La lámpara en la sala de estar

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Como tenía que madrugar para llegar al aeropuerto a tiempo hoy pasé la tarde de ayer poniendo la casa en orden y haciendo la maleta. Cené en la cocina al lado de la chimenea, una pasta primavera y un Cote du Rhone, y antes de acostarme me di un paseo por el barrio (tres casas hechas de madera y mucho bosque). El frío tan característico de este lugar estaba allí, acompañándome en toda su gloria, pero a cambio tenía arriba un cielo lleno de estrellas, como los cielos de antes, cuando apenas había contaminación en ningún lugar. La tierra, cubierta todavía con lo que quedaba de la última nevada, crujía bajo mis botas.

 

Me acosté algo nervioso por el largo viaje que me esperaba y, sobre las cuatro de la mañana, la hora del lobo, según Ingmar Bergman, de pronto me desperté. Fui a la cocina a tomar un vaso de agua. Dentro de la casa reinaba un silencio absoluto y desde fuera solo se oía el susurro de los pinos. Al volver al dormitorio me di cuenta de que había dejado una lámpara encendida en el cuarto de estar y fui allí para apargarla.

 

Los dos sillones, los dos sofás, la mesa medio cubierta con revistas. Las estanterias llenas de mis libros. Unas fotos enmarcadas. Todo ello tranquilo, sin moverse, todo como se quedaría a lo largo de mi viaje cruzando otra vez más el Atlántico, ida y vuelta. Apagué la luz, pero me me quedé allí un buen rato contemplando ese bodegón, esa nature morte que tenía tanto que ver conmigo, y nada a la vez. 

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