La guerra justa

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Los americanos (los habitantes de lo que hoy es Estados Unidos) han librado 112 guerras en los últimos 336 años, con una media de una guerra cada tres años. No sorprende que se pueda pensar “solo es la guerra”. Y eso no incluye las “guerras blandas” que libramos entre nosotros todo el tiempo: la violencia armada en sinagogas, mezquitas, iglesias, escuelas, aparcamientos, hogares, tiendas y restaurantes por todo el país. Quizá es que somos inmunes a la guerra. Estados Unidos es una cultura orientada a las armas de fuego donde, según el Centro para el Control y Prevención de Enfermedades, unas 30.000 personas mueren al año como resultado directo de incidentes relacionados con armas de fuego

“Es la guerra justa”. “Sólo es la guerra”. Esas frases, creo, describen la respuesta implícita (puede que incluso explícita) de nuestra sociedad a la guerra en Afganistán, que empezó en 2001, y que hoy es el combate/conflicto más largo en la historia militar americana. La “otra guerra” en Irak, que empezó en 2003, continúa. Las tropas estadounidenses fueron retiradas hace unas semanas. Hasta la fecha, ha habido 4.479 bajas americanas en Irak y 1.812 en Afganistán. Y esas cifras son sólo de soldados americanos. (Total de bajas militares en Irak: 4.797; en Afganistán: 2.768. http://icasualties.org/).

 

Muchas “noticias de la guerra” languidecen en las últimas páginas de los periódicos, en los “resúmenes” de televisión eclipsados por las campañas presidenciales, por la ocupación de Wall Street, las convocatorias del Tea Party, y el empleo, el empleo y el empleo. Salvo que seas militar o tengas amigos o familiares militares, “sólo es la guerra.” Estamos ahí, ojalá no estuviéramos, no hay nada que podamos hacer al respecto; hemos tenido nuestros propios problemas; es la guerra justa.

 

Quizá es que somos inmunes a la guerra —hemos tenido tantas que parecen darse por hecho en la vida americana—. He aquí una lista online desde 1675: 

 

La guerra del rey Felipe

La guerra del rey Guillermo

La guerra de la reina Ana

La guerra del rey Jorge

Guerra Franco-india

Guerra cherokee

Revolución Americana

Guerra naval francoamericana

Guerras berberiscas

Guerra de 1812

Guerra Creek

La guerra de independencia de Texas

Guerra Estados Unidos-México

Guerra Civil

Guerra Hispanoestadounidense

Primera Guerra Mundial

Segunda Guerra Mundial

Guerra de Corea

Guerra Fría

Guerra de Vietnam

Invasión de la Bahía de Cochinos

Invasión de Granada

Panamá

Guerra del Golfo Pérsico

Intervención en Bosnia-Herzegovina

Afganistán

Irak

Libia

 

Según estos cálculos, los americanos (habitantes de lo que hoy es Estados Unidos) ha librado 112 guerras en los últimos 336 años, con una media de una guerra cada tres años. No sorprende que podamos pensar “solo es la guerra”. Y eso no incluye las “guerras blandas” que libramos entre nosotros todo el tiempo: la violencia armada en sinagogas, mezquitas, iglesias, escuelas, aparcamientos, hogares, tiendas y restaurantes por todo el país. 

 

De hecho, sea cual sea la postura de las personas religiosas en cuestiones como “el control de armas”, “el derecho a las armas”, o las leyes relacionadas, lo cierto es que Estados Unidos es una cultura orientada a las armas de fuego donde, según el Centro para el Control y Prevención de Enfermedades, unas 30.000 personas mueren al año como resultado directo de incidentes relacionados con armas de fuego. Y por cada muerto, hay dos heridos. Por lo tanto, las comunidades religiosas ya no pueden seguir actuando como si los ataques con armas de fuego fuesen una anomalía cultural, sino que deben buscar nuevas estrategias que respondan a la presencia de la violencia con armas en el conjunto de la sociedad americana. Esa guerra que libramos contra nosotros es otro tema para otro ensayo. 

 

Cuando reflexionamos sobre los últimos conflictos, no es que queramos decir “guerra justa”, vinculando los conflictos del presente con una antigua teoría. ¿Quién entiende o presta atención de verdad a “la teoría de la guerra justa”, un fascinante intento histórico de explicar por qué algunas guerras son necesarias cuando no inevitables? El presidente actual y su predecesor lo hicieron, en cierto modo, pero no sin dificultades. Recuerden los argumentos para la “guerra justa”,  expuestos en www.catholic.com/documents [aquí en español]

 

Se han de considerar con rigor las condiciones estrictas de una legítima defensa mediante la fuerza militar. La gravedad de tal decisión somete a esta a condiciones rigurosas de legitimidad moral. Es preciso a la vez: 

 

— Que el daño infligido por el agresor a la nación o a la comunidad de naciones sea duradero, grave y cierto.

— Que todos los demás medios para poner fin a la agresión hayan resultado impracticables o ineficaces.

— Que se reúnan serias condiciones para el éxito. 

— Que el empleo de armas no entrañe males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar. El poder de los medios modernos de destrucción obliga a la extrema prudencia en la apreciación de esta condición (www.catholic.com/documents/just-war-doctrine). 

 

Son unas grandes directrices intelectuales con indudables matices agustinianos y tomísticos (si se trata de hablar teológicamente), pero con muy poco o ningún significado, sugieren muchos, en la “Guerra contra el Terror”. Así que se dice que la tortura, los encarcelamientos prolongados sin juicio, las invasiones de otros países antes de que nos invadan, entre otras cosas, son respuestas a nuevas clases de conflicto. 

 

En uno de los numerosos artículos publicados en el British Medical Journal poco después del inicio de la guerra en Afganistán, Jennifer Leaning, profesora de Medicina en la facultad de Salud Pública de Harvard, escribió: 

 

“Cuando Estados Unidos caracteriza colectivamente a las fuerzas de Al Qaeda como “terroristas”, talibanes “extranjeros” o “combatientes ilegales” que se “ocultan en cuevas” (una caracterización que suena enrevesada), arroja dudas sobre hasta qué punto se ven obligados a usar únicamente medios legales para derrotarlos, capturarlos y retenerlos. ¿Qué agentes o métodos se están empleando para “sacarlos de su escondite”? ¿Qué tipo de fuerza se tolerará a la hora de extraerles información? ¿Qué licencias se les concederán a los intermediarios para que Estados Unidos pueda decir que tiene las manos limpias? Estas ambigüedades se intensifican con la orden presidencial que establece una clase especial de tribunales militares para los líderes de estas fuerzas, que podrían ser sometidos a la negación de los derechos estándar establecidos para los prisioneros de guerra”. 

 

Leaning concluía después: 

 

“Esta breve aplicación de la teoría moderna de la guerra justa al conflicto afgano sugiere que su valor como principio analítico o como marco legal es limitado. La dificultad de obtener información fiable hace imposibles algunas valoraciones. Los prejuicios políticos introducen complejidades añadidas. Hay, sin embargo, un componente de la teoría de la guerra justa —los medios de la guerra— en el que existen las normas y medidas internacionales y donde puede hacerse una valoración provisional. Esto indica que Estados Unidos ha perdido varias oportunidades de crear una normativa tranquilizadora y de encabezar la presencia en este conflicto. En vez de consolidar su participación de acuerdo a las leyes humanitarias internacionales ha hecho hincapié en la cruel naturaleza proscrita de su enemigo para justificar la necesidad de mantener abiertas sus opciones tácticas.  Con el mundo entero mirando, la insistencia en estas formas podría resultar ser corta de miras”. (Jennifer Learning, ‘Was the Afghan Conflict a Just War?’ [‘¿Fue el conflicto afgano una guerra justa?’], en BJM.)

 

Los argumentos para convertir las incursiones en Afganistán e Irak en “guerras justas” tienen graves defectos. Pero no es eso lo que más nos interesa aquí. La tesis de este ensayo es que para muchos americanos “es otra guerra más”. El dinero de nuestros impuestos se usa para financiar la guerra, aunque no figure en los presupuestos. No tenemos cartillas de racionamiento, ni restricciones de alimentos, de gasolina o de otras mercancías que nos recuerden diariamente que también nosotros tenemos que sacrificarnos por “los hombres y mujeres en las fuerzas armadas”. Cuando se les preguntó, cerca de un 62% de los americanos quería que las tropas se retiraran de Afganistán en el plazo de dos años (a diferencia del plan de trece años propuesto por el Pentágono). Y, en octubre del año pasado, Truthout, el servicio de noticias online, informó de que “cientos de defensores de la paz marcharon desde la Plaza de la Libertad en Washington DC, a las oficinas del fabricante de drones General Atomics, que no está lejos de la Casa Blanca, exigiéndoles que pusieran fin a las guerras y ataques con drones.” (“We, the 99 Percent, Demand the End of the Wars Now” (“Nosotros, el 99 por ciento, exigimos el fin inmediato de las guerras”), Truthout , 8 de octubre de 2011.

 

Sin embargo estas acciones parecen minoritarias comparadas con las manifestaciones de los disidentes del Tea Party y Wall Street sobre otras cuestiones distintas. 

 

Tal vez ese reconocimiento fue una de las razones por las que los organizadores de este acto decidieron movilizarse para reunir a una cuanta gente que dijera hoy algo como: Estamos en guerra. Hay gente que está muriendo. Hay gente que está siendo mutilada. El conflicto ha durado mucho. Las razones para el conflicto son borrosas en el mejor de los casos y se vuelven más borrosas con el paso de los meses. La mayoría de nosotros necesitamos trabajar por la paz. Y si nos tomamos en serio nuestro papel de pacificadores, entonces hemos de reexaminar —en realidad renovar— nuestras conciencias, y prepararnos para ejercer la disidencia

 

Ya que le han pedido a un historiador que diga esas cosas en alto, supongo que esperarán algo de historia. Déjenme decirlo de otra forma: Si vamos a trabajar por la paz —a reafirmar esa poderosa voz minoritaria conocida como pacifismo—, entonces podemos sentirnos bien ante el hecho de que, históricamente, no estamos solos. Gente mucho más valiente y más hostigada que nosotros nos allanó el camino y nos hizo más fuertes en el viaje. 

 

Así que sin muchos temores ni temblores, propongo lo siguiente:

 

— Estamos en guerra.

— Para grandes segmentos de nuestra cultura/país, “solo es la guerra”. No le prestamos mucha atención, y salvo que nuestra familia o nuestros amigos estén directamente implicados, la guerra está tan lejos para nosotros psicológica y espiritualmente como lo está geográficamente. Y si estamos muy lejos de la guerra, estamos igualmente lejos de la paz, y no digamos de la pacificación. 

— Si vamos a intentar renovar el imperativo para la pacificación —atrevámonos a decir pacifismo—, entonces tenemos que dar argumentos para:

 

— Renovar la conciencia.

— Reafirmar la opción de la disidencia.

— Reconocer la responsabilidad (y la voz) de la minoría.

 

En un reciente estudio sobre la libertad religiosa, John Noonan escribe que la conciencia fue “el concepto moral fundamental del mundo pagano convergente con la tradición cristiana”. Filósofos romanos tan antiguos como Cicerón llamaron a la conciencia el “juez interior”. Noonan sostiene que la conciencia se introdujo en “la consciencia moral de los cristianos” como una combinación de “evidencia, juicio, razón, [y la] voz de Dios.” La conciencia es evidente, pero no se identifica en los actos de muchos individuos religiosos que perpetúan la persecución desde los estados y las religiones establecidas. Durante gran parte de la historia humana —incluida la presente, en algunos casos— la conciencia individual no ha sido protegida de la coacción. Por mucho que podamos decir de la Reforma Protestante, fue una renovación de la conciencia, el imperativo interior presente en todo ser humano, religioso o no. John Noonan escribe que la Reforma creó simplemente “más herejes” [propensos] a “ser perseguidos”. Sin embargo, “los herejes se volvieron tan numerosos que tuvieron que ser tolerados en aras de la paz”, una fascinante y casi moderna paradoja. (John T. Noonan, The Lustre of Our Country: The American Experience of Religious Freedom, 44, 48-49). 

 

El patriarca moravo Juan Huss, de camino a la condena y la consecuente quema en la hoguera por parte del Concilio de Constanza (1416), previó dicha renovación con estas palabras: “No niego nada, noble Emperador, que el concilio habrá de decretar o determinar sobre mí. Sólo exceptúo una cosa, que yo no ofendo a Dios ni a mi conciencia.” La dramática confesión de Martín Lutero ante la Dieta de Worms en 1521 situó la Palabra dentro de la Reforma: “Mi conciencia es cautiva a la palabra de Dios. Enfrentarse a la conciencia no es correcto, ni seguro…”. Sin embargo las voces de lo que acabó conociéndose como la Reforma Radical y los comienzos de las históricas iglesias de la paz dijeron mucho más que Lutero que, con Juan Calvino, seguía encadenado a la reforma magisterial, el vínculo entre ciudadanía y pertenencia a la iglesia, que es una coacción directa de la conciencia. Para ellos, el Evangelio, la Conciencia y la No Violencia o la Paz eran inseparables. Conrad Grebel, fundador mártir del movimiento de los Hermanos Suizos, el primer grupo anabaptista, señaló en 1524: “Los verdaderos cristianos no usan la espada terrenal ni toman parte en la guerra, pues entre ellos ha cesado por completo el arrebatamiento de vidas humanas (…) El evangelio, y todos los que lo aceptan, no han de protegerse con la espada, ni tampoco deberían protegerse a sí mismos por estos medios”. El líder huterita Peter Riedemann declaró en 1545: “Cristo, el príncipe de la Paz, ha establecido Su Reino, esto es, Su Iglesia, y la ha comprado con Su sangre. En este reino toda la guerra terrenal ha terminado. Por tanto, un Cristiano no toma parte en la guerra ni empuña la espada para vengarse”.

 

Harold S. Bender, el gran estudioso menonita, escribió que “En este principio de no resistencia o pacifismo bíblico (…) los anabaptistas volvieron a ser los líderes creativos, muy a la vanguardia de su época”. También nos recuerda que “mantuvieron este principio en unos tiempos en que tanto la iglesia católica como la protestante no sólo apoyaban la guerra como un instrumento de la política estatal, sino que la empleaban en los conflictos religiosos”. Una respuesta radical al evangelio cristiano les llevó a esas posturas; a una respuesta radical a la conciencia que les llevó a hablar y escribir más allá de sus creencias, sabiendo que pagarían caro por ello. Y su testimonio, a menudo marcado por el encarcelamiento, la condena y la muerte, llevó a otros a reclamar libertad de conciencia para los herejes y ateos por igual. Así que un siglo más tarde, el Dr. John Clarke, fundador de la colonia baptista de Rhode Island, el único de los trece fundadores originales que trató de alcanzar esa libertad radical, escribió: “Ningún creyente o siervo de Jesucristo tiene libertad, y mucho menos la Autoridad, de su Señor, para castigar a su consiervo, tampoco con la fuerza externa, ni las armas carnales, para forzar o refrenar su Conciencia, ni a su hombre externo por el bien de la Conciencia”.

 

En una sociedad en la que los recursos tradicionales de la iglesia y la comunidad parecen cada vez más incapaces de difundir una identidad religiosa básica, comprometámonos a una renovación de la conciencia entre una nueva generación de jóvenes que no tienen claro su significado, y entre una generación mayor cuyos recuerdos están oscurecidos por el cinismo, la complicidad o el agotamiento.

 

Con una renovación de la conciencia surge la posibilidad, en realidad la probabilidad, de la disidencia. Las convicciones interiorizadas pueden tener consecuencias públicas. Una vez más, nuestros antepasados llegaron ahí antes que nosotros. El vínculo entre la conciencia y la disidencia salta de las páginas del Diario de John Woolman, entre los años 1757 y 1758, cuando decidió no pagar impuestos destinados a las guerras contra los nativos americanos. Woolman escribió: “Negarme al pago activo de un impuesto que nuestra Sociedad ha pagado de forma general fue sumamente ingrato; pero hacer lo contrario a mi conciencia me parecía aún más horrible”. Por tanto, llegó a la conclusión de que aunque otras personas, “movidas por la rectitud”, “pagaran dichos impuestos”, su ejemplo era una “razón insuficiente para proceder de la misma manera”. Y concluía: “Creo que el espíritu de la verdad me exige, como individuo, que sufra pacientemente el embargo de los bienes, en vez de pagar activamente”. Woolman reconocía que la no violencia era una posición difícil, probablemente minoritaria, que requiere el cultivo de fuentes específicamente espirituales. Escribió: “Se requiere de una gran abnegación y resignación de nosotros mismos ante Dios para lograr ese estado en el que podemos dejar abiertamente de luchar cuando nos vemos invadidos injustamente, si por nuestra lucha hubiera una probabilidad de vencer a los invasores. Quienquiera que lo alcanza como es debido, percibe en alguna medida ese espíritu en el que el Redentor dio su vida por nosotros. (…)” (The Journal of John Woolman, 75, 77). 

 

Para Woolman, la disidencia representaba “una objeción de principios” de los retos culturales a la conciencia, una señal externa y visible de que las personas no “fingían los remordimientos de la conciencia”. La disidencia del pasado y la de nuestros días puede ser de muchas formas: la participación en manifestaciones públicas, cartas a los funcionarios públicos, ensayos, artículos y libros. Algunas veces la disidencia es muy abierta, con consecuencias políticas y económicas. Otras veces son respuestas más silenciosas pero firmes. Mi ejemplo favorito de este tipo de disidencia es la respuesta de las mujeres esclavas que tras su manumisión recordaban sus días de cocineras en “la trena”: “Cuántas veces escupí en las galletas y oriné en el café (…)” (Leon Litwack, Been in the Storm so Long: the Aftermath of Slavery, pág. 159). 

 

En medio de la Guerra Fría, el monje Thomas Merton produjo una asombrosa literatura de disidencia desde el interior de los muros de clausura de la abadía trapense de Getsemaní en el Kentucky rural, escribiendo estas directas y conmovedoras palabras en el libro Semillas de contemplación, publicado en 1961: 

 

“En la raíz de toda guerra está el miedo: no tanto el miedo que los hombres se tienen mutuamente, sino el miedo que le tienen a todo. No es simplemente que no confíen el uno en el otro: no se fían ni de sí mismos. Si no están seguros de que alguien no va a volverse contra ellos para matarlos, lo están todavía menos de que ellos mismos no se volverán contra sí para matarse. No pueden confiar en nadie, porque han dejado de creer en Dios”. (Thomas Merton Reader, pág. 276). 

 

Merton observaba: “Cuando rezo por la paz, no rezo sólo para que los enemigos de mi propio país dejen de querer la guerra, sino sobre todo para que mi propio país deje de hacer cosas que hagan inevitable la guerra”. Señalaba: “Soy plenamente consciente de que esto parece completamente sentimental, arcaico, y en discordancia con la era de la ciencia. Pero quisiera decir que el pensamiento pseudocientífico en la política y la sociología ha ofrecido hasta ahora mucho menos que esto”. (Merton Reader, pág. 281.) Thomas Merton escribía esto hace medio siglo. Continúa siendo una voz profunda de la disidencia. 

 

Entonces y ahora la disidencia a favor de la paz es una postura minoritaria. Es un “testimonio” fruto de la conciencia y de una valiente esperanza. Y quizás haya arraigado, al menos según el nuevo libro de Steven Pinker, The Better Angels of Our Nature: Why Violence Has Declined. Su hipótesis, y cito la reseña de Peter Singer en The New York Times, “es que nuestra era es menos violenta, menos cruel y más pacífica que cualquier periodo anterior de la existencia humana” con el descenso de la violencia familiar, entre vecinos, tribal y nacional. Acabo de encargar el libro, ya que la reseña dice que “para cualquiera que esté interesado en comprender la naturaleza humana, el libro es apasionante”. (Peter Singer, “Kinder and Gentler”, The New York Times Review of Books, 9 de octubre de 2011). Parece ser que los motivos tienen más que ver con la civilización, los límites del gobierno y la razón que con la religión, pero volveremos a eso. 

 

No obstante, sigue siendo esencial una voz minoritaria. Eso llegó a mi casa no hace mucho en forma de profético documento, escrito hace unos años por la reverenda Maria Bonafede, moderadora de la Tavola Valdense, una comunidad de iglesias valdenses en Italia. Titulado La responsabilidad de una minoría (2008), el documento expresaba una enérgica oposición a los intentos del gobierno italiano de tomar las huellas dactilares a 80.000 niños rumanos gitanos, un equivocado intento de responder al crimen, y a los sentimientos contra los inmigrantes y los gitanos en Italia contemporánea. La reverenda Bonafede ofrece esta poderosa explicación de su oposición a esta práctica, unas palabras que capturan con brillantez la razón por la cual necesitamos renovar la conciencia y la disidencia en un globalismo cada vez más expansivo. Escribe Bonafede:

 

“Hay momentos durante los cuales la responsabilidad de afirmar enérgicamente los principios fundamentales de la sociedad civil recae sobre los hombros de las pequeñas minorías. Es el deber de estas minorías intervenir, porque conocen de primera mano el dolor causado por los prejuicios y por la persecución infligida por la mayoría, una mayoría que con demasiada frecuencia está mal informada, distraída, confusa o manipulada y por tanto no es capaz de frenar los episodios de odio, discriminación y violencia contra cualquiera que resulte ser diferente. Hoy ha sido el turno de los niños gitanos (…) Como valdenses y metodistas, nos consideramos una minoría que sobre el tema de los derechos civiles tiene algo importante que decir. Hablamos, por tanto, con toda la fortaleza y la convicción de que disponemos. No podemos seguir callados en este momento en que nuestra responsabilidad espiritual, ética y civil nos exige alzar la voz”.

 

A veces la vida y la gracia nos llevan por caminos que nos trasladan desde nuestras circunstancias individuales a una identidad global o comunitaria más amplia, donde vamos más allá de nosotros mismos para dedicarnos a tareas y llamamientos más elevados. En el Sermón de la Montaña, Jesús despoja de nombre a todos, para renombrar a aquellos que deciden participar en lo que parece un intento audaz e imprudente, y de por vida, de extender la gracia transformadora de Dios en el mundo. Son designaciones llenas de vulnerabilidad y al mismo tiempo de coraje. ¿Llegará el día en que alguna de estas descripciones se impriman en nuestras señas de identidad para importantes o pequeñas ocasiones? 

 

Pobre de espíritu

Manso

Misericordioso

Puro de corazón

Perseguido por causa de la justicia

Pacificador

 

¿Pacificador? En estos tiempos, ése parece estar entre los títulos más imposibles de todos. Sin embargo a veces tropezamos con ellos, saboreando un poco las inimaginables posibilidades que representan. En 2006 me uní a dos colegas de la facultad y a trece estudiantes de la Universidad de Wake Forest para un proyecto de aprendizaje-servicio en el Delta del Mekong, en Vietnam, ayudando a construir una escuela de dos aulas en una comunidad aislada en el campo. Cada día dejábamos el hotel, cruzábamos el ancho Mekong en un ferry y llegábamos a la aldea, tan alejada que los profesores tenían que recogernos en motocicletas para recorrer los últimos kilómetros. Trabajé durante días con los profesores, los alumnos y vecinos pintando, plantando y demás, preparando las instalaciones para una nueva generación de estudiantes vietnamitas. Nuestros anfitriones, un matrimonio de funcionarios civiles de la comunidad, nos preparaban cada día el almuerzo, y nos extendían las hamacas para las siestas por la tarde en su espaciosa casa de suelo de tierra y techo de paja. En una pared había viejas fotos de la pareja de jóvenes, sosteniendo rifles, y vestidos con el uniforme, parecido a un pijama, del Viet Cong. Ambos eran combatientes en lo que los vietnamitas llaman la “Guerra Americana.”

 

Cuando el trabajo acabó y la escuela fue inaugurada, nuestro grupo de Wake Forest partió de la aldea entre abrazos y lágrimas tras una breve pero increíblemente profunda experiencia. Un año más tarde, una de las colegas de la facultad regresó al lugar y descubrió que, aunque la escuela estaba intacta, gran parte de la aldea había sido devastada por un tifón que golpeó la zona. La casa donde almorzábamos y echábamos la siesta había desaparecido, y sólo quedaban las vigas de madera y los marcos de la puerta, a la espera del proyecto de reconstrucción. 

 

También descubrió que, después de nuestro regreso a casa, nuestros anfitriones, del antiguo Viet Cong, habían tallado nuestros nombres en los marcos de la entrada de lo que había sido y volvería a ser su hogar. Y por un luminoso instante, quizás, un grupo de americanos demasiado privilegiados comprendió algo de la inesperada cortesía del título “Pacificador”, tallado casi literalmente en el dintel de una puerta en una comunidad en el Delta del Mekong. ¿Erradicarán estos momentos de detenimiento, pero peculiarmente sobrecogedores, décadas de conflicto geopolítico e ideológico en Vietnam, Irak, Afganistán, Darfur o Washington? No, desde luego que no. Las escuelas de dos aulas y los nombres en los marcos de las puertas del Viet Cong no van a transformar por ahora las complejas luchas globales. No, títulos como manso, misericordioso, puro de corazón y pacificador continúan sin prevalecer en el mundo. No todavía, en cualquier caso. Siempre hay esperanza.

 

[Nota de la traductora: “It’s just war”, en el original. La expresión tiene un doble sentido: “Es una guerra justa” y “Es ‘solo’ la guerra”].

 

 

 

Bill J. Leonard es profesor de Historia de la Iglesia y Estudios Baptistas en la Universidad de Wake Forest, en Carolina del Norte, responsable de la cátedra James and Marilyn Dunn de Estudios Baptistas de la School of Divinity. Este texto fue leído en “Conferencia por el Príncipe de la Paz” en la Iglesia Metodista Unida en la Universidad de Guilford, en Greensboro (Carolina del Norte), el 22 de octubre de 2011

 

 

Traducción: Verónica Puertollano

 

 

English version

 

 


Autor: Bill Leonard