La mandarina de Faba

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Diciembre es buen mes para los cítricos. Cuando el frío, la lluvia y el viento han acabado con los carnosos colores del otoño, la Naturaleza regala a la vista y al paladar una intensa lluvia de naranjas salvajes. Si un buen zumo de naranja y pomelo -con su torrente vitamínico- puede recomponer el organismo de un griposo; el mordisco directo en la carne del fruto, puede resultar tan sensual como un encuentro erótico. El jardín de sabores y sensaciones que puede desatarse bajo la cúpula del paladar, resulta tan optimista y alegre como el nacimiento de la  primavera.

 

Había olvidado ya Faba que las mandarinas tenían penacho verde, cuando las comía de niño. Reencontrarse con ellas, en su casi patria chica almeriense, hace cinco navidades, fue toda una fiesta. No hubo mantecado, ni alfajor, ni mazapán que le resultara más exquisito aquel final de año, que sus mandarinas de Laujar, coronadas de hojas verdes. Su mera presencia en un frutero, le despertaba un sentimiento simpático como de juguete frutal, a la par que un irresistible deseo de comérselas. Pintar algo o a alguien, es otra forma de devorarlo. La suerte estaba echada: había que retratarlas.

 

Cuando los frutos han llegado a un cuadro, ha sido para caer en manada desde un cuerno de la abundancia, o quedar esparcidos sobre una mesa. Pocas veces se ha pintado el retrato de un vegetal; ni siquiera Archimboldo, patrón y maestro de recrear rostros humanos con frutas y hortalizas. La mandarina perdida de la infancia de Faba, más que un personaje es una antigua amante. Hacerla su modelo, fue el primer paso para volver a poseerla.

 

Retrato de Mandarina

Gabriel Faba. 2006.

Dibujo a la acuarela sobre cartulina acanalada.

18 X 12 cms.