La lucha de clases

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Al que quiere celeste, que le cueste. El que no llora no mama. Pide y serás escuchado, calla y serás ignorado. Las grandes conquistas sociales han llegado siempre con muertos, con hambre, con batallas y olor a quemado.

 

Hay gente que se vuelve más conservadora con los años. Creo que a mí me ha dado al revés. Tal vez eran los tiempos, tal vez la crianza. Crecí viendo cómo devoraba y arruinaba un país un aparato corrupto; y nuestro socialismo-cooperativismo mal implementado por las reformas de los 1970s fue un desastre. No digamos nada del patético izquierdismo-socialismo-aprismo de Alan García. En una sociedad sin autoridad ¿a quién desautorizar? Alguna vez, en un albergue estudiantil en Botafogo, casi me peleo con un holandés que me aseguró que «si él fuera un campesino peruano, él sería miembro de Sendero Luminoso». Por más desastrosa que estuviera la situación en el campo, los campesinos oprimidos jamás creyeron en la solución impuesta a través del terrorismo.

 

Las luchas en las que uno se involucra deben de ser transparentes, pero deben de existir. Uno de los derechos y deberes es el de la rebelión, el de organizarse para cambiar la sociedad, transformar una ley, crear legislación. ¿Se puede luchar por la justicia social desde el poder? ¿Qué tan cierto es el «Cambio» con el que Obama comenzó su gobierno hace casi 4 años? Hoy la Corte Suprema de los Estados Unidos ha dado un voto de confianza a una ley de seguros de salud que, si bien no es perfecta, señala el camino hacia un derecho elemental: buenos servicios de salud a un precio que puedan pagar todos los bolsillos. Ha costado un mundo llegar hasta acá. La buena fe con que los congresistas republicanos prometieron empezar a cogobernar en 2008 se convirtió en una mafia que votaba a consigna contra cualquier iniciativa propuesta desde el bando demócrata. A pesar del voto de confianza de la Corte Suprema, tras las elecciones presidenciales de noviembre, los republicanos aún podrían intentar desbaratar uno de los mayores logros (y dolores de cabeza) en estos cuatro años del gobierno de Obama.

 

La noticia de la decisión de la Corte me sorprendió esta mañana, durante mi visita a una bien montada exhibición dentro del edificio principal de la New York Public Library sobre la historia del almuerzo en Nueva York: la «media hora para almorzar» que aún viene como parte del paquete en los contratos de trabajo en las oficinas de EEUU y muchos otros países capitalistas, es una creación neoyorquina, adaptada a la idea del «tiempo es dinero» (de la cual hablaré en otra entrada). La tensión aún está en el ambiente. El New York Times considera que la legislación es una de aquellas capaces de alterar la historia de los Estados Unidos. En este país se ha perdido tanto tiempo en guerras inútiles que veo con gran alivio que se haya ganado una pequeña lucha en la dirección correcta. Esta lucha, conseguida desde el poder político (la población aún no tiene muy en claro gran parte de la ley más conocida en sociedad como ObamaCare; y la izquierda no está feliz con nada que alimente el negocio de la compañías aseguradoras) debería de beneficiar a millones de ciudadanos que necesitan atención médica y no la pueden pagar.

 

Hoy, la decisión de la Corte Suprema también ha despejado un poco la imagen de que los jueces eran incapaces de ser imparciales en temas políticamente muy cargados (como éste). La decisión de la Corte es de esperarse que sirva–por lo menos hasta noviembre– como leña para el fuego y balas para los cañones en la lucha ideológica pre-electoral entre conservadores y liberales, entre derechistas e izquierdistas.

 

Hasta entonces seguirá la parranda, en este sistema imperfecto llamado democracia. Manténgase en sintonía.