La liturgia del vinilo

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Además de que en 1983 el papa Juan Pablo II retirase la condena a Galileo Galilei (¡a buenas horas!), aquel fue un año en el que ocurrieron cosas importantes que cambiaron el mundo más de lo que creíamos entonces.

A partir del día 1 de enero, Arpanet adopta el protocolo TCP/IP dando lugar a la columna vertebral de lo que, unos años más tarde, sería Internet. No hace falta que me extienda sobre la repercusión que ha tenido esta decisión en nuestras vidas.

Pero hablemos de música. El 28 de febrero de 1983 pasará a la historia por ser el día en que se lanzó al mercado el primer CD. La moneda de 10 centavos de florín holandés determinó el tamaño de la perforación central y Sony, la compañía que lo fabricó, decidió que el diámetro debía ser de 12 centímetros para que cupiese en el bolsillo superior de una camisa de hombre.

Confieso que, iluso de mí, en aquel entonces era de los que opinaba que eso era una moda pasajera y que jamás acabaría con el disco de vinilo. Pensaba que la propia industria discográfica, al darse cuenta de que estaban vendiendo el master en soporte digital, con el riesgo que eso conllevaba porque se podrían hacer copias sin pérdida de calidad, dejarían de utilizarlo y el vinilo continuaría con su reinado por los siglos de los siglos. Pues me equivoqué. El CD lo barrió del mapa.

Aunque está siendo una agonía lenta, ahora el CD está probando su propia medicina porque está siendo barrido del mapa por el formato de compresión de audio de alta calidad conocido como mp3. Es un hecho que la música se compra (cuando se compra) o se escucha en Internet. Ya no se habla de discos ni de CDs, se habla de canciones. Todo esto ha generado una serie de problemas que han provocado el cataclismo de la industria musical que, si quiere sobrevivir, tendrá que reinventarse.

De joven, salir a comprar discos era un acontecimiento. Quedábamos para dar batidas en Escridiscos, Madrid Rock o la Metralleta y nos volvíamos a casa con un buen cargamento de buena música.

Hoy, ya bastante más viejo, tengo un iPod de «nosecuántos» gigas. En su interior está almacenada toda mi colección de música más la que me he ido comprando en iTunes, pero hay tal cantidad de espacio libre todavía, que no creo que jamás consiga ver llena la barra indicadora. Todo muy cómodo; sin moverme de casa, compro la música y la almaceno en un artilugio que puedo llevar en la mano… Pero ya no sé qué música escucho. ¿Quiénes son estos? Me pregunta alguien. Pues no tengo ni idea. Como lo compro en Internet, no me entero. Le contesto.

Escuchar música, para mí, siempre era un momento especial. Como ir al cine. Coger la carpeta del disco, ponerlo en el plato y, con la hoja de las letras en la mano, seguir las canciones una y otra vez, de principio a fin. Conocía cada artista, cada disco y lo identificaba con su carpeta. Si alguien me preguntaba, ¿quiénes son estos? Les decía el artista, el álbum, el título y la letra de la canción que estaba sonando. Más allá de la calidad, el sonido era diferente. De hecho, algunos estudios de grabación volvieron a incorporar equipos analógicos o plugins que imitaban ese “sonido especial” del vinilo. Pero no es tanto el sonido lo que echo de menos. Escuchar música, para mí, era una liturgia.

Pero la vida es caprichosa y da muchas vueltas, tantas como los vinilos que están robando espacio a los CDs en las tiendas y grandes almacenes. Según datos de Promusicae, en 2009 se vendieron en España 160.000 discos. Ya sé que siguen siendo pocos, pero es un 165% más que en 2008. Ya forma parte de la estrategia de casi todos los grupos editar un LP en cuyo interior hay un CD o un código para descargárselo de Internet, pero si la tendencia se confirma, podremos hablar del regreso del disco como objeto de colección. Así que desempolvad los viejos platos y ponedlos a punto, porque quizás no estemos tan lejos de recuperar aquellos momentos en los que disfrutábamos de la música con los cinco sentidos.

Nacido en Madrid en septiembre de 1962. A mí y a mi entorno, cada vez nos cuesta más definir a qué me dedico. Periodista de carrera durante quince años en la editorial GyJ, guionista de cine y teatro, productor de contenidos audiovisuales para museos y centros de interpretación, community manager en BMG Rights España, gestionando la identidad digital de un puñado de artistas, y músico. Aunque esto último me queda un poco grande; me considero un aficionado, pero, para bien y para mal, llevo veinte años metido de lleno en esta vorágine en donde me conocen más como Estivi. Discos grabados, conciertos, giras, noches… y muchos amigos.