La llegada

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El día de mi partida me acercaba a Barajas preocupado. El vuelo a Boston duraría casi ocho horas y mi perro iba conmigo, en bodega en un trasportín, por primera vez en su corta vida. Pero en el aeropuerto los de Iberia ayudaron mucho, todos ellos simpáticos y comprensivos, algo que les agradezco mucho.

 

williams

 

El día de mi partida me acercaba a Barajas preocupado. El vuelo a Boston duraría casi ocho horas y mi perro iba conmigo, en bodega en un trasportín, por primera vez en su corta vida. Pero en el aeropuerto los de Iberia ayudaron mucho, todos ellos simpáticos y comprensivos, algo que les agradezco mucho.

 

El vuelo transcurría sin novedades y llegamos a la hora prevista y el perro también. Lo que más impresionaba era el calor tan raro y espantoso que nos envolvía al salir del terminal, casi cincuenta grados y un nivel de humedad selvático.

 

Nos esperaba un chofer con una pinta de irlandés que podría haber sido pariente mío. Nos llevó al hotel en la distinguida vecindad Back Bay, un hotel pequeño y elegante, un santuario añorado. Sus empleados subrayaban el milagro norteamericano – algunos eran chinos, otros negros, otros de la India y todos impecables y muy atentos sin pasarse. La habitación era Americana a la antigua pero con un aire acondicionado maravilloso. Me pegué una ducha histórica y luego di un buen paseo con mi perro hasta que no pudimos más. Otra ducha, media hora tumbado sobre la cama dándome cuenta del viaje que acabamos de hacer, y luego, aguantando el cambio de hora, me fui a cenar en un sitio fetén en Newbury Street, tipo club masculino, lleno de tíos que emitían ondas de gran auto-satisfacción, todos bebiendo como cosacos. Cené en la barra con una vista de dos cientos botellas de whiskey y un partido de los New York Yankees en la tele. Pedí ostras y pollo asado y una botella de Pouilly Fuissé y dormí después feliz.

 

La mañana siguiente en un taxi rural salimos hacia nuestro destino final, un viaje de tres horas al noroeste del estado a una casa de madera, autentica y señorial, de habitaciones amplias y rodeada de bosques y lagos y unas verdes montañas, entre ellas Mount Greylock, la montaña sagrada de Herman Melville.

 

Y aquí llevo varias días acostumbrándome, conociendo el pequeño pueblo universitario donde, entre otros manjares, hay un cine donde se pone The Tree of Life, la última película dirigida por Terrence Malick que llevo tres años esperando.

 

La gente aquí se levantan tempranísimo, reina una moda de vida ‘WASP’ (blanco anglo sajón protestante). Se trata de un sitio privilegiado, muy bien cuidado, conservador desde fuera, muy progresista por dentro, adinerado, culturalmente variado, intelectualmente denso. Qué lejos estoy de mi Barrio de las Letras en Madrid que echo de menos con mucho cariño – pero ahora toca esto.