La insólita historia de Belle Amy

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                    Irene Zoe

 

Escribía yo hace meses sobre la figura del trepa y lo ilustraba con el personaje concebido por Maupassant, ese Bel Ami cínico y desmedidamente ambicioso que alcanza las más altas cotas de poder y riqueza en la Francia del Segundo Imperio mediante la seducción, el engaño y una amoralidad sin límites. Si escribiera ahora sobre el mismo asunto no necesitaría ponerme a buscar ejemplos en la literatura francesa del siglo XIX. El caso de la escritora, cineasta, cantante, investigadora y no sé cuántas cosas más, Irene Zoe Alameda, nos ofrece un ejemplo clamoroso, en esta España de hoy, del trepa de casta. ¡Qué descoque el suyo! Muchos se escandalizarán por el grado de mendacidad y desvergüenza de la atractiva embaucadora y de su desahogado marido, pero a mí, a qué negarlo, su caso me produce fascinación y una curiosidad claramente malsana.

 

Bel Ami, el trepa de la novela de Maupassant, tenía problemas serios cuando se ponía a escribir y durante mucho tiempo fue su mujer la encargada de redactarle los artículos, pero aquí, en el caso Mulas-Alameda, parece no estar tan claro si los artículos de la ficticia «Amy Martin», pagados a más de 3,000 euros, los escribía el marido o los escribía la mujer. Conjeturo que los escribían los dos al alimón. Ella asegura haberlos escrito solita, y cuando se le dice que algunos temas se salen de su competencia, asegura, muy seria, que actualmente, con internet, basta un poco de desparpajo para escribir de cualquier tema. Quizá tenga razón.

 

Algunos la han llamado, con alguna sorna, mujer renacentista. Desde luego diversa y dispersa lo es en sus aficiones. Yo la he escuchado cantar en un vídeo colgado en Youtube y no desentona frente a tantas otras cantantes pop que se han hecho famosas en España. He visto luego dos cortometrajes suyos y tampoco desmerecen con respecto a la mediocridad general del mediocre cine español. No he tenido ocasión de leer nada suyo, salvo la carta exculpatoria que le manda a El Mundo, y ahí sí que queda en evidencia –además de cierto aturullamiento mental y moral- un empleo desmañado de la lengua, impropio de alguien al que le pagan entre dos y tres euros por palabra.

 

Daré solamente un botón de muestra. Irene Zoe escribe: “A lo largo de este último día la figura de Carlos Mulas Granados se ha visto vilipendiada de forma insólita e irracional, aplastada por una especie de enorme bola de furia que pone de manifiesto la sed de sacrificios de nuestra herida sociedad”. Pasaré por alto el desacierto en la elección de adjetivos y me centraré solamente en el uso “insólito e irracional” de los trastabillados clichés empleados por la escritora. No sé si es posible quedar aplastado por una “bola de furia”, pero decir que esa “bola” pone de manifiesto “la sed de sacrificios de nuestra herida sociedad” resulta chocante, cuando menos. La “herida sociedad” española puede sentir, a lo mejor, “sed de venganza”, pero será, seguramente, por todos los muchos “sacrificios” que tiene que hacer por culpa de los despilfarros y corruptelas de caraduras como Mulas y Alameda y no porque desee levantar una pira para hacer con tanto mangante una “bola de fuego”.

 

Irene Zoe no carece de otros talentos, sin embargo. Es lista y es guapa y ha demostrado, como Bel Ami, poseer una ambición ilimitada. No sé si este escándalo representará su final, aunque no lo creo. Auguro que la volveremos a ver muy pronto desempeñando otro papel y esta vez será un papel estelar. La ignominia jamás acaba con el trepa, como no acaba con un magnate la bancarrota o la suspensión de pagos. Habrá nuevos capítulos, no lo duden. Yo estoy expectante.

       Alameda

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.