La luz de Castilla

Donde se enlaza esa magdalenita proustiana que era el viaje en el tren Talgo con el cine entre pedantón y lírico de Víctor Erice

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Una cabecita de ojos achinados que busca algo en el horizonte: en frente la inmensa y aburrida planicie castellana. Podía ser cualquiera: Vd., su hermana, aquel amigo de Zamora, el ex novio de Ávila…Pero fui yo.

Mis vacaciones estivales solían incluir largos, muy largos, trayectos en tren con un paisaje al fondo de árboles sueltos y edificios en ruinas. Mis abuelos paternos o mis tíos maternos eran el destino final unas veces divertido y otras aburrido de veranos quizá demasiado lectores (¿Qué otra diversión puede tener un niño de ocho años con las pilas de su consola agotadas?). Estas imágenes no se convirtieron en líricas, los niños no son poetas, hasta que vi por primera vez El espíritu de la colmena de Víctor Erice en mi veintena. Película fascinante, que extrañamente pasó la censura en el año 1973, inauguró ese dúo muy mediocre de “guerra civil” y “niño” que llegó a la auto parodia.

¿Y si las abejas fuéramos nosotros?

Lo que me fascinó del filme es cómo el paisaje alrededor del tren suponía un recuerdo trasplantado al celuloide de mis trayectos en el Talgo. Allí estaban los campos áridos, los niños aburridos, el alcornoque, y los edificios en ruinas. A esa imagen luego se añadía  la casa colmena; estupenda metáfora de la dictadura, y que mucho tenía que ver con lo tradicionales que eran mis familiares en Castilla. A falta de ventanas ámbar, los vasos de Duralex me recordaban que estaba fuera de mi urbe hortera y plasticosa.

Se ha escrito demasiado, quizá, de esa película, pero pocos han mencionado cómo Luis Cuadrado, el fotógrafo, pudo capturar esa “luz de la infancia”. Paisaje denso de emociones, metáfora de tiempos más simples y quizá felices (la felicidad es retrospectiva), yo había sido Ana Torrent en cualquier cine de verano de Segovia. No había ya dictadura, los republicanos no eran monstruos -aunque eran todavía mal vistos-, pero la colmena seguía eterna, imperecedera y vertical ante unos ojos, los míos, que comenzaban a distinguir la luz y el espíritu de Castilla.

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