La navaja anarquista

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Era la segunda vez que me escapaba de casa. Había llegado a Heemskerk, en Holanda, y vivía con unos emigrantes gallegos, familia de un compañero de Historia en la Universidad de Santiago. Trabajé limpiando una fábrica de harinas. La mañana en que decidí que debía seguir camino hacia Nueva Zelanda, el lugar más alejado de mi Galicia natal, en el último tramo de escalerilla de hierro que llevaba a los vestuarios encontré esta navaja abierta y apuntando hacia la pared. Allí estaba escrita una A mayúscula negra dentro de un círculo negro. Pensé que era para mí. La cogí y volví a la carretera. Aunque no llegué a Nueva Zelanda.

 

Este fue el texto que escribí, junto a otros seis, para la exposición Objetos con historia(s) organizado en San José de Costa Rica con motivo del encuentro Centroamérica Cuenta, que a causa da la represión desencadenada por el matrimonio dictatorial formado por Ortega y Murillo en Nicaragua se suspendió el año pasado y ha buscado un entorno más amable y menos violento en el vecino del sur.

 

Entregué la navaja y otros cuatro objetos, el compás del balandro de mi padre, una teja que cobijó a Jaime Gil de Biedma, el Cahier d’Historie de Marcelline Uzamushaka y un souvenir del fin del mundo (fueron desestimados a última hora una lupa que compré en la Unión Soviética cuando me casé por primera vez, y un volumen de la correspondencia atlántica que sostuve por mail desde Nueva York con uno de mis mejores amigos) bien envueltos en estopa de astillero dentro de una caja japonesa en la maleta de cartón piedra que entre los siete y los nueve años (es decir, hace 52) llevaba cuando acompañaba a mi abuelo paterno, Ángel, a tomar las aguas en el balneario de O Carballiño.

 

Días después los organizadores me dijeron que la navaja no podía viajar en la valija diplomática en la que irían todos los objetos a San José. ¿Un arma de guerra? ¿Una amenaza? ¿Una inofensiva navaja de filo bastante romo? Me dijeron que me la devolverían. Lo que nunca pensé es que lo harían por correo postal ordinario en un sobre sin certificar. Lo que encontré unos días después en mi buzón de Madrid fue este sobre

 

completamente vacío. De nada sirvieron las gestiones de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, ni mis pesquisas en mi oficina de Correos, el cartero encargado de mi calle o el portero de nuestra finca. La navaja se perdió o fue sustraída entre el servicio de cartería de la AECID y mi casa. Este es un último intento para recuperar una navaja que, como se puede comprender, tiene un alto valor sentimental (y político), y ningún valor crematístico. Si el presunto ladrón, sustractor, o afortunado zahorí que la encontró lee este melancólico post le ruego que se compadezca y me la haga llegar. Y agradezco a quienes tengan a bien difundir este mensaje por si llega a los ojos que saben o puedan saber. No me consuelo de la pérdida de uno de los objetos que con más cariño atesoraba.

 

La idea original de este viaje maravilloso al alma de los objetos se debe a Julio Villanueva Chang, que acaba de publicar el libro De cerca nada es normal y que fue quien primero la organizó hace tiempo en su Perú natal. Por cierto, y para que conste, Objetos con historia(s). Un museo personal en una maleta, comisariado por Rodrigo Soto en San José, acogió también la memoria de las costarricenses Ana Cristina Rossi y Shirley Campbell, el salvadoreño Miguel Huezo Mixco, los guatemaltecos Daniel Motul y Luis Aceituno, el hondureño Denis Ávila, el nicaragüense Ramón Mejía Perrozampopo, la panameña Consuelo Tomás, y los españoles Alfonso Mateo Sagasta, Ana Moreno Durán, Aroa Moreno Durán, Luisgé Martón, Javier Rodríguez Marcos y José Ovejero.

 

Esta es la foto del conjunto original que pensé que podría representarme en Costa Rica:

 

Y este el relato de los objetos que inicialmente acompañaban a la navaja anarquista:

 

El compás del balandro de mi padre. Empañado, como si el salitre y la niebla velaran los años transcurridos: desde que perdió la memoria, y la vida. Nos desentendimos cuando tomé conciencia de mí mismo y le culpé de lo que no encajaba en mi visión del mundo. No quise seguir sus pasos en la vela. Fue un gran regatista, campeón de España y de Europa de la clase Snype. Me alejé de todo lo que representaba. Cuando aprendí a ponerme en su lugar, hablar, era tarde. Ahora conservo su compás para orientarme. Y cuando navego por la red lo hago con su barco: el Chuvias.

 

Una lupa que compré en la Unión Soviética cuando me casé por primera vez. Fui al cine en Madrid a ver la película Adiós a Matiora, de Elem Klímov. Sorteaban un viaje a Moscú, Leningrado y Kíev. Me tocó a mí. Me enamoré de la guía mientras surcábamos el Dniéper. Contra toda precaución nos casamos, y ante un busto blanco de Lenin. “Es excitante estar casada con un desconocido”, me dijo. Fue un error. Pero recorrí la Unión Soviética cuando se descomponía. Y esta lupa es parte de aquella época. ¿Por qué hacemos lo que hacemos?

 

Una teja que cobijó a Jaime Gil de Biedma. Con líquenes sobre el barro, como un mapa secreto. La cogí de las ruinas de la casa de verano de la familia en la Ribera de los Alisos, cerca de Nava de la Asunción, en Segovia, donde el poeta pasó los tres años de la Guerra Civil Española. A la ruina se llega por un camino de arena entre pinos albares (piñoneros) y negrales (resinosos). Por aquí paseó, a pie y a caballo, Gil de Biedma, que dijo que lo normal es leer, y que si escribió Las personas del verbo fue por inventarse una identidad.

 

ElCahier d’Historie de Marcelline Uzamushaka. Lo encontré en un campo de refugiados hutus cerca de Goma, al este de la República Democrática de Congo, adonde huyó con su familia tras el genocidio de 1994 en Ruanda, la historia más triste y más terrible que he tenido que contar como periodista. Cuando el ejército ruandés cruzó en noviembre de 1996 la frontera para desmantelar los campos donde se escondían los responsables de la matanza de cientos de miles de hutus Marcelline y su familia emprendieron el regreso a su patria. Atrás se quedó su cuaderno del curso escolar 1991-1992.

 

Correspondencia atlántica. El librito se titula Maderas de Oriente, y es uno de los 21 volúmenes maravillosamente encuadernados por mi amigo Juan Antonio Vizcaíno de la febril correspondencia que sostuvimos desde que me convertí en corresponsal en Nueva York del diario ABC. Los correos electrónicos viajaron de un lado al otro del Atlántico, la mayoría entre Manhattan y Madrid, entre 1998 y 2004. Todas las cartas tienen título. Del sumario de este tomo, que recoge los mensajes que nos enviamos entre junio y diciembre del año 2002, elijo tres: ‘Epifanías de la razón’, ‘Biblioteca del agua’ y ‘Un tren entre abedules’.

 

‘Souvenir’ del fin del mundo. Los terroristas del 11 de septiembre de 2001 leyeron perversamente y al pie de la letra una certeza de Hollywood: el Apocalipsis solo puede tener como epicentro la capital del mundo. Llevaron el guion a la realidad: la muerte retransmitida en directo urbi et orbi. Trajimos este Nueva York en miniatura como recuerdo. Cuando un accidente doméstico en Madrid lo hizo trizas pensé que las ruinas de la ciudad que nunca duerme eran acaso la mejor forma de evocar aquel zarpazo que borró las Torres Gemelas del skyline de Manhattan.

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