La máquina de follar

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Este post no trata de ningún chica/o que esté todo el día dale que te pego ni tampoco se refiere a la novela homónima de Bukowski, que, dicho sea de paso, generó en mí sensaciones muy similares al asco. Voy a hablar de unos artefactos mecánicos que sirven para follar, más conocidos por su denominación anglosajona, fucking machines. Qué duda cabe de que para algunos/as serán, después de la rueda, el invento más importante para la humanidad y no seré yo quien niegue su utilidad. Cuando se buscan referencias sobre estos engendros en San Google uno encuentra de todo: desde prácticos artefactos tipo Black and Decker que en vez de taladrar paredes taladran coños o anos, según el gusto del consumidor/a*, hasta apabullantes combinaciones de potro de gimnasio de escuela con máquina de tortura de la Inquisición que son, sobre todo, muy muy grandes. Éstos últimos yo no podría tenerlos en mi vivienda digna de 50 metros cuadrados, a menos, claro está, que retirase el sofá del comedor pero creo que a mis padres no les gustaría esta nueva decoración. Antes de continuar (que ya les estoy viendo cogiendo el teléfono para encargar raudos a la teletienda una de estas máquinas) quiero aclarar que las susodichas no se venden ni en Leroy Merlin ni en Ikea, ni el departamento de bricolaje de El Corte Inglés aunque bien pudieran comercializarlas porque a más de uno/a harían feliz considerando que en este país se folla poco y que la TSA, Tensión Sexual Acumulada, causa estragos (otro día hablaremos de la temible TSA, la responsable de que los ánimos estén como estén en España).

Volvamos a las máquinas folladoras: en www.fuckingmachines.com (bajen ustedes el sonido del ordenador si se conectan desde el trabajo) podrán comprobar cuán inteligente es el ser humano y qué inventiva demuestra en lo que a tecnología se refiere. Vamos, que hasta el Iphone 4 de Jobs resulta una simpleza… Las hay para todas las inquietudes: The Lick a chick (serie de lenguas encadenadas que te van dando lengüetazos donde quieras, en el sitio ése que estás pensando también); Goatmilker (se entiende que es un succionador al que podrá dar una segunda utilidad si vive en el campo y tiene vacas o cabras); Loving Chair (sillón reclinable que lleva incorporado un vibrador para que te consueles en caso de que tu equipo pierda el partido del Mundial); The Double je T’aime (pueden disfrutar dos a la vez) o el impresionante Fuckzilla, que como su nombre indica, es un engendro enorme, como el monstruo de la peli.

Lo de las máquinas, como todo en la vida, tiene sus pros y sus contras: a ver, yo creo que es mejor hacerlo con un tío/a, es más natural, pero estas folladoras mecánicas también tienen sus ventajas. Por ejemplo, no se cansan y eso ya es, a priori, muy importante. Además, le puedes poner la velocidad que quieras: más tranquilo, más rapidito, según cómo tengas el día, vaya… Si te cansas tú, las desenchufas y ya está. No tienes por qué darles conversación. No te contestan. No se duermen después de… En fin, como veréis, un sinfín de ventajas.

Yo, que como muchas mujeres defiende que el tamaño importa (y no que aporta, como opina un amigo mío que seguro lo dice porque la tiene pequeña), me compré el Fuckzilla, la fucking machine más grande del mercado y tras dos meses de espera, por fin, un jueves de enero me llegó a casa: no veáis el lío que armé y no porque mis gritos de placer perturbaran al vecindario, qué va. Resulta que, como en Ikea, el aparato en cuestión llegaba sin montar, acompañado de su consabido manual de instrucciones, eso sí. Al principio me lo tomé con mucha ilusión y paciencia: me puse con todos los tornillos, las tuercas, los tubos, los vibradores de distintos tamaños, la radial y todo lo demás. Y nada, no conseguía crear nada coherente. Llamé a mi ex, que es como McGyver pero con menos pelo, a ver si entre los dos podíamos. Y ni por esas… así que ya me veis, ni pude montar mi fucking machine, ni redecorar mi salón, ni ná de ná…. Frustrada, lo empaqueté todo de nuevo y ahí sigue, en el trastero, entre la bici y la tienda de campaña. Si entre los lectores hay algún mañoso al que le gusten los trabajos manuales, ya sabe lo que ha de hacer….

* El blog no está patrocinado por Bibiana Aído, lo digo por si algún lector/a lo dice posteriormente en los comentarios. Simplemente es que no quiero que piensen que estas máquinas sólo pueden ser utilizadas por chicas.

Vengo de París, como casi todos los niños, y me he pasado la vida entre Francia y España (aunque me defino extremeña). Empecé escribiendo de economía en Capital pero tras ocho años en los mercados bursátiles, y demostrando ser de perfil arriesgado, me hice freelance. He colaborado con los principales medios de este país y escrito varios libros de sexo, el último, "Hola, sexo: anatomía de las citas online (Arcopress)". Este blog es a consumir sin moderación pero ¡tampoco te lo creas todo!

4 COMENTARIOS

  1. Hay que trabajar más lo del

    Hay que trabajar más lo del patrocinio ministerial, a riesgo de quedar en estado menesteroso. Espero que el TPM vaya bien. Hay por ahí una novela que no recuerdo porque tomé prestada de la biblio y la leí muy deprisa, algo como Investigaciones filosóficas donde un trasunto de Wittgenstein tiene una máquina virtual para producir emocones: pánico, orgasmos, sueño… con sensores y tal. A lo mejor mezclo dos novelas distintas pero algo hay de eso.

    El recurso del título llamativo que resulta desmentido en el primer párrafo es muy inocente, como de Máster baratillo o de ABC del periodismo, por lo demás va progresando adecuadamente. Vale

  2. Lucía, a mi esa máquina me

    Lucía, a mi esa máquina me parece una pasada, no entiendo realmente cómo pensabas enchufarte, supongo que sería una broma.

    Casi que prefiero mis novietes con todos sus defectos que son muchos, precoces, gatillazos, pequeñas… y encima roncan, pero esas máquinas parecen horribles 🙁

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