La Moncloa en flor

0
211

Luego a la hora de la verdad no hay nada, como si fueran un poco Malapartes esos candidatos de orgullo desmedido, pavos reales con escaso interés real por el sexo...

 

Dice Rajoy que va a volver a intentarlo con Snchz y que lo llamará esta semana. Pero «esta semana» no parece una fecha muy concreta como para dejar de perder ese tiempo tan precioso al que hace continuamente referencia el presidente y que ha transcurrido entre juegos florales (rosas) y frutales (naranjas). Debe de estar todo perdido y el espectáculo es notable como un ritual de apareamiento. Pero al único que parece pesarle la responsabilidad humana, el único que parece sentir la libido es Rivera, mientras los demás se limitan a hacer aspavientos y mohínes y a extender la cola y estirar el cuello persiguiendo la Moncloa como si fuera una hembra, una pava, que se escabulle asustada y debe de andar ya por Burgos a punto de echarse al monte. Luego a la hora de la verdad no hay nada, como si fueran un poco Malapartes esos candidatos de orgullo desmedido, pavos reales con escaso interés real por el ayuntamiento. Porque a mí lo que me parece que pide España no es cambio (qué cambio ni qué cambio), sino relaciones. La nueva política no consistía en seguir enrollándose con los mismos, sino en liberarse, y aquí en España seguimos, y seguiremos, siendo antiguos (sobre todo los que se las dan de modernos) por supuesto no en la forma pero sí en el fondo. Pablo Iglesias ejerciendo de alcahuete entre Levy y Vila en la tribuna es un farol, y el Congreso es como un parque lleno de ellos: un parque alumbrado y solitario, a pesar del ruido. Uno puede comprender que Rajoy, que es un señor sesentón de Pontevedra, se resista a retozar a estas alturas (lo curioso es que no se resiste, «que se traiga a Rivera», le dice a Snchz), pero de un hombre joven (o de un ratón) como Pdr sorprende más esa negativa original que ya no es ni siquiera un cordón sanitario sino mojigatería que en Pablo, la Celestina, es directamente frigidez. Es como si ya no hubiera machos en España (si acaso cachorros, como Errejón) y la Moncloa se nos estuviera yendo sola y triste con su flor intacta.