La lluvia en Sevilla

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Llueve. Mis hijos juegan al trompo en un pasaje cubierto del patio. Hoy ha sido un día con pocos acontecimientos reseñables. Hemos comprado un trompo en una tienda de «Todo a tres euros» («El Diamond, señor», ha dicho mi hijo, pronunciando di-a-món). Luego hemos ido a comprar el pan al mercado que ocupa lo que antes fue la Estación de Cádiz. Aún recuerdo las noches en que se oían los pitidos del tren desde casa, pero los trenes dejaron de pasar por aquí hace ya veinte años, cuando se iniciaron las nuevas obras de la Expo. Ahora lo que se oye a veces, de madrugada, son las furgonetas y los camiones de los transportistas que descargan tomates o cajas de fruta. Como la panadera no tenía aún el pan, hemos ido a mirar los puestos de pescado para distraer la espera. Mi hijo ha querido tocar un centollo, después ha puesto cara de asco ante una cubeta llena de huevas grisáceas y estriadas, y luego se ha detenido boquiabierto frente a un rodaballo, ese extraño pez con pinta de obispo visigodo.

 

-¿Eso es un pez?

 

-Creo que sí.

 

En ese momento ha empezado a llover. La antigua Estación de Cádiz fue diseñada por un discípulo de Eiffel y podría servir de decorado para una película de Sherlock Holmes. Es un airoso edificio de hierro y cristal, coronado por una gran montera. Nunca lo he visto en un folleto turístico, a pesar de que es uno de los edificios más notables de Sevilla. Mejor así. El caso es que el ruido de la lluvia se ha hecho ensordecedor. Redoblaba y redoblaba contra la montera del discípulo de Eiffel como una banda de tambores dirigida por un demente (o por un cuerdo, a veces no hay mucha diferencia). Todos los que estábamos en el mercado, incluso los vendedores, hemos mirado hacia arriba con cierto temor. ¿Y si aquello se desplomaba? ¿Y si no resistía el impacto? ¿Y si el venerable edificio se venía abajo? Las imágenes de Haití estaban demasiado presentes en nuestra memoria.

 

Cuando la lluvia ha amainado hemos vuelto a casa. Hemos dejado los paraguas en el descansillo, hasta que dos horas después se han secado y los he plegado y guardado en su sitio. Uno de los paraguas tenía una varilla rota que a punto ha estado de clavárseme en un ojo. Eso ha sido todo.

 

¿Todo? En absoluto. También debería contabilizar otros muchos hechos que han ocurrido. Los pensamientos más o menos conscientes mientras fregaba platos, las reflexiones involuntarias cuando caía la lluvia, la música que he tarareado mientras esperábamos cruzar una calle, los sueños de esta noche que no he recordado pero que sin duda han ocupado mi mente durante cinco minutos, o quizá mucho más tiempo. Todo eso también ocurre y es un hecho. Todo esto también se estrella contra una claraboya, igual que ha ocurrido con la lluvia en el mercado. Y todo eso sirve para contar una historia. Chéjov escribía sobre estas cosas. Cheever escribía sobre estas cosas. Un trompo de marca «Diamond», un paraguas con una varilla rota, los puestos del mercado, el pan que no ha salido del horno, un niño que mira asombrado un rodaballo, la lluvia que golpea una claraboya, un charco en un descansillo…

 

Es más que suficiente.