La infamia crónica o las consecuencias de una ONU demasiado imperialista

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Estos días en que las televisiones de medio mundo se ven inundadas de imágenes de las atrocidades cometidas por las fuerzas comandadas por el ex agente soviético Vladimir Putin,  es necesario recordar cómo hemos llegado a este punto. Y el asunto tiene que ver con el carácter marcadamente imperialista de la Organización de las Naciones Unidas, en cuya cabeza está el silencioso portugués don Antonio. Veamos: cualquiera que haga un rastreo histórico por el reciente pasado de Europa y de sus innumerables ganas de reclamar la centralidad universal se informará de que la apenas extinta Unión Soviética acabó mosqueada al finalizar la Segunda Guerra Mundial porque la potencia que emergió de ella adquirió su carta de naturaleza por sendas bombas que lanzó sobre el salvaje imperio nipón, un recurso que nunca sabremos si fue evitable. Y una de las consecuencias de aquel mosqueo soviético fue que la ONU se erigió sobre los cimientos de las iniquidades de aquella conflagración, consagrando con ello la rivalidad de dos bloques antagónicos en potencias que habían sido aliadas para desmantelar la salvaje maquinaria nazi. Quizá sea precisamente el alivio de este desmantelamiento lo que impidió que los países testigos prestaran atención a la facilidad con la que los adalides del comunismo soviético se aferraban al cargo, dando con ello la espalda a métodos más democráticos de acceso al poder.

Fue la rivalidad antes mencionada y el carácter vitalicio de los cargos comunistas los que propiciaron que en el mundo nacieran sucursales políticas del comunismo en otras partes del mundo y que la protección o los intentos de represión que los dos bandos ejercían sobre estas sucursales dieran carta de naturaleza a los episodios bélicos para dejar la marca del bando correspondiente a los países prohijados por los antedichos bloques, siempre con el aval explícito de la ONU, cuando no era su vergonzosa claudicación. Hemos de recordar que todos estos episodios bélicos llevaban la marca del imperialismo de la que hacían gala las potencias que, desde su constitución, reclamaron y ejercieron el derecho a veto, por el cual tanto los abusos cometidos y las nefastas consecuencias de los mismos y otros horrendos crímenes quedaban sin castigo, haciendo que la vida y el devenir histórico de muchos pueblos estuvieran marcados por la necesidad de las potencias de la ONU para ejercer los derechos que garantizaran su supervivencia. Y el argumento con el que, pasado el tiempo, argüían para hacer estas reclamaciones eran las potentes armas que crearon en la creencia de que les asistía el derecho  a producirlas y atesorarlas, pero en exclusiva, y desde que aquellas dos bombas atómicas fueron arrojadas sobre el país nipón.

Lo que se ha visto desde aquella fecha es la facilidad con las que las potencias de la ONU y sus acólitos causaron más de una masacre en los muchos países de todos los continentes, desde Nigeria hasta Chile, desde Corea hasta el Congo, centrando su acción maléfica en el mismo Congo, en Crimea, en Palestina, en Camboya, en Vietnam, en Afganistán, en Irak, en Siria, incluso en la desconocida Guinea Ecuatorial. Pero ha estado aconteciendo que, bajo la prerrogativa del derecho a veto otorgado por la ONU, todas estas acciones malvadas han tenido lugar con la más completa impunidad, ejercidas, además, bajo el miedo de que una mayor reclamación de una legalidad mínima sería ahogada con la amenaza del recurso de aquellas armas mortíferas, en un ejercicio de cinismo, desvergüenza y chantaje que la humanidad no debió haber aguantado jamás. En estas estábamos hasta que el ex agente de los servicios secretos soviéticos vio madurado su plan de resucitar las viejas glorias zaristas, cuando no las soviéticas, más cercanas. Y aquí estamos.

Sin ningún miramiento moral, y en repetidas ocasiones, el pequeño zar ha hecho valer su antiguo derecho a veto, y blandiendo la amenaza del recurso de las armas nucleares, ha impuesto el silencio para llevar a cabo su plan, cualesquiera sean las consecuencias. Pero el estado de cosas por las que las potencias imperiales reclamaban la sumisión del resto de la humanidad tiene que parar aquí. Todas las voces tienen que alzarse para decir el basta definitivo. Si esta reclamación de la humanidad implica el recurso recíproco de armas de cualquier tipo, está claro que esta humanidad, formada por mujeres y hombres de todas las latitudes, pareceres y sentires, está en peligro.  Si nadie hace nada y se deja que la historia siga su curso, amparándose en el miedo a una catástrofe y a la fuerza del derecho antes citado, también. La humanidad, con el recorrido histórico que nos ha traído hasta aquí, se ha merecido con creces cualquiera de los escenarios. Como no siempre quedan explicitadas algunas cosas para el común de los mortales, hemos de decir que una de las consecuencias del actual clima bélico, ocasionado por todo lo anteriormente dicho, es la disolución inmediata de la ONU y crear otra organización en la que ningún estado miembro tenga un derecho a veto, sustentado el mismo en la tenencia de armas de destrucción masiva. Eso sí, y ya lo dijimos, si la humanidad no puede vivir sin un grupo de países con capacidad de amenazar a todos con la destrucción total, entonces sí que merecemos ir todos al carajo de forma irremediable.

Barcelona, Zaragoza y Madrid, 10 de marzo de 2022

 

 

 

 

 

 

 

Juan Tomás Ávila Laurel. Es un joven y prolífico escritor, residente en Malabo, donde ejerce como técnico sanitario. Se ha convertido últimamente en un exitoso y asiduo conferenciante de numerosas universidades extranjeras. Ha representado a su país en importantes foros internacionales y ha sido conferenciante invitado en España, Reino Unido y Estados Unidos. Su obra se caracteriza por un compromiso crítico con la realidad social y politíca de su país y con las desigualdades económicas. Estas preocupaciones se traducen en una profunda conciencia histórica, sobre Guinea Ecuatorial en particular y sobe África en general. Tiene más de una docena de libros publicados y otros de inminente publicación, entre ellos las novelas y libros de relatos cortos La carga, El desmayo de Judas, Nadie tiene buena fama en este país y Cuentos crudos. Cuenta tambien con obras de tipo ensayístico, libros de poemas y obras de teatro.

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