La guinda de la Huerta

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Los grandes vientos atlánticos entran en Europa por Cádiz, Galicia y Lisboa. Los que arriban a la capital de España son de procedencia portuguesa. Entrando en Madrid por la autovía de Extremadura, puede divisarse la cornisa moruna de la Villa en todo lo alto. San Francisco el Grande, el Viaducto, la Almudena y el Palacio Real, ejercen de gran Acrópolis para los vientos que vienen rastreando sobre las copas de los pinos de la Casa de Campo. Una vez que superan las azoteas de Palacio, se lanzan de frente a la ciudad, arrastrando consigo todo lo que encuentran a su paso.

 

La Huerta del Retiro se encuentra en la sexta planta del edificio más alto del cerro que flanquea la plaza de Oriente. No es de extrañar pues, que los vientos atlánticos se regodeen contra estos primeros muros urbanos que encuentran a su paso. Podría decirse -figuradamente- que esta Quinta de Santiago, y sus respectivos jardines de retiro, constituyan el Finisterre madrileño.

 

En una mancebía de vientos y de hombres, el anemómetro es tan importante como un embudo en una bodega. El anemómetro de la Huerta del Retiro es de hierro, y sus 4 medias esferas abiertas, pivotan dentro del cuerpo de un caballito negro. Vino desde Sevilla, no cabalgando ciertamente, sino entre los regalos que unos buenos amigos le trajeron a Faba, al poco de mudarse a esta vivienda.

 

El caballito anemómetro -aunque no esté vivo- relincha a su manera, cuando lo atraviesa el viento. En la alta madrugada de las letras y los cuerpos, puede oírsele rumiar su ta-ca-tá-ta-ca-tá… quejumbroso; en tardes de diciembre, cuando el viento se agudiza hasta tornarse cristal de hielo volante, el anemómetro se queja con un ti-rí-ti-rí-ti-rí-ti… propio del que está punto de helarse; y en tardes ciclónicas de agosto, los huracanes provocados por el viento sahariano que viene de África, el anemómetro se vuelve loco como un cencerro, y exclama: to-loc- to-loc-to-loc

 

Aunque como el anemómetro tiene más de 15 años, cada vez suena menos. Les falta aceite a sus goznes mojados por la lluvia, y resecados por largos soles de justicia veraniegos. Incluso se retira dentro del Retiro, y no se sabe dónde encontrarlo. Ahora mismo, no podría Faba afirmar con certeza, donde se encuentra.

 

Lo que ocurre es que este caballito de hierro lleva siendo la guinda de la Huerta mucho tiempo. Aparece en muchas de las fotografías al aire libre del Retiro, siempre coronando, rematando, o encumbrando cualquier cosa alta, ya sean nubes, cabezas o plantas. Nunca un artefacto ferruginoso ha podido ser más ligero, cantarino y volante. Debe ser que el caballito anemómetro de la Huerta del Retiro tiene alma de pájaro.