La isla de Block

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Cae la tormenta sobre la casa de madera en la punta norte de la isla de Block. Estoy solo y cierro todas las ventanas como si fuera a adentrarme en una galerna épica al doblar el Estrecho de Magallanes. Mantengo firme el rumbo y la casa gruñe, pero aguanta. Estoy a salvo. Afuera, sólo la lluvia y el bosque y el oceáno que he vuelto a nadar esta mañana después de mucho tiempo. De camino a la playa, sobre una bicicleta oxidada, he atravesado varios cuadros de Hopper. Un niño rubio vendía limonada a 50 céntimos el vaso a las puertas de su casa.

 

La isla de Block fue uno de los puestos privilegiados de vigilancia de los temidos submarinos nazis U-Boot durante la Segunda Guerra Mundial. La Marina estadounidense construyó inocentes casitas de veraneo para luego llenarlas de radares y artefactos con antenas y exiliados europeos superdotados que entendían cómo funcionaba toda esa chatarra. Los habitantes de la isla, más dados al whisky y al desguace de los barcos que hacían naufragar con falsas luces desde tierra adentro, decidieron seguir viviendo aquí a pesar de la advertencia oficial de que el lugar era indefendible en caso de ataque. Las guerras dejan mucha chatarra. Los nazis perdieron la guerra y el niño rubio vendía limonada y no hablaba alemán. Los genios europeos volvieron al nuevo continente y se casaron con chicas nativas y tuvieron hijos a los que ahora también llamamos ‘yankees’ o ‘gringos’ o ‘jodidos americanos’.

 

Antes de abordar el ferry que me trajo ayer a Block, me quedé dormido y sin camiseta en uno de los muelles de New London, arrullado por las bocinas de los barcos que entraban y salían del puerto donde el dramaturgo Eugene O’Neill pasó muchas tardes de su vida. Al despertar de la siesta, ligeramente quemado por el sol, un velero precioso llamado ‘Mystic Whaler’ –Ballenero Místico- cruzaba la foto. Yo seguía pensando en la que había armado ese chaval bajito y pálido de Fuentealbilla.

 

El caso es que a 7 millas náuticas noreste y 37 metros de profundidad de estas palabras duerme el último submarino nazi hundido en la guerra. Los 55 niños rubios que iban en el U-853 y sí hablaban alemán, duermen ahí abajo también. Las guerras las empiezan los viejos y las acaban niños cuando han acabado con todos o los suficientes niños del otro equipo. Y dejan chatarra. En un foro de internet, un submarinista dice tener en casa la tibia del capitán de la nave, Helmut Frömsdorf. Su tibia tenía 23 años en el momento que nos ocupa.

 

De repente, una extraña sirena empieza a sonar en la sala. Una lucecita roja parpadea en un artilugio gris sobre la mesa, una especie de centralita de hotel. Le doy al botón de ‘talk’ y mi jefe, Peter, me dice que el cocktail de antes de cenar me está esperando en la otra casa. Le digo que me ha pillado escribiendo sobre el submarino y que la llamada y el trago no podrían haber llegado en mejor momento. Profundidad y rumbo constantes, responde. Corto y cierro. Cruzo el jardín, abro la compuerta estanca y entro al camarote de oficiales. Peter y su familia me esperan con cuatro vasitos rojos (zumo de lima, zumo de fresa y vodka). El cocktail no tiene nombre. Ya lo tengo, les digo. La historia tiene estas cosas, que la isla conquistada a los indios por el navegante holandés Adriaen Block, vio nacer al cocktail Iniesta.