La jaula de oro de los premios literarios. Una obscenidad española

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Pocos días antes de que se anunciara quién la sucedería en la edición de 2020 del premio Biblioteca Breve, otorgado por la editorial Seix Barral, Elvira Sastre colgaba una fotografía en su cuenta de Instagram –más de 400.000 pares de ojos asomados a esa ventana– en la que mostraba las postales que recibió de sus editoras cuando Días sin ti salió publicada. En el sucinto comentario anexo a la imagen la escritora celebraba lo mucho aprendido en este último año, desde la concesión del galardón, en un tono que no esconde cierto intento de restañar el orgullo herido. Las críticas fueron unánimemente feroces y trajeron de vuelta un debate en absoluto nuevo. El libro de Sastre, más allá de los juicios a la calidad del texto, rompía con la ilusión de mérito y justicia exigibles a un premio, pecaba de traslucir demasiado obviamente que aquellas condecoraciones entregadas por editoriales, empresas privadas al cabo, podían tener por fin último (o único) la promoción del propio libro, el aumento de las ventas, el negocio.

Ilusión, digo, porque en realidad la sospecha de ese mecanismo y de esa razón de ser menos noble siempre han estado ahí: la denunciaron Miguel Delibes o Juan Marsé, aludiendo al premio Planeta (601.000 euros, el segundo más cuantioso tras el Nobel), y no los contradijo, sino que sustentó su tesis el recientemente fallecido cervantista, veterano jurado del mismo, Alberto Blecua. José Manuel Caballero Bonald, cientos de veces laureado, ha llegado a pronunciar que “los únicos premios no pactados de antemano son los modestos”.

¿Para qué sirve un premio, entonces?, ¿y por qué a pesar de la evidencia aceptamos concederles un crédito del cual pueden no ser acreedores?

Se hacía tarde, o tal vez lo parecía más de lo que era por el viento frío que se colaba por los resquicios de la cubierta del Wanda Metropolitano. Estaba sentado en la fila más alta, en uno de los asientos de un amigo abonado que, durante el descanso del partido del Atleti, entre mordisco y mordisco al bocadillo que tenía entre manos, me pidió que le recomendara libros. Es un lector exigente, pero entre las muchas horas que dedica al trabajo y que acaba de ser padre, dice, apenas tiene tiempo para sentarse a leer. Por eso, aduce, “no puede fallar escogiendo”. Últimamente, para elegir rebusca solo entre ganadores del Nobel y, cuando da con un nombre que despierta su interés, lee distintas sinopsis de obras suyas y descarga en su aparato electrónico aquella novela (lee casi exclusivamente narrativa o ensayo) que más le convence en el momento. Una toma de decisión –todo él en realidad– tan pragmática como parece. “¿Sabes?, cuando empecé a hacerlo creí que la mayor parte de ellos serían complejos, un tostón, pero me he dado cuenta de que, no sé si serán los mejores, pero son todos muy buenos, tanto que, siendo legibles para cualquiera, nos dejan dicho algo para cada uno, alguna reflexión que guardar y que nos acompañe”.

Oyéndole me percaté de lo que una distinción puede significar para un libro, para que alcance a leerlo la gente, ¿por qué cogemos uno u otro de los cientos que se nos ofrecen en las mesas de las librerías? También, claro, de la traición a la confianza que supone encajar en la misma categoría premios privados y reconocimientos públicos o de instituciones otorgados a autores ya publicados en celebración bien de sus carreras bien del acierto o genialidad de un título concreto.

Acudo para explicar esto a las palabras, mejores que las mías, del crítico Ignacio Echevarría, en respuesta a varias de mis preguntas:

—Dijo de Días sin ti que recibía un “fraudulento marchamo de calidad literaria”. ¿Para qué sirven los premios literarios hoy?

—Los premios literarios concedidos por editoriales son básicamente un producto del franquismo: una alternativa del sistema editorial a los circuitos de reconocimiento y consagración de la cultura oficial. Tal fue el significado de un premio como el Nadal, instituido en 1944. En la actualidad, sin embargo, los premios literarios comerciales son, salvo contadísimas excepciones, plataformas de lanzamiento y promoción, que se aprovechan de la gratuita y cínica connivencia de la prensa cultural, de los escritores mismos y de sus representantes para potenciar el crédito y la visibilidad de determinados títulos y autores, cuya distinción casi siempre es pactada de antemano.

—Señalaba también que estos premios de editoriales suponen una anomalía, un rasgo “peculiar y nocivo” del sistema literario en español. ¿En qué y cómo se diferencia de lo que ocurre en otros lugares?

—En efecto, los premios literarios comerciales son una singularidad del sistema literario español, convertida hoy en una extravagancia. Los intentos de exportarlos desde España a Latinoamérica –caso del Planeta en Argentina– han solido fracasar. Y es que, sin el precedente justificativo de una cultura de resistencia, el hecho de que una empresa editorial instituya un galardón que ella misma convoca, enjuicia y comercializa, obteniendo beneficios de ello, es algo que, si se considera a la distancia y fríamente, resulta escandaloso, por cuanto no hay que ser muy suspicaz para entrever las muchas vías de manipulación de los resultados que se le ofrecen al editor en cuestión, aun si el jurado ejercita su voto sin presión de ninguna clase. Sabido es que los jurados sólo leen una sumarísima selección de los originales presentados. Basta con seleccionar tendenciosamente éstos para predeterminar, con un amplio margen de acierto, el resultado de la votación. En Reino Unido, en Francia o en Alemania una práctica de este tipo resultaría exótica y truculenta. Pero en España se ha instituido como una forma ya no tanto de descubrir y promocionar autores como de fidelizarlos o de robárselos a otros sellos, sirviéndose de adelantos más suculentos de los ordinarios y de la resonancia que los premios obtienen. La consecuencia es la distorsión de los méritos reales de no pocos libros y escritores, y una desdichada interferencia en los mecanismos más fiables de consagración literaria (la aceptación no mediada de la crítica y del público). Hay reputaciones absurdamente infladas por la disposición de determinados autores y de sus agentes a acaparar sin vergüenza estos galardones, itinerando de uno a otro.

—¿Por qué participan de la dinámica escritores reputados? ¿Es de veras imposible abstraerse, o fatal para sus carreras?

—Imposible no es, en absoluto. Ni desde luego sería fatal para sus carreras abstenerse. Ocurre simplemente que las relaciones de amistad o de simpatía establecen compromisos a los que uno se pliega sin demasiados escrúpulos, y por otro lado se trata de una práctica tan común, tan extendida, que a muchos se les antoja inocua, sin plantearse siquiera que sea cuestionable desde ningún punto de vista, menos que ninguno el de la moral. Es toda una red de connivencias “blandas” la que sostiene el tinglado de los premios, que según desde qué perspectiva se considere parece una buena forma de repartirse un pastel cada vez más pequeño, una mezcla de bingo y de lotería, de “corrupción sostenible” –como diría Parra– que sólo a voces intransigentes, demasiado severas, se les ocurre impugnar.

Dicen personas con potestad para realizar tal aseveración que tampoco en lo comercial fue una maniobra del todo exitosa la concesión del Biblioteca Breve 2019 a Elvira Sastre, que no satisfizo la expectativa generada en torno a una autora venerada en redes sociales y capaz de llenar estadios de jóvenes que pagan una entrada para escuchar sus recitales de poesía. No hay forma de saberlo con certeza, pues los informes Nielsen con números precisos de venta no son públicos ni puede por tanto compararse el recorrido comercial de Días sin ti con los títulos agraciados en años anteriores o con otras apuestas de Seix Barral por autores noveles como son Álex Prada o Alba Carballal, lanzados sin tanta pompa ni músculo promocional.

Cuando Raquel Taranilla (Barcelona, 1981) hace pocas semanas se hizo con los 30.000 euros de la 62ª edición del Biblioteca Breve por Noche y océano, su primera novela –un jurado formado por Lola Larumbe, Fernando León de Aranoa, Clara Usón, Pere Gimferrer y Elena Ramírez, editora de Seix Barral, la declararon ganadora por unanimidad– la prensa cultural corrió a sentenciar que se había “vuelto a la senda correcta”. ¿Se refieren a que se había premiado eso que perseguía el instigador de este galardón, Carlos Barral?, ¿que en Raquel Taranilla estaban reconociendo y queriendo impulsar la carrera de una autora bisoña pero capaz de renovar las literaturas latinoamericana y europea con ojos propios de nuestro tiempo? En realidad, no parece que haya cambiado nada en el proceder, la motivación o los fines, aunque, sin tormenta a la vista, las aguas vuelvan a fluir en calma por su cauce. Solo el tiempo dirá si hubo tino y si, imaginando una balanza, Taranilla –o la propia Elvira Sastre– caen del mismo lado que Luis Goytisolo, Juan García Hortelano, Mario Vargas Llosa o, ya en la segunda etapa del premio, Jorge Volpi, que lo recibieron rondando o apenas superada la treintena y fue el espaldarazo para que autores imprescindibles echaran a andar, o si se trata de libros que terminan perdidos en el olvido.

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