La novela por entregas en internet

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Me acaban de comunicar que en muy poco tiempo –este fin de semana a más tardar– FronteraD va a contar con una nueva sección titulada “Novela por entregas”, en un intento de incorporar este modelo decimonónico dentro del formato digital. Me siento encantado y expectante ante la noticia, entre otras cosas porque fui el primero en sugerir la idea y el primero, ay, que iniciaré la singladura. Confieso que estoy también algo asustado, sobre todo cuando pienso que tendré que levantarme del diván todas las semanas para ir entretejiendo un texto con visos de coherente narración, si no de novela.

 

La literatura por entregas en la web no es ninguna novedad. Stephen King y otros ya lo probaron hace tiempo. Tengo entendido que la exitosa revista digital Huffington Post tiene desde principios de este año varias novelas “serializadas” y el estudio literario Plympton, de reciente creación, ha creado una plataforma digital en colaboración con Amazon para revitalizar la novela por entregas que tanto éxito tuvo en el siglo XIX. Veremos lo que da de sí todo ello, aunque antes me gustaría ofrecer alguna advertencia al respecto.

 

La novela por entregas fue siempre, salvo contados casos, literatura popular. Es cierto que Madame Bovary, Los hermanos Karamazov o Pepita Jiménez se publicaron en revistas primero y solo después en libro, pero el grueso de las novelas por entregas lo ha constituido casi siempre un tipo de narración que apela a los bajos instintos del lector y que puebla sus páginas de intrigas y suspense, de fantásticas aventuras y situaciones rocambolescas. No es casual que “folletín” (de roman feuilleton), haya terminado por significar una narración farragosa, llena de argumentos entrecruzados y sin aparente final.

 

En el folletín del siglo XIX hay de todo, como en botica, desde obras maestras en su género del tipo de Los misterios de París de Eugenio Sue, El conde de Montecristo de Dumas o Los papeles póstumos del Club Pickwick de Dickens, hasta los mayores disparates y engendros narrativos que haya podido crear la mente humana. En España el más famoso urdidor de folletines fue Fernández y González y otro, también muy conocido, fue Wenceslao Ayguals de Izco, del que hizo burla Galdós en alguna de sus novelas.

 

Entrado el siglo XX el folletín se fue trasladando paulatinamente a la radio y la televisión. De niño recuerdo a mi abuela pegada al transistor todas las tardes de verano mientras escuchaba Simplemente María, una radionovela peruana escrita por un escribidor que no sería muy diferente del imaginado por Vargas Llosa. Decenas de telenovelas siguen viéndose todos los días por las televisiones del mundo. Las hay buenas y regulares, pero la mayoría son deleznables. Venezuela, Colombia o Brasil son veneros que nunca se agotan, lo mismo que Reino Unido o Estados Unidos. Los EastEnders y All my Children son dos de las soap operas o telenovelas más vistas y seguidas por el público anglosajón. Muchas otras series televisivas son también “por entregas” y algunas han exhibido gran calidad. Se me viene ahora a la cabeza Los Sopranos, por ejemplo.

 

La pregunta que uno debe hacerse es si, con toda esta competencia televisiva, es factible o rentable escribir novelas por entregas en internet.

 

Sin duda que es factible, pero siento que se deben buscar otras alternativas algo más sutiles si deseamos que el invento funcione y que llegue incluso a ser rentable. La fórmula del folletín tradicional, con el “continuará” al final que deja al lector expectante y con ganas de saber lo que pasará en la próxima entrega, no puede estar basada exclusivamente en la acción, en el suspense o en si la chica se acuesta con el chico, se casan o se hacen millonarios. La acción trepidante de la literatura popular, así como el suspense, se avienen mal, creo, con el formato de blog, que es, al fin y al cabo, en lo que deviene cualquier novela por entregas en la web.

 

El narrador popular urde sus historias mediante la experiencia colectiva y apenas hace ascos al cliché, a los prejuicios o a las creencias mostrencas de la comunidad. El narrador moderno –o modernista más bien, de Flaubert a Nabokov– elabora sus ficciones a partir de su experiencia individual y se esfuerza en evitar, dominar o jugar irónicamente con las palabras de la tribu.

 

No sé si este paradigma ha cambiado o si la era cibernética posibilita otra forma de narrar, pero pienso que la novela por entregas en formato digital debe explorar lo efímero de la existencia en un fluir periódico, cotidiano, donde esté difuminado lo real y lo ficticio, el referente personal y las ansiedades de nuestro tiempo. Lo imagino como las series de catedrales o de nenúfares pintadas por Monet al final de su vida. Palabra en el tiempo, que decía el poeta.

 

O mímesis efímera con dragones dentro, que diría el profesor de mi novela por entregas.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.