La incertidumbre de lo digital

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No soy muy amigo de adivinos y profetas. El futuro me parece inescrutable a corto y a medio plazo, y no digamos ya si el plazo que ponemos es a más de diez años. Ciertamente hay leyes y hay ciclos tanto en la naturaleza como en el universo, pero más allá de eso, la predicción del futuro me resulta casi siempre una labor abocada al fracaso. El pronóstico del tiempo me inspira quizá algo más de confianza, aunque cada dos por tres me llevo un buen chasco. Ayer, sin ir más lejos, escuché por la radio, antes de salir de casa, que el día iba a ser maravilloso, y a media tarde se había cernido sobre la ciudad de Nueva York un tornado que en menos de diez minutos dejó un reguero de devastación y caos. Todavía en estos momentos se preguntan los meteorólogos de dónde vino y por qué ocurrió.

 

Claro que no todos los pronósticos son tan falibles, especialmente cuando tienen una base científica. Si el médico me hace un análisis de sangre y me dice que tengo una hepatitis, más me vale seguir el tratamiento que me da y, si la cosa se pone fea, ponerme a escribir cuanto antes el testamento. Y lo mismo podría decirse de cualquier pronóstico científico basado en datos mensurables o cuantitativos. El vuelo de Nueva York a Madrid sé que tardará aproximadamente siete horas, y si combino dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno, obtendré agua. Mi fe en la ciencia no creo que sea incompatible con mi desconfianza en los pronósticos a largo plazo, ni el rechazo que en general siento hacia todos aquellos que de manera agorera o alegremente optimista vaticinan lo que pasará en un futuro más o menos lejano.

 

Actualmente los adivinos no leen el futuro en las vísceras de los animales ni los profetas tienen hilo directo con un señor de barbas allá en el cielo, sino que se escudan en la ciencia, aunque muchos de ellos, por no decir la totalidad, suelan ser impostores o charlatanes. Para mí el adivino actual es un cantamañanas, mientras que el profeta de los nuevos tiempos es un agorero que con unos cuantos datos interpretados de manera muy sui generis nos amenaza con catástrofes ecológicas o con el fin de la civilización. El agorero me cansa. El cantamañanas, en cambio, me divierte algo más, porque, salvo contados casos, cree a pie juntillas en el advenimiento de un mundo feliz.

 

Uno de estos cantamañanas, listísimo él y muy divertido, se llama Chris Anderson y desde hace algún tiempo está haciendo mucho ruido con sus predicciones sobre el futuro de la información y la industria del papel impreso. Confieso que mucho de lo que dice me atrae sobremanera y querría que fuera verdad.

 

Su principal predicción, inquietante para todo aquel relacionado con el mundo de la cultura, es que cualquier producto susceptible de informatizarse y convertirse en digital (sea un libro, un periódico, una canción o una película) no tiene otro destino que la gratuidad. Su razonamiento parece inapelable. La información “quiere” ser libre (“free” en inglés significa a la vez “libre” y “gratis”), como lo es el aire o los rayos del sol. Nadie hace negocio con el sol o con la atmosfera, al menos por el momento. Son recursos de dominio común. La información aspira a lo mismo: llegar al mayor número de personas de manera instantánea, sin barreras ni cortapisas, a la velocidad de la luz, como una iluminadora lluvia de electrones y fotones.

 

Si hasta ahora un libro o un periódico han costado dinero, es por el costo del papel y no tanto por el trabajo intelectual que ello comporta. Se paga por el libro físico, no por un poema; se paga por un producto hecho de átomos, no por un producto hecho de bits. Si los coches, por arte de birlibirloque, se hicieran mañana con bits y uno pudiera reproducir en un instante infinitos modelos de Ferrari o de Mercedes, todos esos coches, inevitablemente, serían gratis, por más que el diseño y el motor y el chasis hubieran representado un esfuerzo intelectual para los ingenieros.

 

Chris Anderson no cree que un periódico pueda sostenerse mediante micropagos y ni siquiera a través de la publicidad, pues el secreto de la publicidad es tener acceso a un espacio más o menos exclusivo accesible a un segmento significativo de la población, pero ¿qué hacemos cuando el espacio de la red es infinito y sin vallas que distingan ni jerarquicen? El lector de la red es un pajarillo que revolotea por muchos árboles y que en ninguno permanece el tiempo suficiente como para que la publicidad pueda tener un impacto considerable. Además, Google se está llevando todo el lote publicitario a través de un sistema en donde el cliente potencial se dirige directamente al producto y donde el anunciador sabe exactamente en todo momento quién compra y quién no.

 

¿Divisa Anderson alguna solución para la industria de la información? Sí, aunque no sé si será muy del gusto de Rupert Murdoch, por ejemplo. El periodista profesional, según Anderson, debe aceptar la competencia del amateur en las labores informativas. Y una vez aceptada esa realidad, quizá su única salida profesional sea enseñar al amateur a escribir mejor o supervisar lo que escribe, un poco como esos samuráis en la película de Kurosawa que tenían que ganarse el arroz adiestrando a los campesinos para defenderse de los bandidos… O, si se quiere, de esa nueva horda de bárbaros que escribe gratis en Wikipedia.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.