La memoria falla o falla la leyenda. La llamada de Leila Guerriero

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La quijada de asno que utilizó Caín para acabar con la vida de su hermano no se halla enterrada en ningún lugar arqueológico, sino que se encuentra sobre la tierra, apenas recubierta de una pátina de polvo. En realidad, ese asesinato ha ocurrido hace muy poco. No hay que excavar muy hondo para llegar hasta las pistas que nos hablan del crimen. De hecho, puede bastar la propia memoria, sin recurrir a la que nos prestan los viejos testimonios encerrados en los libros, para certificar el homicidio. No es necesario revisar la época en la que nos parecíamos a los chimpancés para hablar del odio entre hermanos, ni referirnos a los restos de alguien tan querido por todos como fue Antonio Machado, enterrados en Colliure, para dar fe de lo que supuso esta violencia. Nuestros muertos nos acompañan, como nos acompañan nuestras derrotas. “Yo sé (todos lo saben) que la derrota tiene una dignidad que la ruidosa victoria no merece”, sostenía Borges, en una frase que se cita en algún momento de esta obra, La llamada. Es parte de una selección de citas que Leila Guerriero (Junín, Argentina, 1967) extrae de los cuadernos juveniles de Silvia Labayru, la mujer retratada a lo largo de más de cuatrocientas páginas.

A la cita de Borges le acompañan versos de Neruda, de Juan Gelman, o aforismos como este de Machado: “En caso de vida o muerte se debe estar siempre con el más prójimo”. Estas citas deberían haber servido para que una muchacha de poco más de veinte años aprendiera a reconciliarse con la vida tras su paso por un centro de tortura, en la etapa en que Argentina sufrió una dictadura militar. Uno acude a la lectura de este largo perfil pensando que se va a encontrar con una nueva explicación de la segunda parte de la década de los setenta, y principios de los ochenta, y se encuentra con un texto llenísimo de preguntas. Guerriero se propone hablar acerca de una persona, hija de militar, montonera por elección, violada en prisión reiteradamente, apartada de su hija, exiliada en España y marginada por sospechas de la comunidad en el exilio de colaboracionista, pero sobre lo que versa la obra es acerca de la sensación de que una persona no se termina nunca. Cualquiera de nosotros puede ser un océano, que es imposible terminar de conocer, y durante la estancia junto a él no cesan de surgir preguntas. Decimos preguntas, porque hay muchas ganas de profundizar en la esencia de lo que sea que nos hace humanos, y no dudas, porque no se trata de dilucidar nada. A la hora de la verdad, lo que nos vincula a los demás es esencialmente reconocer en ellos un sustrato de humanidad. Pero ¿cómo definir en qué consisten los rasgos de humanidad? Guerriero no se plantea responder, pero sí nos deja deducir que debería encontrarse en el polo opuesto de crímenes como la violación o el linchamiento. ¿Cómo medir el efecto de la humanidad? Damos por supuesto que eso también sería imposible, pues podremos conocer el número de personas que han sido violadas o ajusticiadas, pero no a cuántas han salvado las caricias.

Serán las caricias, que Silvia Labayru encuentra en los brazos de un antiguo amor, el amor que ha sobrevivido al tiempo, redescubierto con más de sesenta años, las que tengan efecto salvífico. A lo que cabe añadir la amistad, que se expresa tanto por boca de la protagonista como a través de los testimonios de quienes la han conocido. Mientras tanto, vamos conociendo la imposibilidad de la victoria, de tener una existencia maravillosa, porque vivir puede ser una barbaridad. De ahí esa constante, que va saltando de vez en vez a las páginas del libro, de asistir a gente que se agarra a clavos ardiendo para evitar caer en los precipicios. Uno puede figurarse un futuro y sembrar considerando que así la cosecha será positiva, pero, a la hora de la verdad, sólo cabe resolver el día actual. Ahí delante no hay nada.

Este perfil, largo, como ya hiciera en Opus Gelber, nos lleva a múltiples consideraciones acerca de la necesidad de relatar la vida de los demás. La primera sería desde dónde exponerla. No cabe ocultar la voz del cronista. Guerriero lo sabe y cuando no le queda más remedio que hacerse presente, la oímos hablar como si se estuviera disculpando, de ese carácter es su discreción: “No hay manera –yo no la encuentro– de pedirle detalles sobre eso”, dice, tras comentar que un militar y su mujer la violaron. “Hay en la imagen algo estremecedor y delicado”, define así una fotografía de ella con su hija. O esta cita más extensa: “Entonces, a lo largo de cierto tiempo, nos dedicamos a reconstruir las cosas que pasaron, y las cosas que tuvieron que pasar para que esas cosas pasaran, y las cosas que dejaron de pasar porque pasaron esas cosas. Al terminar, al irme, me pregunto cómo queda ella cuando el ruido de la conversación se acaba. Siempre me respondo lo mismo: ‘Está con el gato, pronto llegará Hugo’. Cada vez que vuelvo a encontrarla no parece desolada sino repleta de determinación: ‘Voy a hacer esto, y lo voy a hacer contigo. Jamás le pregunto por qué”.

La segunda consideración de la que queremos dar cuenta tiene que ver con el nerviosismo. Guerriero elige una fragmentación intencionada, como si nos indicara que un retrato no puede tener la continuidad de un guion cinematográfico, la redondez de una novela breve. Ese nerviosismo consigue implicar al lector. Vamos sacrificando lo que podría haber sido una biografía escrita con el pulso de una novela, para irnos presentando un puzle que debemos completar, de salto en salto, en una estrategia que no nos permite relajación. No habrá nada semejante a implicaciones emocionales transgresoras, a pesar de que la biografía de Silvia pudiera dar lugar a ello, por lo que confiamos en ese estilo, depurado y vibrante, para mantenernos atentos.

La siguiente consideración que se nos ocurre para por la necesidad de terapia, de confesión, de crónica, de relato. Silvia se formará como psicoterapeuta, aunque jamás llegue a ejercer, y su pareja de madurez lo hará con un corte lacaniano. La pretensión y el éxito de las técnicas de psicoterapia podrían consistir en que al resultar imposible reconciliarse con el pasado, al menos sí podremos hacerlo con el relato del pasado. Ese relato que Silvia parece no querer ocultar y ha repetido en varias ocasiones: “Al leer sus testimonios ante la justicia –articulado, altivos, irónicos, inteligentes, seguros, enfocados, construidos con un léxico que proviene de una vida entera de lecturas que incluyen la ficción, la poesía, el psicoanálisis, el ensayo–, compruebo –con resquemor– que me dice lo mismo, y de la misma forma, que ha dicho antes a fiscales, abogados y jueces”. Pero todos sabemos que los hombres de leyes no son los mejores psicoanalistas. Lo que parece necesita Silvia, y por extensión Leila, es un lector. Y todo parece programado para que la obra la lean ciertos lectores. No es frecuente escribir para el lector en abstracto, pero sí escribir pensando que esta parte, o esta otra, te gustaría que la leyera tal o cual persona.

Esto nos lleva a pensar en que el perfil resultante, por su extensión, es una obra que podría ser una biografía, se caracteriza por la consciencia de estar participando de ella de los personajes. Quienes dan la información para construirla son autores, tal vez a su pesar, tal vez por su gracia, a través de quien lleva la batuta de la reconstrucción, que es Leila Guerriero. Así se consigue imprimir mucha vitalidad al texto, que da la sensación de estar vivo en un grado que muy pocas veces habíamos leído, independientemente del género de la obra. Un año y siete meses de entrevistas tienen como objetivo una implicación emocional de la que podemos deducir una enseñanza muy básica: lo que importa es ser piadoso, benigno, bueno. “Todo está lleno de luz y de tiempo”, dice Leila.

“Uno de los grandes méritos de Silvina es haberse construido a lo largo de estos años el personaje que hoy tiene y la persona que es”, sostiene la autora. El personaje se tiene, la persona se es: nosotros leemos pensando que nos hablan sobre personajes, como si nos enfrentáramos a una novela, pero conviene recordar, de vez en cuando, que no es ficción. De hecho, lo que importa de la ficción es la verdad, que es lo que se pelea y se construye, algo también muy presente en este ejercicio de realidad que, por otra parte, huye de los púlpitos donde consideramos que se ve reflejada la realidad en el mundo contemporáneo: los parlamentos, los bares, los medios de comunicación. Lo que podemos conocer será parcial, y esta parcialidad es la que generará inquietud, que es lo que necesitamos para intentar seguir conociendo. Todo esto subyace en este texto en el que no termina de haber héroes o traidores, como podríamos esperar en una delación o una película de aventuras, relatos que brotan del crimen. Este perfil nos lleva a cuestionarnos la interpretación, o las interpretaciones, intentado evitar cualquier posible toma de partido, excepto por la que posiblemente sea la única causa por la que merece la pena seguir respirando mientras caminamos, que es la amistad, que va generándose entre la cronista y la retratada. Esta obra, como la mayor parte de la producción de Leila Guerriero, versa sobre la condición humana, colocándonos a todos sobre la superficie de la tierra, condicionados por la única ley universal, que es la ley de la gravedad.

La llamada, por Leila Guerriero. Anagrama. Barcelona, 2023

Ricardo Martínez Llorca es autor de los libros como Hasta la frontera de mi sueño (El Desvelo), Tan alto el silencio (Debate), El paisaje vacío (Debate, premio Jaén), El carillón de los vientos (Alcalá), Después de la nieve (Desnivel), Cinturón de cobre (Pre-textos), Al otro lado de la luz (La línea del horizonte), Hijos de Caín (Xplora) y El precio de ser pájaro (Desnivel). Ha colaborado en distintas revistas de viajes y literatura y en la Escuela Contemporánea de Humanidades. En la actualidad es crítico literario en Quimera, Revista de letras y La línea del horizonte. Dirige la sección ‘Viajes y libros’ en Culturamas.