La noche que no fue

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La cadena Ser estaba en la ciudad y daría su programa de la mañana en directo desde el Teatro Principal de Pontevedra. La cosa tiene fuerza de costumbre: pasa por los micrófonos el alcalde, alguno de nuestros cinco prohombres de izquierdas y un gaiteiro; es la fórmula de la mañana itineraria de Hoy por hoy, casi tan animada como la del Carrusel. Así que la tarde anterior, con los ensayos y demás, me encargaron a mí una entrevista con el locutor, y como nada me gusta a mí más en el mundo que preguntarle a un periodista, me fui a mi cita con Carles Francino con la misma exaltación que si estuviese citado con Madonna. De hecho, al llegar me chocó no verle puesto un corpiño con las tetas en punta.

 

Entré en el Principal con prisas, porque era media tarde y no me gusta teclear de noche en el periódico: me pongo tontorrón y cuelo adjetivos que en otra hora no admitiría ni borracho. Uno con las horas escribe diferente, como muda de color el cielo, y avanzada la tarde se pone cursi y revoltoso, por eso escribí una vez una novela tan llena de trascendencia inocua: porque me ponía el fular a las doce de la noche y subía al gato al regazo, y me empezaron a salir en la pantalla amaneceres templados y muchachos con tembleque.

 

Francino andaba haciendo pruebas de sonido, y yo esperándolo temerario, cuando de repente se me acercó una choni en chándal y coleta que andaba por allí entre cables. Yo he de decir que soy una persona muy poco respetuosa con la gente en chándal, así que en el momento en que aquella desvergonzada se sentó a mi lado y me preguntó que por dónde se salía de noche en Pontevedra, y qué bares conocía yo y tal, la miré con un punto lejanísimo de desprecio y le contesté adrede con el mayor número de palabras posibles que fui eligiendo al azar para de esa forma no aclararle nada, pues ni un nombre propio le colé: casi todo preposiciones y adverbios, y de paso todos los adjetivos que se me fueron ocurriendo porque de esa manera, soltándolos, ya no los podría repetir en la entrevista.

 

La chica me miró un poco como miran las chicas cuando no saben si las quieres confundir o follar, o confundir para luego follar, y volvió a la carga diciendo que si Pontevedra era una ciudad muy bonita, a lo que yo contesté rápidamente: “Especialmente su casco histórico”, que es una frase que me tiene flipado. En cuanto Francino se quitó el micrófono me abalancé sobre él con la grabadora en la mano como si hubiese salido de declarar de la Audiencia Nacional, y nos fuimos los dos superenamorados a un lugar reservado, pues al fin y al cabo éramos allí los únicos que llevábamos la camisa por dentro y no teníamos ni piercings ni tatuajes talegueros.

 

Transcurría todo con normalidad cuando en mitad de nuestra conversación se coló a lo lejos una voz endiablada que empecé a maldecir secretamente y me obligó a apagar la grabadora. “¿Esto qué cojones es, Carles”, le pregunté con la mirada, que es como yo más me suelto. Y él hizo algo alucinante: se levantó con los ojos entrecerrados y murmuró: “¿No es espectacular cómo canta?”.

 

-¿Quién? –pregunté fingiendo un interés loco.

 

-Ella, Leonor. Tiene una voz impresionante.

 

Me asomé a la puerta un momento, temblando de emoción, y allí estaba Leonor Watling a unos metros de mí ensayando un tema de Marlango, que era el grupo invitado al día siguiente en el programa. «Hostia, la despechada», pensé. “¿Y pasan aquí la noche éstos?”, inquirí lleno de rencor. “Sí, sí”, me dijo, y en ese «sí, sí» me parecía a mí interpretar lo sola que estaba Leonor y lo grande que se le hacía la cama, y lo mucho que le gustaría pasearse con un lugareño por los bares del pueblo para subirlo luego al hotel y que la pusiesen mirando a Badalona. Reanudamos la entrevista y a Francino, en un quiebro para la posteridad, le empecé a preguntar por Federico Jiménez Losantos, que me pareció a mí que era justamente lo que yo merecía en ese momento.