La historia de decir adiós a un miembro de mi kibbutz, Ein-Hashofet

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Fui a despedirme de uno de mis mejores amigos del kibbutz. Él era un kibbutznik de 24 años de edad que estuvo en una de las mejores unidades de las Fuerzas Armadas israelíes, donde sirvió durante más de 36 meses. En Israel todos los jóvenes están obligados por ley a permanecer tres años en el ejército, cuatro si se forman parte de una de las unidades especiales, o si optan por un año extra como voluntarios. La élite está formada por tres grupos que componen las Fuerzas Especiales del Ejercito israelí:

 

—Sayeret Matkal: Una unidad de inteligencia que realiza misiones de rescate en el extranjero. Normalmente son los encargados de entrar en las ciudades y capturar a terroristas en sus casas. Subordinada a la Military Intelligence Directorate (Aman).

 

—Shayetet: Unidad marítima equivalente Navy SEALS. También realiza operaciones de rescate. Es parte de la armada israelí.

 

—Shaldag: Comando de la Fuerza Aérea de Israel especializada en control aéreo avanzado.

 

Él fue soldado en una de ellas.

 

Le había mandado un mensaje de texto diciéndole que me iba al día siguiente a Jenin, al Teatro de la Libertad fundado por Juliano Mer, Área A en Palestina, y que me gustaría despedirme de él.

 

Por alguna extraña razón nos habíamos distanciado en las últimas semanas.

 

Cuando llegué a su casa del kibbutz estaba fuera del porche con su aspecto atlético, en cuclillas, acariciando la arista de una tabla de madera, como si fuese la cadera de una mujer a la que amase. Le encantaba la carpintería, hacer muebles, esculpirla. Supongo que era parte de su sensibilidad como artista. Me miró con sus ojos verdes y sonrió. La puerta de su apartamento estaba abierta. Desde el exterior se podía oler el café árabe que estaba preparando. Entró en su habitación para servirlo. Yo me quedé afuera: sintiendo su ausencia.

 

Me senté en la mesa de su hall, había restos de cigarros y de shisha por las esquinas. Trajo dos tazas de porcelana, blancas y alargadas, un platito y una cacerola donde reposaba el café.

 

—Hay que esperar unos cinco minutos a que esté listo, me comentó.

 

Siempre lo definiría como el chico perfecto. El protagonista tierno de película romántica que quieres presentar a tu madre. Tenía una exactitud casi matemática, planeaba al milímetro cada una de sus acciones. Justo al contrario que yo. Mis preparativos consistían en lanzarme a la carretera, hacer auto-stop y entrevistar a la gente que me encontraba por el camino y que, casualidades del destino, eran bastante interesantes, gracias a Dios.

 

Estábamos sentados en un banco con cojines. Cada uno en una esquina, como si fuésemos un matrimonio enfadado. Aunque nunca habíamos discutido. Noté que algo fallaba. Ya lo había notado hace unos días. Él me dijo que simplemente había acabado su servicio militar, que necesitaba tiempo para aclarar qué iba a hacer de su vida. Supe que en parte era una excusa. Pero así son los israelíes. Como cactus: fríos por fuera y dulces por dentro. Les costaba expresar sus sentimientos.

 

—¿Te vuelves a España?

 

—Me voy una semana a trabajar a Jenin, Palestina. Al teatro de Juliano Mer, Freedom Theatre.

 

Miraba al frente como si la conversación no le interesara demasiado.

 

—¿Contenta?

 

—Sí, bueno. Tengo un poco de miedo, la verdad

 

—¿Por qué?

 

—Porque a Juliano Mer lo mataron. Él era judío y palestino. Hijo de Arna Mer, una activista judía, y de Salima Khamis, escritor palestino de Nazaret.

 

—Sí, pero tú no eres judía ni palestina. Eres española.

 

Tomó un sorbo de café y volvió a poner sus ojos en el horizonte, con mirada cristalina. Sentía su distancia, como si quisiera decirme algo, pero lo estuviera conteniendo en el fondo del estómago. No sabía cómo continuar la conversación. Los dos bailábamos al ritmo de palabras vacías, diplomáticas, disfrazando una realidad que resultaba incómoda y triste. Tenía ganas de llorar pero seguí hablando, pretendiendo que no pasaba nada.

 

—Tengo que decirte una cosa, me espetó mientras cogía su taza con la mano en tensión.

 

—Te escucho.

 

—Al principio estaba muy contento de conocerte. Me encantaba hablar contigo de mi cultura, de mis clases de árabe, de mi visión de izquierda… Pero ahora me doy cuenta de que no eres simplemente una de mis amigas, sino de que estoy hablando con una periodista.

 

—¿Cuál es la diferencia?

 

—Por ejemplo, el otro día cuando fuimos a tomar un café a Haifa te presenté a uno de mis amigos de mi unidad. Estuvisteis hablando de política, tu tema favorito. Él te dijo que tenía miedo de ir a Ramallah, en Palestina, porque si entraba igual lo mataban.

 

—Aham…, murmuré. Notaba la tensión en su voz.

 

—Tú le respondiste que no había nada que temer, que era miedo heredado. Tú no le entiendes porque no eres israelí. Eres una periodista española, y para ti es muy fácil. Para nosotros es distinto. No sé, me da la sensación de que vienes aquí a juzgar a mi gente, y creo que sólo llevas seis meses. No tienes el suficiente conocimiento para hacerlo. No eres de aquí. Sería distinto si yo, u otra persona que ha nacido en mi país, escribiera. Pero ese no es tu caso.

 

Es verdad que llevaba sólo seis meses viviendo en Israel. También es verdad que es imposible que los periodistas vivamos para siempre en todos los lugares que visitamos. Hay cronistas que van a una guerra tres semanas, un mes, o incluso menos, y no por eso sus crónicas pierden valor. Mi situación en Israel y Palestina se estaba convirtiendo en un conflicto personal. Lo profesional había pasado al plano íntimo, y las relaciones con la gente de mi kibbutz no giraban en torno a mi persona, sino a mi manera de expresarme. Sentía coartada mi libertad de expresión, miedo de hablar libremente por temor a suscitar rechazo.

 

—¿Has leído algunas vez mis artículos? Porque no sólo escribo yo, sino que hay gente de este kibbutz que cuenta su experiencia. Esa era la idea del blog: Fabricar historias, huir de las viejas crónicas periodísticas y crear un espacio donde los entrevistados fuesen a la vez autores.

 

—No, lo siento. No lo he leído. La verdad, no creo que lo haga. Como ya te he dicho, prefiero material de alguien que se haya criado en este país. Además, repito que no quiero volver a hablar de Palestina ni de política contigo.

 

—¿Por qué no me has dicho esto antes? ¿Por qué has esperado hasta el último día?

 

—Porque yo soy así. Me trago mis sentimientos. Tú prefieres hablarlo en el momento, y yo esperar a que se me pase el enfado. Somos distintos. ¿Acaso no puedes apreciar la belleza de ser diferentes? ¿Es que todo ha de hacerse a tu modo, en el momento?

 

—Lo siento, respondí. Pero es que pensaba que si lo hubiésemos hablado antes podía haber corregido o cambiado mi forma de ser.

 

—No me digas que lo sientes. No puedes sentir ser cómo eres. Eres así y punto. Pero no intentes cambiarme a mí. Igual que yo no intento cambiarte a ti.

 

Lo llamaron por teléfono y respondió eh hebreo. Yo seguía bebiendo el café, pretendiendo que no pasaba nada. Como si fuésemos dos amigos despidiéndonos, diciéndonos: «Cómo me alegro de haberte conocido». Colgó el teléfono.

 

—Tengo que ir a Haifa a recoger mi guitarra, dijo sonriendo.

 

Los chicos kibbutznik tenían una dulzura que nunca había conocido antes. Se habían criado en una burbuja perfecta donde no habían visto la pobreza, ni las crueldades humanas. Eran corazones puros.

 

La conversación se acabó. Sabía que no lo volvería a ver, y que no me volvería a escribir. Así son los israelíes. Cuando toman una decisión la ejecutaban hasta el final, sin importarles nada. Él había decidido borrarme. Por motivos que no entendía. Pero ese era su modo de ser: tajante.

 

Nos despedimos con un abrazo agridulce. Yo con un agujero en el estómago. No sabía si romper a llorar o vomitar. Lo consideraba mi amigo y me estaba rechazando por mi manera de pensar, de actuar, de ser como era. Pero así es la vida. A veces te encuentras gente en tu camino que piensas que no vas  a volver a ver y vuelven a aparecer en el momento menos pensado. A veces encuentras a personas que piensas que estarás en contacto con ellas para siempre, y se esfuman como fantasmas. Nunca sabes qué pasará. Supongo que es parte de su belleza, parte de sus aventuras. Descubrir lo inimaginable.

 

Volví a mi diminuto cuarto de voluntaria. Era mi último día en el kibbutz. No tenía ganas de despedirme ni de los voluntarios, de aquellos con los que había compartido mi tiempo, aquellos que habían sido mi familia. Mi trabajo se estaba mezclando con mi vida personal. No era simplemente una periodista que observaba y escribía, sino parte de la comunidad. Para lo bueno y para lo malo.

 

Cerré los ojos. Pensé que en dos días estaría en el campo de refugiados de Jenin, en el Teatro de la Libertad, haciendo talleres de escritura creativa con mi amigo Tahseen.

 

Estaba triste.

 

Era hermoso estar triste porque significaba que mis sentimientos, aquello que nos hace humanos, estaban vivos. Que Israel, Palestina, y mi experiencia en esos lugares me había tocado dentro. Mi vida no estaba vacía, sino llena de vida. Y eso es parte de sentir al 400%. Aunque a veces sientas un 400% de tristeza. Tristeza que te mantiene vivo. Con pulmones llenos de aire como trompetas infladas, listas para descargar su fuerza al mundo, vaciándose con palabras.

 

Estaba exhausta. Cerré los ojos. Me quedé dormida con el ruido del ventilador en medio del calor abrasador del verano en Ein-Hashofet.

 

Me sentí afortunada por vivir las experiencias que llevaría conmigo. Algunas tristes, otras alegres… Pero todas ellas tenían algo en común: Habían sido vividas al 400%.

 

Me sentí afortunada de apreciar el sabor de boca de decir adiós y el sentimiento de tristeza que me produjo, como un vino amargo de cosecha vieja. Al fin y al cabo ésta es otra historia de tantas. La historia de decir adiós a alguien que sabes que no vas a volver a ver. Triste, y la vez bella porque es triste. Hermosa paradoja.