nada! En rosa nube lenta”; o entre el mismísimo cielo, “parece que el cielo se ha roto como un gran huevo fresco y que una yema sorprendente y nunca presumida cuelga por doquiera del inmenso cascaron”, fragmento que me sirve para llevaros a la sonrisa y a la ironía que encierra el libro de Fernando Sanmartín que hoy nos trae aquí, que es un señor con mucho sentido del humor.

Y vuelvo a la mítica Gran Manzana con Días en Nueva York y otras noches, publicado por la editorial Newcastle, que provoca que los sentidos, algo aletargados, vuelvan a estallar. Saboreareis cada esquinita de vuestra alma enredándose con esa sensación de haber estado ya allí antes con Blake Edwards, Truman Capote y Woody Allen… porque viajar y escribir es el mejor dueto, equiparable a Frank Sinatra junto a Tony Bennett. Este libro, confiesa, “se ha escrito lejos de casa, allí donde uno, qué curioso, se conoce más”; confirmado por Xuan Bello, “viajar es reencontrase” y es también “como jugar al billar. Se trata de que las palabras se empujen con precisión, sin tosquedad, logrando una combinación que satisfaga al autor y a quien lea lo escrito por este”. Escribe “porque de lo contrario mi vida sería incompleta y me conocería peor”. Y reflexiona, “escribir es caminar por un tejado peligroso, trazar circunferencias, describir los detalles de lo que nos sucede en un viaje, evitar los zarpazos de la mediocridad; y es aullar o imitar el ladrido de un perro en la noche cuando huele a un oso”.

La incertidumbre que provoca todo nuevo viaje, toda nueva partida, es una experiencia común. Mi primer viaje largo lo hice con 12 años. Fui con mis compañeras del grupo de scouts a un campamento internacional en Noruega. Pero no sé por qué motivo… ¡fuimos en autobús!… cruzando toda Europa. Un viaje iniciático en el que la adolescente que había en mí descubrió que el mundo era mucho más grande que mi calle. Con Sanmartín damos fe de que la vida resulta más estimulante cuando conocemos paisajes urbanos y retratos de quienes viven cerca o lejos de nosotros. Y que lo que nos da miedo o nos hace dudar tiene solución, “viajar resulta curativo…” –cuenta Fernando Sanmartín, autor también de Viajes y novelerías, Notas sobre Zaragoza del capitán Marlow y Ciudades que se posan como pájaros, entre otros- porque se rompen las rutinas que uno ha hecho suyas. Y se especula con lo irreal, con la forma de vida que llevaríamos si nuestra casa fuera Nueva York, el fortín contra la monotonía”. Sanmartín nos deja dos placeres: el de la lectura y el viaje.

Hay libros que te llevan a otros libros. Este ejemplar te lleva también a la música. Ciudades. Restaurantes. Paisajes…  y a soltar alguna carcajada porque, reitero, el autor también tiene el don del sentido del humor. Pero no sólo Nueva York es el sitio de su recreo, sino que somos testigos de sus otros días y noches en Jaca, Chicago, París, “Carlomagno, cerca de Notre-Dame, también mira a los turistas”, Oloron-Sainte-Marie, Estambul “la cafetería del hotel Pera Palace, uno de los mejores sitios que conozco para tomar un café, dormir una siesta y tachar preguntas inútiles” porque, además, escribe para no olvidar, para regresar donde coinciden paseadores de perros, compartir bares, conversaciones que nacen junto al puente de Brooklyn… Como dice Javier Castro Flores, el editor, “Días en Nueva York acaba siendo una colección de instantes donde lo inesperado surge siempre. La banalidad de la vida interpretada de la manera más satírica sin despegarse de la realidad. Fernando Sanmartín no cuenta nada excepcional en este libro, no desvela secretos que deban permanecer ocultos, aunque un libro de viajes revela más de lo que aparenta: la propia biografía del autor, una guía, confesiones y el derroche de pasión. Un libro breve, escrito con gracia, cuya fuerza reside en lo que cuenta y en cómo lo cuenta. Con la vida filtrándose entre los árboles del Central Park, “el paseante de perros que lleva siete a la vez” y los coches de caballos; los raíles del metro; el puente de Brooklyn “ese lugar que es algo más que una arteria carótida de la ciudad”; de St. Patrick`s Catedral y su talla de San Antonio de Padua y el Seagram Building. Y, el dolor que no se ve. Una pequeña delicia de libro infinito, “quiero la sinceridad del que llega a la meta un día de calor y alguien le da un refresco”.

Como todo viaje es un descubrimiento para uso propio, -escribió Alejo Carpentier-, Sanmartín quiere escribir sobre lo que le ofrece la vida. Ahora que la narración de viajes también ha cambiado como ha cambiado el periodismo, con Sanmartín es un gozo comprobar que no se ha perdido el romanticismo del trayecto. Rodeada del más grato y evocador de todos los perfumes que es el del jazmín, las rosas, la arboleda recién azotada por la lluvia, experimento la sensualidad de lo desconocido, ahora que no me atrae tanto la aventura como los reencuentros buscados.

Viajar con Días en Nueva York y otras noches es una buena razón para evadirnos del día a día y no es una mala manera de disfrutar de la buena escritura.

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