La moralidad del abejorro

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Estados Unidos acaba de eliminar en Paquistán y Yemen a peligrosos dirigentes del Al Queda utilizando a los eficaces abejorros (drones), aviones sin piloto capaces de disparar con una considerable precisión. Los repetidos ataques de los abejorros crean una creciente controversia por razones legales, éticas y políticas. De un lado, al causar inevitablemente bajas civiles suscitan la irritación de segmentos de la población donde se produce la acción, sus enemigos aseguran que radicalizan a los jóvenes y se convierten en una bandera de reclutamiento para los terroristas.

 

Por otra parte, al realizarse los ataques en el interior de países que no están en guerra con Estados Unidos se está violando la soberanía de esas naciones. Aunque el presidente de Yemen, Mansour Hadi, manifestó en septiembre que él aprobaba la labor de los abejorros, en su país ya ha habido protestas en la calle por el asunto. Las autoridades paquistaníes, escaldadas con la operación en la que pereció Bin Laden, se vienen asimismo quejando de la multiplicación de los golpes mortíferos.

 

Por último, políticamente, la eficacia de los aviones hace que surjan imitadores. Unos 40 países tratan ya de fabricarlos. La proliferación, como ocurrió con el arma nuclear, puede tener perspectivas ominosas. Estados Unidos posee ya unos 19.000 aviones de este tipo y el ansia de emulación está ahí. Hasta en la pacifista Europa hay un consorcio integrado por España, Francia, Italia, Suecia, Suiza… que ha producido el primer prototipo, el nEuron.

 

La utilización galopante con fines letales de estos aparatos por el gobierno de Washington está basada en su eficacia. Los aviones, de vuelo bajo, no son fácilmente detectables por el radar. La pérdida, infrecuente, de alguno de ellos, no trae los quebraderos de cabeza de tener que rescatar a la tripulación, algo pesadillesco para los americanos después del episodio de Somalia, y son manejados desde Nevada a unos 12.000 kilómetros del blanco pretendido.  

 

Por estas razones, Barack Obama, contra todo pronóstico, ha abrazado a los abejorros. No se ve obligado a enviar hombres sobre el terreno, lo que sería costoso desde diversos puntos de vista, y se evita, con la problemática captura de un terrorista, los problemas judiciales que se presentan en su país para juzgarlos y que han hecho que no pueda cerrar la base de Guantánamo.

 

Lo malo es que hay, como apuntamos, dos cuestiones éticas de profundo calado. Aunque los blancos perseguidos sean normalmente peligrosos terroristas, ¿puede un estado de derecho eliminar a presuntos criminales, por sanguinarios que estos sean, sin un debido proceso? Por otra parte, aunque los abejorros son precisos, los daños colaterales resultan inevitables. Los terroristas no siempre están solos tomando el sol en una terraza apartada.

 

Los defensores de su empleo, con todo, alegan que los abejorros matan a mucha menos gente que cualquier otro procedimiento de eliminación de adversarios en cualquier clase de guerra. Serían más certeros en la identificación del adversario, que a veces es seguido durante días con cámaras desde el mismo avión, y en atacarlo certeramente. Alegan que en ocasiones un abejorro se ha abstenido de atacar si las cámaras descubren que hay niños en las proximidades del objetivo. Avery Plaw, un politólogo de la Universidad de Massachusetts, ha estudiado diversos ataques de los aviones en Pakistán y calculado que cuando se producen bajas civiles pueden ir de 4 a 20% de las causadas. El Bureau of Investigative Journalism de Londres afirma que la CIA, que opera los abejorros, ha mejorado su precisión: en el 2011, un 16% de los muertos causados serían civiles, y en los primeros seis meses del 2012 sólo tres personas de 152 abatidas por los aviones eran civiles. Los defensores de este método siguen con las comparaciones: cuando el Ejército paquistaní intentó limpiar de sospechosos un área en la que operan los drones, el 46% de las bajas eran civiles, mientras que los bombardeos precisos con misiles que efectúa Israel contra Hamas y otros activistas arrojan un porcentaje de 41% de bajas colaterales.

 

Obama, que prometió recientemente actuar con parsimonia y afinar aún más la precisión de los aviones, ha hecho un uso considerable de los mismos. Ha autorizado 300 operaciones que han causado un total de 2.500 muertos. Es decir, ha multiplicado por 6 el número a las que George W. Bush dio luz verde. Con buenos resultados a corto y largo plazo al disminuir muy sustancialmente la operatividad de los jefes terroristas que se ven obligados a ocultarse, encuentran más difícil reunirse con sus adjuntos y, en consecuencia, planificar operaciones, etcétera.

 

Sin embargo, las dos cuestiones éticas no se esfuman y la bondad de los resultados llevará a más países a poner abejorros en el aire y no forzosamente para detectar la llegada de un tsunami o cualquier alarma meteorológica.

 

 

 

Inocencio F. Arias es un veterano diplomático y frecuente colaborador en los medios de información. Ha tenido cargos destacados con diferentes gobiernos: embajador en la ONU con el PP, Secretario de Estado y Subsecretario con el Gobierno anterior del PSOE y Portavoz del Ministerio de Exteriores con tres distintos ejecutivos de la democracia; UCD, PSOE y PP. En la ONU presidió el Comite Mundial contra el Terrorismo y la Asociación de Embajadores. Ha sido profesor en la Universidad Complutense y en la Carlos III de Madrid. En su única escapada a la empresa privada fue Director General del Real Madrid. Ha escrito libros: Confesiones de un Diplomático (Planeta) y Tres Mitos del Real Madrid(Plaza-Janes) y en colaboración con Eva Celada La Trastienda de la diplomacia (Plaza-Janes). A mediados de 2012 publicó también en Plaza y Janés Los Presidentes y la diplomacia. Me acosté con Suárez y me desperté con Zapatero que actualmente está en su tercera edición.