La importancia de llamarse Antonio

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San Antonio predicando a los peces. 1646. Óleo sobre lienzo, 249 x 165 cm. Obra de Juan Carreño de Miranda

Dentro de la poca originalidad que tiene llamarse Antonio, un nombre la mar de común, existe un día al año en que mucha gente se acuerda de casi setecientos mil españoles. En un mundo que busca lo singular y romper más que nunca con la tradición; en un mundo, por otro parte, tan desacralizado que dice no celebrar ya los santos, resulta sorprendente que el 13 de junio, día de San Antonio de Padua, goce aún de cierta popularidad.

De San Antonio de Padua, aquel santo portugués del siglo XII, cuentan que predicaba a los pececillos en la orilla del mar, puesto que nadie o muy poca gente en la ciudad italiana de Rímini quería escuchar sus palabras. Su verdadero nombre era Fernando de Bulloes y Taveira de Azevedo y se lo cambió cuando se hizo franciscano en honor a San Antonio Abad, un santo del siglo IV que renunció a sus bienes por una vida eremita.

A pesar de que Antonio es el primero en la lista de nombres varones en España, según las estadísticas del INE del año 2021, en nuestros tiempos llamarse con un nombre común no tiene nada de especial; en todo caso posee para los padres un valor sentimental y si se lo ponen a sus hijos mucho me temo que no será en honor al santo de Padua, sino por no querer olvidar el nombre de un padre o de un abuelo al que se le quiso mucho. De todos modos, muchos padres jóvenes del siglo XXI prefieren nombres más llamativos para sus hijos, les gusta jugar con el lenguaje y la promiscuidad de los idiomas para marcar diferencia, para gamberrear con la tradición. No se busca tanto la vinculación a la historia de un nombre, sino la sonoridad.

Pero como todavía los comunes seguimos tan repartidos por todo el orbe, poblamos los recuerdos de mucha gente. Todos los treces de junio me encuentro con gente a la que no conozco mucho pero que me felicita con entusiasmo, y enseguida me cuentan que tienen o tenían un padre, un hermano, un abuelo, un primo, un exnovio que se llamaban como yo. Se han acordado de mí porque antes se han acordado de todos ellos.

Tampoco yo me libro de los recuerdos. El trece de junio era una segunda fiesta de cumpleaños. Lo celebrábamos en casa de mi abuelo materno, que se llamaba Antonio y yo me llamo así por él, y él se llamaba así por su abuelo paterno, y aquel recibió el nombre de su abuelo materno, hasta que la genealogía se pierde en la noche de los tiempos y en la letra ilegible de los sacerdotes en los libros de bautismos de siglos pasados. Recuerdo que en uno de aquellos santos me regalaron mi primera cuchilla de afeitar y no pude sentirme más adulto.

Pero es hoy y no entonces cuando siento el verdadero peso de la adultez. En estos nuevos treces de junio, en esta vida deprisa en que se lucha por no perder las pequeñas ilusiones, lo que se anhela no es tanto una maquinilla de afeitar vintage de doble filo, sino que alguien tenga la finura de acordarse de tu santo en un mundo que ya no suele rezar a San Antonio de Padua si se te pierden las llaves o el móvil. Porque como diría el eslovaco Lawrence Lovasik, “para una persona, su nombre es el sonido más importante del idioma”. Sea común, sea singular.

Ayer, cuando caía la noche, reservé una pista para jugar al pádel y el conserje me preguntó mi nombre. Mientras lo escribía en una libreta, alzó los ojos y me dijo: “Felicidades, por cierto”. ¿Cómo sabría que era el día de los Antonios? A lo mejor su padre, quizá su hermano, acaso su abuelo… Parece mentira que a veces nombres tan comunes tengan la capacidad de convocar, albergar y representar a tanta gente distinta. Y es que a pesar de todo, el mundo de momento sigue lleno de Pacos, Juanes, Marías y Anas. Al menos por un día, los comunes gozan un poco al lucir un nombre desapercibo que sin embargo nombra a tantos seres queridos. La importancia hoy de llamarse Antonio.

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