La luna, los refugiados y la Estrella de Belén

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El pasado lunes 21 de diciembre fue el día más corto del, posiblemente, año más largo que recordemos. Poco antes del atardecer salí a comprar, como siempre a última hora, un décimo de la Lotería de Navidad. De allí, el plan era buscar algún buen lugar desde el que contemplar la conjunción de Júpiter y Saturno.

Coincidiendo con el solsticio de invierno en nuestro hemisferio, los dos planetas más grandes del Sistema Solar se encontrarían casi frente a frente, a “poca” distancia el uno al otro y alineados con la Tierra en sus trayectorias alrededor del Sol. Eso provocaría que, en vez de dos planetas por separado, pudieran observarse como una sola estrella destacando entre los objetos más brillantes del firmamento.

Más allá de su vistosidad, me atraía el carácter histórico del evento. Según los expertos, hacía cuatro siglos que no se daba una conjunción de este tipo y es más que probable que no tenga oportunidad de volver a verla. También, aunque ha sido negado por varios astrónomos de renombre, en alguna publicación se fantaseó con la posibilidad de que el punto luminoso resultante fuera la famosa estrella que guio hace más de dos mil años a los Reyes Magos a Belén.

Desde el día anterior tenía guardados dentro del coche la cámara con el teleobjetivo y unos prismáticos polvorientos del año de la pera que me encontré en el trastero de la casa familiar. Sin embargo, al momento de adquirir mi décimo, el cielo continuaba cubierto por nubes bajas. Tan solo cuando subía de vuelta al pueblo pude ver un pequeño claro abriéndose por el suroeste, justo por donde se anunciaba que sería visible el fenómeno. Pensé que aquella era mi oportunidad y me dirigí a uno de los muchos pinares que hay subiendo a la sierra, desde donde las vistas al valle son privilegiadas.

Cuando llegué a la cima del pinar las nubes volvieron a compactarse y al fondo no se veía un carajo. Finalmente, me quedé con las ganas de comprobar si, al igual que a los Reyes Magos, la “Estrella de Belén” guiaría mi suerte al día siguiente. Antes de volver a casa me senté a fumar un cigarro y comencé a pensar en mi entrada de hoy sobre los refugiados que entraron en Europa a través de Bulgaria.

De entre las decenas de miles de personas que han pasado por el país balcánico, un alto porcentaje buscaban, al igual que hicieran María y José, un lugar tranquilo y seguro en el que proteger al que, a la postre, sería nuestro Salvador. Como ahora en Alemania, donde el hijo de una pareja de refugiados turcos ha sido el descubridor de la fórmula de una de las vacunas contra la Covid-19.

Pero bueno, volviendo a Bulgaria, y más allá de alguna que otra anécdota, la Europa que se encontraron no fue ni mucho menos la que esperaban cuando emprendieron su viaje. Llegaban a un país que, a pesar de ser históricamente un lugar de paso y cruce de culturas, no estaba acostumbrado a acoger extranjeros, y menos si son musulmanes. Hasta el año 2013, Bulgaria recibía una media de 900 solicitudes de asilo al año y solo en la víspera de Navidad de ese mismo año más 11.000 personas fueron sorprendidas atravesando irregularmente los escarpados hayedos que separan Bulgaria y Turquía.

Durante más de tres años he estado documentando en exclusiva la realidad migratoria en Bulgaria y los Balcanes. Recuerdo los testimonios de todas esas familias y jóvenes que me contaban cómo, en lugar de una conjunción mágica de planetas, eran guiados hasta la frontera por unas mafias que, previo pago de un dineral, los dejaban a su suerte en medio del bosque, cargados hasta los topes de niños y bultos. De hecho, no son pocos los que me aseguraban que, en tales condiciones, no existe estrella que valga y el único fenómeno natural capaz de orientarles y evitar que se precipitaran al vacío era la luna llena.

Necesitaría más de un libro para contar todas aquellas historias. Por eso, a modo de resumen y recuerdo, quiero compartir las imágenes de aquellas personas que, ya sea en un campo de refugiados, un hostal de mala muerte o en medio de su particular odisea en dirección a Europa occidental, emprendieron un largo y peligroso viaje guiados por la luna llena y por la esperanza de un futuro despejado de los muchos nubarrones bélicos que cubren nuestras sociedades y mentes.

Desde Sofia, desde el centro de Madrid y desde un pequeño pueblo de montaña castellano, os deseamos a todos los lunáticos Feliz Navidad.

 

 

 

 

Joe Manzanov es periodista y fotógrafo independiente. Además de en Portugal, Brasil, Italia y Países Bajos, ha vivido casi seis años en Bulgaria. Le gusta viajar, la crónica periodística, la fotografía documental, la gastronomía y vivir en general.

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Un diván en la luna, luná
Un diván en la luna, luná es un espacio común en el que una dramaturga búlgara, un poeta y traductor andaluz y un periodista nómada contemplan y recrean las contradictorias realidades de Bulgaria, dando voz a los acontecimientos sociales, culturales y literarios del país, buscando y estableciendo relaciones entre Bulgaria y el mundo hispano.

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