La obra de arte en la época de la reproducción digital

0
255

En los bolsillos del abrigo llevo a todas horas una cámara de vídeo diminuta, una grabadora digital aún más diminuta y un i-pod que contiene, entre otras muchas cosas, acceso a internet y una colección de más de cuarenta álbumes de música, además de una libreta electrónica donde anoto cualquier cosa que se me ocurre, ya sea un haiku, el título de un libro o, sin ir más lejos, la última idea para este blog. De modo que hace unos días, de regreso a casa en el metro, saqué mi aparatito y anoté esta cuestión: “¿Qué escribiría Walter Benjamin en la época de la reproducción digital?

 

Los griegos y los romanos no podían reproducir a gran escala más que monedas y, como mucho, fundir en bronce la Venus del Milo o la cabeza de Julio César. En la Edad Media se descubrió la técnica de la grabación en madera o xilografía, que tan buenos resultados le dio a Alberto Durero, por ejemplo. Luego aparecieron el grabado a buril, el aguafuerte y, ya en el siglo XIX, la litografía, que disparó la venta de periódicos. Con todo, la verdadera revolución mimética estuvo primero en la fotografía y, poco después, en el descubrimiento del cine y el gramófono, todo lo cual, según Benjamin, terminó por arrebatar el “aura” misteriosa que rodeaba a la obra de arte, pues de ser un objeto único en posesión de unos cuantos privilegiados, pasó a ser un artículo de consumo en manos de la muchedumbre, vista tradicionalmente como enemiga irreconciliable del arte verdadero.

 

Sin embargo, a diferencia de Ortega o del mismo Adorno, Benjamin no veía en este nuevo fenómeno de masas algo negativo, sino que, muy al contrario, estaba convencido de que la sustitución del objeto original por su copia, replicada ad infinitum, permitía al espectador el distanciamiento defendido por Brecht en su teatro, es decir, pasar del culto emocional por la reliquia a la reflexión intelectual del objeto de arte como “cosa mentale” y, más allá, a su desenmascaramiento, ya que en el fondo toda obra artística no era, según su visión marxista, sino un artificio ilusorio marcado indefectiblemente por los valores de la élite que detentaba el poder.

 

Benjamin escribía todo esto en los ideologizados años treinta, con el fascismo en el flanco derecho y el comunismo en el izquierdo. En estos momentos sus conclusiones serían seguramente muy distintas. Por de pronto, supongo que le maravillaría comprobar que, en efecto, como él mismo había vaticinado, todo lector es también autor de blogs (si no de tweets) y que en los ojos de cada espectador hay un director de cine en potencia. O un pintor. O un artista.

 

Enciendo mi nuevo Macbook y abro el programa Photobooth, que en España llamaríamos “fotomatón”. Se enciende una lucecita verde y, a continuación, aparece mi rostro en pantalla. Pongo un gesto adusto y hago una primera fotografía; luego otra sonriente, y luego otra con un gesto de dolor simulado; finalmente la última que me hago es de displicente sorpresa. Miro cada una de las fotos después, con cierto vergonzante egotismo. Benjamin había dicho que los daguerrotipos del diecinueve guardaban todavía un “aura” de misterio, como los retratos encontrados en las catacumbas. Los míos no creo que guarden nada, salvo quizá inmediatez, ya que lo que acabo de fotografiar y lo que veo en el espejo es prácticamente lo mismo.

 

Me acuerdo entonces del distanciamiento brechtiano y decido abrir Photoshop. Con este programa me siento verdaderamente como un aprendiz de brujo. Empiezo a jugar con sus múltiples funciones delante de la primera fotografía, ésa en la que estoy con gesto de malas pulgas. Subrayo los contornos y convierto la imagen fotográfica en una acuarela. Retoco después la boca, matizo algunos colores, cambio otros. El resultado se aleja ya mucho del original, pero sigo siendo yo, al menos a mis ojos: un autorretrato, pienso, que refleja algo de lo que soy, aunque sea confusamente.

 

«¿Podría considerarse una obra de arte?», me pregunto con cierta presunción.

 

Aura, lo que se dice aura, no parece tener, por lo menos por el momento, pero a mí me sirve para reflexionar sobre el artificio de esa cara adusta, casi enfadada, que a lo mejor oculta, entre los chafarrinones y las capas sobrepuestas, algo esencial de mi persona. Me preparo para trabajar con la segunda fotografía, la de la sonrisa, que me hace algo más guapo o, por lo menos, me favorece más; pero cuando estoy en plena faena, caigo en la cuenta de que este nuevo retrato, como el que hice antes, no es enteramente mío, sino que lleva la marca y hasta la firma del programador o los programadores que diseñaron Photoshop. Hace doscientos años, en el taller de un famoso pintor, mi estilo estaría influido por el maestro, pero sería mi estilo, malo o bueno, original o no. En cambio, con Photoshop todas mis “obras”, por muchas combinaciones que haga, están marcadas por el estilo único del programador, sin posibilidad de mejora, de novedad o de diferencia. El retrato es su retrato; yo no hago más que servir de modelo o de referencia.

 

Llamo a una amiga y se lo comento, un poco compungido. Y añado, de manera apocalíptica, que la individualidad artística está a punto de perecer en la época de la reproducción digital: “sólo nos queda el medio, es decir, programas de software como Photoshop que nos presentan un simulacro de realidad carente de cualquier carácter individual”.

 

Mi amiga guarda silencio y luego, con mucha sutileza, me dice que lo mismo se dijo en el siglo XVIII con la aparición del piano, y no por eso las sonatas de Mozart son menos originales, ni están en deuda con su inventor. El medio puede que sea el mensaje, pero no es el mensajero”.

 

Cuelgo, algo más consolado con las sabias palabras de mi amiga, pero por si acaso borro mis autorretratos y, antes de dormirme, releo en la cama el famoso ensayo de Benjamin en busca de alguna otra iluminación que ahora mismo no me llega.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.