La mariposa

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El no a la investidura, el no tras la negativa a las peticiones de cambio y de regeneración es, aunque sólo sea producto de la imaginación, de esta imaginación, como la mariposa mecánica que perdería el color, hasta la vida igual que la democracia...

 

Ve uno en el no a la investidura de Díaz un caprichoso reflejo en el ‘El artista de lo bello’ de Hawthorne, donde Susana era, sería, sobre el papel, la esperanza para el pueblo andaluz como Annie para Owen Warland. El atormentado relojero creía que aquella joven, compañera de la infancia y amor platónico, poseía el don de comprenderle mejor que el resto del mundo. “¡Qué ayuda y qué fuerza significaría para él, en su duro y solitario trabajo, poderse ganar la comprensión del único ser al que amaba!”. Pero ese trabajo tiene la forma, quizá mejor el sentido, de la virtud: el aletear minúsculo de la mariposa creada por el relojero a partir de minúsculos engranajes. La belleza de un complejo y delicado mecanismo que parece natural y en su virtuosismo incluso supera a la naturaleza. Alcanzar lo bello con el trabajo de las manos que es aquí el trabajo de los artilugios políticos. La mariposa de Owen Warland, el artista, el incomprendido, el señalado por todos como un caso perdido, es una suerte de antítesis de esa casta que se perpetúa y de todo lo que la sostiene. La mariposa que en su presentación saltaba de un dedo a otro; del dedo del herrero,  el rival del  artista que al final se casa con la amada de éste, al dedo del niño y al del viejo maestro siempre crítico y hasta cruel ante el uso que hacía del ingenio su antiguo discípulo. Un PSOE de treinta años que trata de mantenerse hasta el fin de los días por medio del rostro joven de Annie, de Susana. El no a la investidura, el no tras la negativa a las peticiones de cambio y de regeneración y también de venganza es, aunque sólo sea producto de la imaginación, de esta imaginación, como la mariposa mecánica que perdería el color, hasta la vida igual que la democracia, en contacto con la piel de “todas esas gentes de mente sagaz” que piensan que la existencia ha de estar regulada “con unas pesas de plomo”, el peso de decenios de paro y corrupción ocultos tras un sentimiento de permanencia en el pasado y de alegría tan absurdo como necesario, y tan real y tan español. Se deshacen los partidos de espuma dejando ver los cimientos de los partidos de piedra incólumes a la erosión del tiempo y del escándalo. Por eso el no guarda una parte, pequeña como la mariposa de Hawthorne, de espíritu romántico. La mariposa que un niño, el hijo de Annie y del herrero, hijo de su sociedad, acaba estrujando en su mano. Todo ese diminuto montón de fragmentos relucientes acabarán siendo ese sí que se resiste (mirará Susana hoy al premier británico con la avidez del gorrilla al guiri) y cuando el misterio de la belleza haya desaparecido para siempre. Aun así, a uno le gustaría creer en un pueblo que observa plácidamente, como Owen, las ruinas del trabajo de su vida sobre la mano del niño porque significaría que ese pueblo ha hecho suya otra mariposa muy diferente, elevado como un artista para el que el objeto adquiere un escaso valor a sus ojos porque es el espíritu el que se posee a sí mismo en su realidad más plena.