La matanza cierra el ciclo de la vida

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El coche renquea en la Cuesta de las Perdices, lastrado por la carga de libros que llevamos al pueblo. Es invierno, pero la luz duele. Es como de cal viva, un resplandor de cuarzo sucio, que blanquea el azul, lo desluce, lo inhabilita para Velázquez o para Joseph Cornell, y te obliga a guiñar los ojos. Mala cosa si el conductor fuera yo: porque jamás uso gafas de sol, y no sé conducir. Y se hace tarde.

 

La tierra está tan seca que el cereal ha empezado a sufrir, como los surcos. En las últimas cuestas se salvan las pimpolladas, los escasos pinos que han derrotado a roedores y raposos, corrimientos, riadas, heladas y sequías. Son pinos de un verde heroico, que levantan el pecho como si fuera un escudo nobiliario: verde Guardia Civil pre-constitucional. ¿Es entonces cuando me acuerdo de Emily Dickinson?

 

Si al regreso de los petirrojos

Ya no estuviera viva,

Al rojo encorbatado dale

La migaja conmemorativa.

 

Cuando llegamos está uno de mis cuñados izando un puerco que acaba de sacrificar para acostarlo sobre el tajo. Lo trae en un remolque con sacos vacíos de grano manchados de sangre. No me queda otra que echarle una mano. Le sujeto por los cuartos traseros, los jamoneros, para que él, con una pericia que no le conocía, le practique cortes limpios sobre la piel del vientre: el cuchillo se abre paso sin resistencia, llegando a la caja torácica, al esternón, que arrancará tras serrarlo sin aparente esfuerzo con el mismo filo. Debajo asoma un corazón todavía caliente, que exuda un humor finísimo en forma de humo blanco, como de falso papa: como si el alma del gorrino acaba de evadirse ante nuestra flema.

 

La misma operación, abriéndose paso como un moisés de hierro, dejará al descubierto la masa de las tripas, el intestino grueso y el delgado, bien estibados bajo los riñones, el hígado y la bolsa de la bilis, que hay que tratar con delicadeza para que no se rompa y lo eche todo a perder. Para arrancarle el corazón, que viene envuelto en coágulos, y el saco de vísceras, hay que volver a izar al bicho con la ayuda de la hermana que sabe de cocinas y no le hace ascos a lo que hay que hacer. Entretanto, uno de los sobrinos, que acaba de cumplir los ocho, se acerca a husmear y, ante los escrúpulos de la fotógrafa, comenta: “El cerdo nace, se reproduce, y la matanza. Es el ciclo de la vida, tía”.

 

Se quedará todo el día suspendido en la despensa, goteando sangre por el hocico, esperando que a la caída de la tarde vuelva el matarife doblado en carnicero a destazar al animal del que, por dentro (y en algunos casos por fuera), tanto se nos parece. Somos carnívoros y no nos avergonzamos. Es nuestra forma de perpetuarnos. Un acto de antropofagia relativa, porque a nuestro hermano lo queremos tanto que nos lo comemos todo, desde las pezuñas al rabo, del corazón al solomillo, de los jamones a las orejas, y con los intestinos hacemos chorizos y morcillas que son el mejor viático para sortear el invierno y esperar el regreso de los petirrojos.

 

 

Y con ellos el niño que, con sus primos, era encerrado en la casa de la abuela Emilia para no ver la escabechina: todavía tengo sus chillidos metidos a berbiquí en el cerebro tierno. Mi madre y sus hermanas eran las encargadas de asistir al matarife, que por la yugular le entraba al cocho el instrumento. Así sangraba bien y las morcillas eran luego más dulces, más sabrosas. Como no las he vuelto a comer. Nos dejaban salir cuando ya no había nada que temer. Veíamos el chamuscado en una hoguera de paja tan seca como liviana, y luego el resto de los oficios, como remover la sangre en una cazuela enorme para que no se cuajara. Quedaba colgado el cerdo cada año en la misma bodega en la que jugábamos a las tinieblas: abierto en canal, con el hocico apuntando al mismo sitio que mi cerdo contemporáneo. Y cuando entrábamos a buscar vino y una leve brisa movía a la bestia con la que tanto habíamos platicado, visto crecer y alimentado con hojas de verdura en la cochiquera, la soga gemía como si fuera la escota de un buque fantasma: un miedo cerval nos hacía apurar la maniobra, tragar saliva, y no volver la vista al cerdo que con su sacrificio invernal escenificaba, una y otra vez, el ciclo de la vida.

 

Al rojo encorbatado dale

La migaja conmemorativa.

 

 

 

(Fotos: Corina Arranz)