La muerte de los demás: pasaportes para evitar lo evitable

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El ministro de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones español, José Luis Escrivá, inauguró un nuevo espacio expositivo en la sede del ministerio en Madrid. La nueva Sala Tránsito arranca con la exposición Sueños de ayer y de hoy… del artista visual Ricardo Calero (Villanueva del Arzobispo, Jaén, 1955), un proyecto de largo aliento que empezó en 2001, cuando Calero decidió lanzar al mar cada año 365 pasaportes, hasta llegar a lo largo de doce años a un total de 3.650, que es también la cifra de las identidades y días que quedaron a la deriva y de los cuales fueron rescatadas solamente 78 documentos, en muchos casos ilegibles, piltrafas de un preciado salvoconducto.

La muestra es el resultado de una larga trayectoria artística que busca la síntesis entre la concepción del arte como vehículo para la transformación social, la forma concreta de las instalaciones con las que intenta romper con esquemas preestablecidos, y la perenne reflexión poética acerca de la condición humana. La mayoría de las obras de Calero recorren aquellas temáticas claves para el artista: la relación con la naturaleza, el tiempo y el olvido, la conexión entre lo físico y lo abstracto del individuo. Proyectos como Memoria y tiempo, Paisaje sociales y Diálogos con la naturaleza han sido expuestos en museos, espacios y galerías de todo el mundo.

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Yo aborrezco la muerte. Es por esta razón que desde el principio no sentí ningún agravio contemplando el trabajo de Ricardo Calero. Aborrezco la muerte, y lo que más aborrezco es la capacidad que tiene el cerebro –en algunas muertes– de permanecer despierto, alerta y consciente hasta el final. Mientras el líquido salino empieza a raspar la garganta, y ya no tiene fuerza el cuerpo para mantenerse a flote porque los pulmones se llenan de mar.

Mientras escribo estas líneas, mi abuelo materno se asfixia en una cama de hospital. Cuando se publiquen estas líneas, amigos y familiares habrán dado su pésame con conmovida aprensión. Yo no estaré, como no estuve cuando las cenizas de mi madre putativa fueron esparcidas al viento. Huyo vilmente de la muerte de los demás, temo ver el cuerpo deshacerse como forro arrugado.

Lo recordaré desde aquí, con el traje blanco que solía llevar en verano, los mocasines elegantes y la piel fragante. La caja de lata de caramelos después del almuerzo, y las interminables sesiones de cine clásico al cuidado del calor veraniego. Añoraré sus historias, su voz rotunda al recitar el Infierno de Dante o el Rigoletto de Verdi. Y entonces el mundo, aunque no sea consciente de ello, habrá perdido un poeta.

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A menudo el arte nos enseña a romantizar la muerte. En las representaciones más atrayentes empezamos incluso a cortejarla, a bailar con ella un tango apasionado o un vals melancólico. A la muerte “le gustan los poetas, la poesía y la juventud, como a las viejas putas de abolengo”, decía el escritor cubano Eliseo Alberto.

En un viejo apunte de la universidad encuentro una cita de Pietro Scoppola, historiador y político italiano: “Sí, la política me ha apasionado, como diseño para el futuro, como valoración racional de lo posible y como sufrimiento por lo imposible, como aspiración hacia una igualdad irrealizable que es sin embargo el tormento de la historia humana. Me ha interesado la política por lo que no logra ser mucho más que por lo que es”.

La obra de Ricardo Calero aspira a colmar ese vacío dejado por la política. Ahí, entre lo que debería ser y lo que no es, devolviendo a la muerte su verdadera cara.

 

Dónde: Sala de Tránsito, Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, Madrid

Cuándo: Hasta el 27 de marzo

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