La no-ética de la guerra

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En la guerra se permite todo. Los pueblos se olvidan de las normas básicas éticas que se autoimponen en periodos de paz o para sí mismos cuando guerrean con el Otro. Cuando la guerra es interna todo suena peor: hermanos contra hermanos, compatriotas contra compatriotas, sea lo que sea que signifique esa palabra.

 

Colombia sigue desangrándose en la guerra fraticida en la que está enzarzada desde hace 50 años. No ha colaborado la comunidad internacional a su solución cuando jalea los éxitos guerreristas del Gobierno, que ha utilizado -y utiliza- medios legales e ilegales contra las guerrilla más vieja del continente. Cada vez que las fuerzas de seguridad matan a un jefe de las FARC su cuerpo es mostrado como trofeo de guerra, desmembrado, desfigurado por esa muerte en combate que jamás es amable.

 

Por eso, cuando la guerrilla, acosada por un operativo militar, ejecutó a los cuatro oficiales que mantenía como prisioneros de guerra desde hace ya demasiado tiempo suena tan falso el tono de las autoridades. No hay ética en la guerra, y no la hay por ninguno de los dos bandos. la sensación es que nadie quiere la paz. Nadie quiere sentarse a dialogar porque significaría mirarse al espejo y reconocer los inmensos ‘errores’ cometidos por las partes. Hay demasiada sangre acumulada, demasiados intereses económicos entrelazados, demasiadas ganas de acabar con el enemigo.

 

En la guerra, todas las partes aseguran tener nobles objetivos, pero no puede haber nada noble en el ejercicio patriarcal de matar. La guerra no son hechas por mujeres, siempre son hombres los que dirigen, instigan o animan el conflicto armado. Y son hombres los que mueren en Colombia, pero también cientos de mujeres y de niños. Todas las partes los matan y ya no hay diferencias. El Gobierno ha perdido la legitimidad de quien debe cuidar las formas y respetar el marco internacional de Derecho Internacional Humanitario (algo de lo que se hablaba mucho en Colombia en los noventa y que ahora suena a rareza): falsos positivos, engaños, masacres, utilización de paramilitares, espionaje ilegal… El Estado colombiano ha violado todo lo que le da legitimidad a la defensa de los intereses nacionales. Por su parte, la guerrilla, a pesar de su ilegalidad, ha ido dilapidando el patrimonio de autoridad moral con el que nació. Su financiación a través del narcotráfico, la estrategia de secuestros indiscriminados de civiles (de la que no eran víctimas los oficiales muertos), las masacres a civiles desarmados, la propia ‘justicia’ ciega a su interior…

 

En la guerra no hay ética y lo grave es que el resto -el resto del mundo- sigue el juego a esta terrible verdad. No celebré con champán la muerte de  Raúl reyes o de Alfonso Cano, tampoco celebraré con cerveza la ejecución de los oficiales rehenes. En la locura no se jalea… a ver si cunde el ejemplo.

 

 

Me perdí en Otramérica, esa que no es Iberoamérica, ni Latinoamérica, ni Indoamérica, ni Abya Yala... y que es todas esas al tiempo. Hace ya 13 años que me enredé en este laberinto donde aprendí de la guerra en Colombia, de sus tercas secuelas en Nicaragua, de la riqueza indígena en Bolivia o Ecuador, del universo concentrado de Brasil o de la huella de las colonizaciones en Panamá, donde vivo ahora. Soy periodista y en el DNI dice que nací en Murcia en 1971. Ahora, unos añitos después, ejerzo el periodismo de forma independiente (porque no como de él), asesoro a periódicos de varios países de la región (porque me dan de comer) y colaboro con comunidades campesinas e indígenas en la resistencia a los megaproyectos económicos (porque no me como el cuento del desarrollismo). Este blog tratará de acercar esta Otramérica combatiendo con palabras mi propio eurocentrismo y los tópicos que alimentan los imaginarios.