La insoportable levedad del signo

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No se encontrarán dos gotas de agua exactamente iguales, como tampoco hay una sola palabra que signifique lo mismo, pese a que tanto en el universo como en las lenguas que hablamos todo sea repetición, réplica, aparente semejanza. Cada cosa es otra cosa y las palabras “fuente” “río” o “mar” se refractan en la mente de cada cual en un haz inacabable de fuentes, de ríos o de mares. No existe el significado unívoco. Cuando escucho la palabra “mujer” evoco cosas inevitablemente distintas a las del resto de mis congéneres, aunque si leo “mujeres” escrito en la puerta de un restaurante, o en cualquier otro lugar público, sé que me está vedada la entrada. El sentimiento que me pueda provocar una determinada palabra es independiente de mi conducta en un contexto particular. Al ver un semáforo en rojo freno y cuando se pone en verde vuelvo a apretar el acelerador. Las palabras “sí” y “no” operan en la lengua como el verde y el rojo de un semáforo, y lo mismo pasa con todo aquello que expresa gusto o disgusto, amor u odio, placer o dolor. El dolor no se puede compartir. Es personal e intransferible. Pero si me pinchan, digo “ay” en español y “ouch” en inglés. La ira de Aquiles no es mi ira, pero a veces me he sentido airado. El duelo de Andrómaca no es mi duelo, pero ¿alguien puede librarse del terrible dolor que causa la pérdida de un ser querido? La universalidad en literatura no está tanto en su poder de evocación, como en la capacidad que tiene un poema o una narración para apelar a los sentimientos básicos de la existencia. Escojo casi al azar este poema de Li Bai

 

Doradas nubes bañan la muralla.

Los negros cuervos graznan sobre sus nidos,

nidos en los que quisieran descansar.

En tanto, la joven esposa suspira, sola y triste,

sus manos abandonan el telar,

sus ojos están fijos en la azul cortina del cielo,

cortina que parece separarla del mundo,

como la leve niebla oscurece el río.

Está sola: el esposo viaja por países lejanos;

todas las noches está sola en su alcoba.

La soledad le oprime el corazón,

y sus lágrimas, como fina lluvia, caen en tierra.

 

Este poema, escrito hace más de mil doscientos años, es una versión muy libre respecto al original chino. Si se compara con una traducción hecha en inglés, apenas aparece un verso semejante:

 

In the twilight of yellow clouds

The crows seek their nests by the city wall.

The crows are flying home, cawing,

Cawing to one another in the tree-tops.

Lo, the maid of Chin-chuan at her loom

Weaving brocade, -for whom, I wonder?

She murmurs sofly to herself

Behind the blue mist of gauze curtain.

She stops her shuttle, and broods sadly,

Remembering him who is far away.

She must lie alone in her bower at night

And her tears fall like rain.

 

Su lectura me emociona por igual en las dos lenguas. En primer lugar, me atrae la descripción que se hace del atardecer, con esos grajos que graznan en las copas de los árboles junto a la muralla de la ciudad, en contraste con la soledad de la joven recién casada que hila en su alcoba. Sin poder remediarlo, la imagen de los primeros versos me transporta a algunas tardes veraniegas de mi infancia cuando escuchaba el piar ensordecedor de los pájaros al fondo del jardín, en el chalet de Collado, entre la frondosidad de los árboles. Esa evocación que hago es particular mía. Nadie la comparte de igual manera, aunque otros muchos tengan experiencias similares. Lo segundo que me llama la atención al leer el poema de Li Bai es el paralelismo existente entre esta joven sola y triste que hila en su casa y las cuitas que se leen en las cantigas de amigo, en la poesía trovadoresca y en tantos poemillas dedicados a la malmaridada y a la joven que aguarda la llegada del amado. Puede que sea un asunto universal en literatura, una especie de arquetipo, aunque supongo que la grandeza de este poema está en que cada uno de sus signos básicos (atardecer, grajos, arboleda, muralla, recién casada, rueca, marido ausente, soledad) se han dispuesto de tal manera dentro del poema que forman una imagen indeleble en el lector. Horacio lo dejo dicho: ut pictura poesis. El río de la vida fluye continuamente. Nada queda, nada permanece, salvo el curso que el cartógrafo va trazando en el mapa.

 

Y cada conjunto de signos es un mapa.

Y cada mapa reproduce un laberinto.

Y cada laberinto lleva a otro laberinto

que está acaso en uno mismo.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.