La muerte de la modelo

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Pintando del natural, se vampiriza a los modelos. Algo de su energía queda atrapado en el retrato, mucho más que cuando se pinta una fotografía. Una de las razones primordiales que facilita este trasvase, es puramente técnica: la urgencia de la percepción visual, y sobre todo de la pincelada. Por si esto fuera poco, la luz va cambiando según el tiempo avanza, y lo que comenzó siendo espacio diáfano, va tornándose amasijo de sombras, que -por otra parte hay que seguir incorporando al cuadro- para que el resultado final sea luminosamente coherente. 

 

Cuando se pinta una flor del retiro, el asunto se torna más grave. Nace a oscuras, de madrugada, sin necesidad de los rayos del sol. Simplemente se abre, porque la planta madre no resiste más y revienta. Hacia el mediodía comienza a perder su lozanía, y a media tarde sufre la misma agonía que la luz del cielo, sin haber llegado a superar las 12 horas de vida.

 

        -¡Que se me muere la modelo! –exclamó Faba en más de una ocasión, mientras la pintaba-. 

 

La sensación le resultaba tan nueva como extraña. En otras ocasiones había sufrido la responsabilidad de resucitar a los muertos en un retrato, pero estar pintando a alguien mientras agoniza, y tener que concluir la obra antes de que se consume el fallecimiento, no sólo le producía angustia, sino que despertaba en él la sospecha de algo mezquino. La propia muerte debe ser algo tan íntimo, como que tu amor te despida, leyendote un libro sobre el canto de los pájaros.

 

Cuando la flor estuvo pintada, Faba sintió que ya se había ido. No volvió a mirarla, pero su mano y su pincel estaban tan calientes como las piernas de una bailarina tras varias horas de entrenamiento. Sin que le diera tiempo a pensarlo, su mano se movió sola hacia el cuadratín de acuarela verde vejiga, donde impregnó de pigmento aquel pelaje mojado, y se lanzó a pintar el cactus madre, como si estuviera bailando una danza frenética de despedida, en presencia de la modelo muerta. 

 

Flor y cactus

Gabriel Faba 2006.

16 X 24 cms. Acuarela sobre dos hojas

de un cuaderno de papel Fabriano.