La grosella

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Uno piensa en Robin Williams y ve una infancia de grosellas. Decenas de árboles de frutos rojos en decenas de papeles, como si uno rebuscara en la caja de los recuerdos.

 

Uno piensa en Robin Williams y se acuerda de ‘La grosella’ de Chéjov. Nikolai Ivánovich soñando con una vida en el campo, una vida de terrateniente lejos de la oficina en la ciudad. El hijo de un cantonista del imperio ruso convencido del sacrificio, del ahorro penitente a costa de una previa existencia miserable. Superados los cuarenta, Nikolai lo logra y compra una tierra y una casa, una casa de servidumbre, un huerto y una grosella. En todos sus sueños, más que cualquier otro bien, siempre ha estado presente la grosella, como una obsesión, un símbolo, la memoria de la infancia o una condición de la felicidad. Uno piensa en Robin Williams y ve una niñez de grosellas. Decenas de árboles de frutos rojos en decenas de papeles, como si uno rebuscara en la caja de los recuerdos y encontrase allí a Popeye o a Garp o a Alan Parrish en postales gastadas sorprendiéndole igual que desde el cofre de Jumanji.  Dice Iván Ivánovich, el hermano y auténtico protagonista del relato (el mismo que grita: “¡… hay que vivir, hay ganas de vivir!” presa de  una inesperada cobardía emocional o de una dolorosa indecisión moral, como apunta Richard Ford), que “quien, aunque sea una sola vez en su vida, ha pescado un gobio o haya visto el paso de los zorzales en otoño, cuando en los días claros y frescos vuelan en bandadas sobre la aldea, ya nunca será un hombre de ciudad, y durante el resto de su vida le llamará la libertad del campo”. Ahí está el Thoreau que se fue a los bosques, y fue Robin quien se lo presentó haciéndole un poeta muerto, y así uno siente que ha perdido un poco la libertad porque Peter Pan creyó ser tan mayor como para morirse. El campo se ha quedado sin grosellas igual que en un incendio. Dicen que ha sido por asfixia, quizá porque el fuego lo llevaba dentro, donde uno está solo, cuando sólo uno mismo puede apagarlo. Puede que fuera el bote a la deriva que describe Will Hunting rajándole la puta vida a Sean Maguire. Pero hay muchas maneras de mirar ese cuadro. Uno ve a Parry, el vagabundo loco enamorado de su bella loca, desnudo por la noche en Central Park junto a Jeff  Bridges; y a Armand, el gay contenido y tropical en su jaula de grillos, un Yves Montand alegre de pelo en pecho. Se ven grosellas adónde se mire, una hilera de arbustos de grosella para degustar todas las noches como el feliz Nikolai viviendo al fin su sueño, dejando todo atrás como si el pasado no hubiera existido, jugando a su vida de niño igual que el feliz doctor Kosevich desmayándose en el parto de Julianne Moore, o el feliz Keating  (“váyase Sr. Keating” le decía el director Nolan, como Aznar a González)  citando al tío Walt y haciendo resonar su bárbaro gañido sobre los techos del mundo.